Crisis ambiental, Injusticia climática, y Colonialismo verde: el desequilibrio y la maldición

La primera semana de las conversaciones de la Cop26 estuvo dominada por una avalancha de anuncios, que se fueron desmoronando a medida que se comenzó a hacer público que muchas de las promesas efectuadas no eran serias. Algunas de ellas, por ejemplo, muy «Canadian Style» se apoyaban en el uso de tecnologías que aún no han sido desarrolladas. .

 

La segunda semana, en sintonía con lo que había sucedido pocos días antes en la reunión de los países del G20 en Roma, ha mostrado algo más; el abismo existente entre las economías desarrolladas y el Sur Global se torna insalvable mientras la crisis climática se agrava.

Que alguien cuya credibilidad está cuestionada en su propio país y que ha sido definido por sus colegas de la Unión Europea como un payaso (Boris Johnson) haya mencionado a James Bond en la conferencia inaugural y haya dicho en tono triunfalista: “We have the ideas. We have the technology. We have the bankers.” ya era un pésimo síntoma. Y se cumplieron los presagios.

Si los acuerdos de París de 2015 habían parecido un avance pero sus metas no fueron cumplidas, los tímidos acuerdos alcanzados en la Conferencia de Glasgow no permiten albergar demasiadas esperanzas de cambio sustancial. La declaración final es poco ambiciosa, propone recortar las emisiones globales en un 45% para 2030 respecto a las de 2010, urge a los países a acelerar la reducción del uso del carbón y de los subsidios a los combustibles fósiles, y cuestiona a las naciones ricas por incumplir con su promesa de aportar 100 mil millones de dólares al año a los países pobres para colaborar con las medidas que deberán tomar para hacer frente a los cambios en el clima. Pero además de ser poco ambiciosa, se ha dicho ya, la declaración conjunta es poco clara. Parece estar enfocada más en sostener las apariencias frente a la opinión pública que en la consecución de cambios significativos.

La novedad es que 27 países y por lo menos seis multinacionales automovilísticas, preocupadas por los avances realizados por China en la materia, se comprometieron a sustituir progresivamente la producción de vehículos tradicionales por vehículos eléctricos. Que entre los países firmantes no estén productores como Alemania, Francia o la propia China, habla a las claras de los intereses que están en juego.

Otra novedad es la declaración conjunta entre EEUU y China, que prometen trabajar coordinadamente en el futuro. Para que eso se concretara Biden debería ser capaz de hacer a un lado las resistencias que enfrenta en el interior de su propio país y poder desarrollar una geopolítica global menos autocomplaciente (de algún modo hay que decirlo)… y ninguna de las dos cosas parecen posibles en lo inmediato.

La crisis y la injusticia climática

Si los EEUU pensaron en algún momento que la COP26 sería el escenario ideal para recuperar el liderazgo perdido, la imagen de un presidente que parecía dormitar en la conferencia inaugural, y el hecho de que dentro de su propio país el “Green New Deal” esté siendo torpedeado por propios y extraños, constituyen señales inequívocas de pérdida de rumbo. Ni siquiera dentro del partido de gobierno existe acuerdo acerca de qué hacer, cuándo, ni cómo.

En realidad, el país que más gases de efecto invernadero ha inyectado en nuestra atmósfera a lo largo de los últimos 150 años no parece estar en condiciones de indicarle al mundo lo que se debe hacer, pero tampoco parece entusiasmado ante la perspectiva de colaborar con el esfuerzo que insumirá salvar el planeta de la crisis que nos amenza y que se manifiesta en forma de cambio climático pero también en términos de lo que en la nota anterior definíamos como injusticia climática.

Y aunque en las declaraciones oficiales aparezca (siempre vagamente y siempre matizada con condicionales) esa posibilidad, lo cierto es que es muy poca la gente que a esta altura les cree. Una buena muestra de ello la tenemos en las respuestas a una reciente encuesta del Angus Reid Institute realizada en Canadá:

La distribución de la injusticia

Cuando los huracanes azotan las costas o las inundaciones o las sequías arruinan las cosechas y ponen en peligro la seguridad alimentaria de millones de personas, con mucha frecuencia las poblaciones más afectadas son las más pobres y marginadas, que son, a su vez, las que tienen menos margen de recuperación después del desastre, y las que han contribuído menos a la crisis climática.

Cuando el 20 de septiembre de 2017 el huracán María, luego de alcanzar la Categoría 5 se lanzó sobre las costas de Puerto Rico dejando a su paso una devastación pocas veces igualada, se estaba poniendo en evidencia cuál es la diferencia, en términos de justicia climática, entre una colonia y la potencia colonial que la sujeta y la controla. La población puertoriqueña contribuye mínimamente al cambio climático y sin embargo, los daños generados por María en el tejido social aún no han sido reparados a pesar de que la mayor potencia económica de nuestra época la sujeta como “Estado Libre Asociado”.

El caso de Puerto Rico es paradigmático, pero es apenas un ejemplo de hasta qué medida, a nivel global, quienes menos emiten sufren desigualmente las consecuencias de lo que la propia desigualdad ha generado.

Justicia climática y redistribución

El argumento central de quienes buscan Justicia Climática se basa precisamente en lo frecuentes que son los casos como el del huracán María: La actual crisis es inabordable si no se tienen en cuenta, en la ecuación, los Derechos Humanos y las consecuencias de la desigualdad tanto al interior de las sociedades como entre las diferentes regiones del mundo.

Dado que las naciones industrializadas y las corporaciones han acumulado riquezas durante decenios quemando combustibles fósiles, aducen hoy países como India, China, Argentina o México, una aproximación a la justicia implicaría que se redistribuya parte de esa riqueza haciendo que quienes más han poluído (en el pasado y en el presente, en volúmenes netos y en emisiones per càpita) ayuden al desarrollo de energías limpias entre quienes ahora tienen que lidiar con las consecuencias del desarrollo ajeno.

En este momento, los países de altos ingresos son responsables por el 44% de las emisiones acumuladas de CO2 desde la época preindustrial, mientras que albergan solo al 14% de la población mundial y las diferencias Norte-Sur son evidentes.

El colonialismo como herencia y maldición

Se suelen utilizar, para demostrar la disparidad en las emisiones de gases de efecto invernadero hacia la atmósfera, los datos de las emisiones per cápita. Como veíamos en la nota anterior de esta serie, no sólo importa saber qué parte de las emisiones corresponden a cada país, sino saber cual es el porcentaje de la población mundial que vive en ellos. Pero aún así existe un factor adicional, fundamental aunque de difícil cuantificación: una buena parte de las emisiones de los países del llamado Sur Global, se originan en la destrucción de bosques para incrementar la producción agropecuaria o en la producción de bienes industriales… pero los directamante beneficiados por esos productos son las empresas y los consumidores de los países de altos ingresos, por lo que estamos frente a “emisiones engañosas”, que si bien se originan geográficamente en el Sur, se originan económica y financieramente en el Norte. El Norte Global no sólo ha emitido y emite más, sino que una parte importante de las emisiones de los países del Sur se origina a su requrimiento. Absorben recursos propios y ajenos y emiten desechos y basura a un ritmo obsceno e insostenible.

Se trata, -como afirma George Monbiot en su nota para The Guardian Never mind aid, never mind loans: what poor nations are owed is reparations – de las consecuencias poco visibles de un colonialismo que aún continúa siendo el modelo dominante de desarrollo y que se está expresando ya en su versión más inhumana.

«Partly because most rich nations are temperate, and partly because of extreme poverty in the former colonies caused by centuries of looting, the effects of carbon dioxide and other greenhouse gases are felt most by those who have benefited least from their production. If the talks in Glasgow are not to be experienced as yet another variety of oppression, climate justice should be at their heart.

The wealthy nations, always keen to position themselves as saviours, have promised to help their former colonies adjust to the chaos they have caused. Since 2009, these rich countries have pledged $100bn (£75bn) a year to poorer ones in the form of climate finance. Even if this money had materialised, it would have been a miserly token. By comparison, since 2015, the G20 nations have spent $3.3tn on subsidising their fossil fuel industries. Needless to say, they have failed to keep their wretched promise.»

A este tema y al abordaje de cuánto tiene que ver la injusticia climática en los pujos migratorios que luego escandalizan y aterran al mundo desarrollado le dedicarmos nuestra próxima nota.

 

 

 

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online

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