¿Qué avanzaba más rápido en América, un conquistador a caballo o una banana?

La pregunta puede parecer extraña, pero se refiere a un hecho bastante conocido en la historia del intercambio de cultivos entre el viejo y el nuevo mundo en los siglos XV y XVI. Hacia Europa, África y Asia viajaron ajíes, batatas, tomates, plantas medicinales y maderas preciosas. Hasta América llegaron higos, jengibre, naranjas, trigo, además del cultivo al que dedicamos a nota, el plátano o banana.

María-Teresa Cáceres-Lorenzo, Profesora e investigadora de la ULPGC, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Marcos Salas Pascual, Investigador asociado al Instituto de Estudios Ambientales y Recursos Naturales, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

 

Pero este no deja de ser un proceso normal que se produce con el contacto entre sociedades distintas. Lo que llama la atención en el ejemplo del plátano es la velocidad con la que se produjo la extensión del cultivo por toda la zona tropical y subtropical americana.

El plátano o banano se emplea como cultivo por sus cualidades nutricionales y su sabor dulce desde hace miles de años. Su origen se encuentra en la zona sudoriental de Asia: India, Indonesia, Filipinas, Papúa Nueva Guinea, y se basa en la hibridación de dos especies principales, Musa acuminata y M. balbisiana. A partir de estos dos parentales, y la aportación de algunas otras especies como M. textilis y M. schizocarpa, se han obtenido todos los cultivares, actuales y antiguos, que se han expandido por el planeta. Desde su zona de origen alcanzaron África y el Mediterráneo en la antigüedad clásica. De esta manera, a mediados del siglo XV ya se cultivaba en la costa atlántica africana, las islas Canarias y Cabo Verde.

El salto a la nueva orilla

Los primeros plátanos fueron llevados a la isla de Santo Domingo desde Canarias por Fray Tomás de Berlanga en 1516. Quizá no fue el único que transportó este frutal a las Américas, pero es la única referencia concreta que tenemos de ese hecho. Es lógico pensar que otros muchos viajeros llevaron hasta las tierras recién descubiertas este alimento tan importante para los navegantes portugueses en sus recorridos por la costa africana. Un cronista anónimo que describió la ciudad de Portobelo (Panamá) en 1607 nos dejó esta relación del segundo punto de llegada del plátano al Nuevo Continente:

“Hay otros que llaman plátanos de Guinea, porque della se trajo la planta á Cartagena, y despues á esta ciudad y á Panamá y á Lima, donde los llaman dominicos: son de mejor olor y gusto, pero de menos sustento y bondad”.

Desde el punto de vista léxico, este cultivo recibe hoy dos denominaciones que coinciden con estos dos orígenes distintos: el término plátano procede del latín, y seguramente hace alusión a sus hojas planas, mientras que banana es un vocablo de procedencia africana que tiene mayor difusión en el continente americano.

La rápida expansión

Y ahí empezó la carrera. El plátano saltó pronto al continente, en 1526 ya se cultivaba en Tierra Firme y en 1553 ya estaba en Perú. Menos de 30 años para recorrer 2 000 km. Esta rapidez llamó la atención de los propios conquistadores. Ellos sabían que el plátano era una fruta inicialmente cultivada únicamente en las proximidades de los pueblos donde habitaban los españoles y los textos muestran que lo utilizaban para saber si alguien de los suyos había pasado por el lugar donde se encontraban.

Grande fue su asombro cuando empezaron a encontrarlo en lugares poblados únicamente por indios y donde nunca habían estado. Así, Fray Pedro de Aguado, en su crónica sobre la actual Colombia escrita entre 1573 y 1581, dice:

“(…) luego vieron claros vestigios y señales de auer andado gente española antes que ellos en esta tierra, y avn destar cerca de donde ellos estavan, porque en çiertas rroças o labranças de yndios hallaron vnos pies de platanos, ques arbol que no lo ay entre los naturales, sino entre los que avitan çerca de pueblos despañoles”.

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Hoy es general la idea de que el plátano llevaba más de una década de ventaja a los conquistadores europeos. No es de extrañar que está velocidad hiciera pensar a algunos historiadores que era un hecho imposible, que la única manera de explicar esta rapidez era que el plátano hubiese estado en América antes de la llegada de los españoles. Y así se han propuesto para su explicación una teoría africana (algunos navegantes africanos habrían alcanzado la costa brasileña antes de 1492) y una hipótesis polinesia (fueron los primitivos polinesios los que llevaron los plátanos hasta la costa del pacífico americano). Pero la cosa puede ser más sencilla.

Las redes agrícolas locales como cintas transportadoras de agrodiversidad

Un estudio interdisciplinar, en el que la ciencia tiene en cuenta las humanidades, permite constatar mediante los textos cronísticos que lo ocurrido en ese momento no era nuevo.

Desde el desarrollo de la agricultura en los albores de la civilización, las sociedades agrícolas han intercambiado cultivos con sus vecinos, creándose lo que podríamos llamar cintas transportadoras que han llevado estas especies útiles, desde el extremo Oriente hasta Europa, en ambos sentidos, desde África hasta Europa y Asia, y al contrario. Y también funcionaron en el continente americano, desde el norte hasta el sur.

Cuando se produjo el contacto entre el viejo y el nuevo mundo estas cintas transportadoras estaban perfectamente engrasadas y se acoplaron fácilmente, permitiendo el transporte de los productos africanos, asiáticos y europeos por todos los rincones de América, donde era ecológicamente viable su producción, e igualmente los productos americanos se dispersaron de la misma manera en los continentes ya conocidos.

Quienes hicieron posible el fenómeno fueron las mismas redes locales que habían expandido el maíz, las papas, las batatas, el aguacate, etc., por toda América. El resto lo hizo la propia especie, sus características biológicas y reproductivas.

La preservación de estas redes agrícolas locales sigue siendo necesaria en la actualidad para mantener la agrodiversidad que permita una agricultura relacionada con el territorio y con la gente que lo cultiva. La diversidad de variedades de un cultivo asegura el futuro del mismo, además de ser una forma sostenible de mantener la soberanía alimentaria de un gran número de comunidades agrícolas de todo el mundo.The Conversation

 


 

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

The Conversation

MARIA TERESA CÁCERES
María-Teresa Cáceres-Lorenzo es profesora e investigadora de la ULPGC, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

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