La «Summit for Democracy» ¿antesala de la guerra o retorno al escenario irreal de un sueño?

Cuando haya finalizado lo que Joe Biden ha denominado Summit for Democracy, quizás quede como único resultado la misma sensación de hartazgo y de sopor que ha coronado cada una de sus inciativas desde que asumió el gobierno y anunció «America is back«. Y eso, paradojalmente, sería lo mejor. .

 

James Traub, analista del New York University’s Center on International Cooperation apunta en una reciente columna de Político, titulada con mordacidad Inside Joe Bide’s 2-Day Zoom plan to rescue democracy, que:

«…the world is getting less democratic as it is that it’s getting hotter. Freedom House’s annual index of democracy has been declining for 15 consecutive years. The group notes that «nearly 75 percent of the world’s population lived in a country that faced deterioration last year.» Those countries include the United States, which is now tied with Panama and ranks behind quite a few of the Eastern Bloc countries that entered the democratic nursery only 30 years ago.”

Esa absurda situación de alumno desaventajado que se cree en la obligación y el derecho de dar lecciones de democracia a todo el orbe refleja y enmascara algunas de las muchísimas dificultades que los EEUU enfrentan al interior de sus propia sociedad: desigualdad creciente, cercenamiento del derecho al voto, barreras raciales que dificultan la participación efectiva, connatos de Golpe de Estado que comprometen a sus máximas autoridades, dificultades increíbles para juzgar a sus responsables, familias que festejan la Navidad exhibiendo a sus niñas y niños armados hasta los dientes mientras se espantan ante la posibilidad de ser invadidos por inmigrantes hondureños, un ejército sobredimensionado y bastante ineficaz, un porcentaje inexplicable de personas que creen que su derecho a no vacunarse tiene algo que ver con los Derechos Humanos, un sistema electoral con el que poca gente parece estar conforme pero es sin embargo inamovible, y una infinidad sorprendente de otros etcéteras.

No son problemas menores, y sumados constituyen una situación límite. De acuerdo al Pew Research, sólo 17 de cada 100 personas consultadas en el mundo consideran que los EEUU sean “a good example to follow.”

Pero como si los desaciertos internos y una creciente sospecha de que nadie sensato está a cargo fuera poco, sabemos además que hacia el exterior, el compromiso con la democracia de la nación que se ve a si misma como modelo a seguir, padece de un mal congénito al que no ha renunciado nunca sea quien sea quien gobierne.

Ryan Costelo, especialista en temas de política exterior, en nota reciente publicada en la revista afín al Partido Demócrata Common Dreams se pregunta Will Democracy Summit adress US role in supporting Authoritarianism?:

“…to be a meaningful rather than a self-congratulatory exercise will require the Biden administration—and the foreign policy establishment writ large—to ask some hard questions. At the top of the list should be why the United States actively supports so many authoritarian governments while imposing crushing sanctions on many of the rest.

As Matthew Hoh of the Center for International Policy pointed out, the United States supports 74 percent of the non-democratic nations of the world militarily. Most of the rest of the non-democratic nations are subject to punishing sanctions. This combination is effectively a one-two punch to civil society, human rights, and democratic movements.”

Sanciones unilaterales y tambores de guerra

Por detrás del esfuerzo de los EEUU por aparecer ante el mundo como liderando la lucha de las democracias contra los regímenes que no lo son, se destacan dos de los razgos más marcados de la política exterior de los EEUU. Dos razgos que los alejan cada vez más de la legalidad internacional.

El primero es una vocación omnímoda por el uso de sanciones económicas unilaterales en violación a lo establecido, expresamente, por Naciones Unidas. Medidas que por un lado dañan a las pobaciones de los países castigados con ellas, como ha destacado la Relatora de Naciones Unidas para los Derechos Humanos Alena Douhan en su análisis del caso venezolano, y por otro refuerzan el poder de sus gobernantes, como el propio Ryan Costello nos recuerda en la nota citada (y publicada en esta misma edición).

«The academic literature around the impact of comprehensive sanctions is quite clear. Authoritarian governments typically do not fold in the face of economic coercion, and in many cases their hold on power is consolidated.

As academics Dursen Peksen and Cooper Drury wrote, authoritarian governments targeted by sanctions «can intervene in the market to control the flow of goods and services made scarce by foreign economic pressure,» allowing the leadership to «redirect wealth toward its ruling coalition and away from its opponents to minimize the cost of sanctions on its capacity to rule.»

El segundo de esos razgos obsesivos, éste aún mas peligroso que el anterior, es la pretensión continuada de que los adversarios o los competidores desaparezcan de escena… y para lograrlo, crear alianzas que posibiliten que no sean los EEUU quienes deban enfrentar, en soledad, las responsabilidades o los riesgos.

Así como hace 20 años un presidente republicano involucró a toda la OTAN en una invasión a Afghanistán que dio los pesadillescos resultados que conocemos, hoy un presidente demócrata intenta que todos sus socios se plieguen a una política encaminada a generar fricciones cada vez más insensatas e irresponsables con Rusia y con China. Una política que, si bien sigue resultando tentadora para gobiernos como los del Reino Unido, Canadá y Australia, cada día genera menos entusiasmo en la Unión Europea y más desaprobación en el resto del mundo.

Se ha instalado, en las declaraciones oficiales y en la prensa, un continuo estado de alarma que hace que no pase un sólo día sin que el presidente Biden o sus asesores en seguridad alerten sobre inminentes ataques que se habrán de producir sobre Taiwan o Ucrania y prometan castigos aleccionadores a quienes se atrevan a desafiar sus advertencias -como si ignoraran aquello de que las profecías contribuyen a su propio cumplimento. Y como si de verdad supieran qué hacer en caso de que ambos países (esperemos que no) se decidieran a darles la razón simultáneamente y llevar adelante los ataques tan anunciados.

China continental ha insistido en que no se propone alterar el satus-quo con Taiwan a no ser que la isla se declare estado independiente, pero que indefectiblemente acudirá al uso de la fuerza en caso de que lo haga. EEUU por su parte, alienta a Taiwan a dar pasos en ese sentido, sin que quede claro cuál podría ser su intervención en caso de que China se decidiera a ocupar, en cuestión de horas, un territorio que está ubicado a sólo 100 kilómetros de sus costas. Pocos analistas creen que en ese caso EEUU pueda hacer algo que no implique una guerra a escala global y la pregunta entonces es ¿será esa la idea?

Rusia pretende que Ucrania respete los Acuerdos de Minsk, que con la intervención de Alemania y Francia permitieron en 2015 evitar una guerra a gran escala. Ucrania, durante la administración Trump primero y ahora con el apoyo explícito de Joe Biden, hace lo posible por desconocerlos, al punto de haber solicitado, hace una semana, el envío de tropas estadounidenses, británicas, australianas y canadienses a su territorio, lo que, de producirse, llevaría a que el ejército ruso atravesara sus fronteras. Eso desataría un conflicto a gran escala con la OTAN, y nuevamente la pregunta es ¿será esa la idea?

Cabe la posibilidad, y eso es algo que no se puede descartar, de que todo lo anterior sea sólo gesticulación y retórica encaminada a contentar a una parte de la ciudadanía norteamericana frustrada cuando percibe que la idea de superioridad e invencibilidad que compró durante décadas puede haber sido sólo un sueño… Pero aún así, ¿la retórica de las denuncias y las amenazas diarias, no es en sí misma un riesgo?

El escenario irreal de un mal sueño

Como ha expresado días atrás en una entrevista para Democracy Now Noam Chomsky analizando las ríspidas relaciones entre EEUU y China:

«By now there is constant talk about what is called the China threat. You can read it in sober, reasonable, usually reasonable journals, about the terrible China threat, and that we have to move expeditiously to contain and limit the China threat.

What exactly is the China threat? Actually, that question is rarely raised here. It is discussed in Australia, the country that is right in the claws of the dragon. Recently the distinguished statesman, former Prime Minister Paul Keating, did have an essay in the Australian press about the China threat. He finally concluded realistically that the China threat is China’s existence.

The US will not tolerate the existence of a state that cannot be intimidated the way Europe can be, that does not follow US orders the way Europe does but pursues its own course. That is the threat.”

Dos días antes del comienzo de la Summit for Democracy, la Asamblea General de las Naciones Unidas, por 177 votos en 193, es decir con sólo 16 votos en contra, volvió a reconocer a Nicolás Maduro como jefe de Estado de Venezuela, en claro contraste con la actitud de los organizadores de la conferencia, que hace algunas semanas habían decidido invitar, en nombre de una Venezuela imaginaria en la que sólo ellos parecen creer, a aquel olvidable Juan Guaidó que Donald Trump y sus amigos del Lima Group quisieron imponer en enero de 2019 como presidente «encargado» de una democracia subalterna, moldeada a la medida de sus apetitos.

Fred Kaplan, reconocido columnista de Slate, ha hecho notar en su nota The real lesson of Bidens’s odd «Summit for Democracy»:

«Not only is the United States less democratic than it used to be, it’s also less powerful. We can’t impose our will unilaterally to the extent we were once able to do; we need allies and partners, and sometimes allies and partners are unpleasant. We need either Russia or China—and, in some cases, both—to help fight the pandemic, keep Iran from building a nuclear bomb, keep North Korea under some control, combat terrorism, and, not least, keep relations peaceful among the three of us, who after all possess the world’s three largest nuclear arsenals.»

Quizás en esa vocación narcisista por ser la reencarnación viva de un personaje de ficción, y en esa insistencia pueril en negar las realidades que disgustan, radique el sinsentido de las políticas y el drama personal de un hombre, Joe Biden, que si fue elegido para terminar con las políticas de su antecesor, no ha podido, lamentablemente para él y sobre todo para nosotros, hacer otra cosa que continuarlas. Como si a su país ya no le fuera posible alejarse del escenario de un mal sueño.

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online

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