La abstracción, un duelo, y la recuperación de lo que fue quedando atrás

Ayer sentada en un café de Toronto me llegaron noticias de la muerte de Quino. Mientras mi celular vibraba con imágenes, videos, y emojis que denotaban un duelo colectivo, quedé abstraída, observando cómo la clientela enmascarada esperaba sus lattes.

Entre los mensajes, recibí dos fotos por parte de mi papá. La primera era de la vez que mis padres nos
llevaron a mi hermano y a mí a la feria del libro a conocer a Quino. Él salió enmarcado por nuestras
nucas, mientras torcíamos los cuellos para ver qué escribía. La segunda foto era del autógrafo que Quino nos había dedicado sobre una edición flamante de Toda Mafalda, completo con Guille, el personaje preferido de mi hermano. Sé que en alguna parte de la casa de Michigan de mis padres hay una tercera foto, donde estoy yo parada al lado de Quino, con una mezcla de felicidad e incredulidad.

Hoy me llegaron las noticias por medios canadienses, el Toronto Star y CTV News entre otros. Aunque sé que su obra no me pertenece más a mí que a nadie, leer sobre Quino en inglés me desconcierta. Al estar distanciada del país, noticias como estas tocan algo fosilizado, endurecido para lograr sobrellevar la ruptura de la inmigración. Noticias como éstas subrayan lo efímero de mi niñez en Argentina, y mi inhabilidad de añadir nuevas memorias al repertorio.

Este duelo insatisfactorio me recordó que cuando murió Fontanarrosa yo estaba en Casilda, provincia de Santa Fe, con mis tíos y mi abuela. En la cocina de mi abuela digerimos las noticias junto a la radio, la voz lluviosa del interlocutor puntuada por algún comentario nuestro o el último sorbo de mate. No
expresamos nuestra tristeza de modo público, ni por redes sociales, pero sí sentí el cierre de compartir
un duelo nacional en mi país.

En parte escribo esto porque este año ha dejado mucho sin cierre. Por falta de vuelos, nadie ha podido visitar Argentina. Mi abuela, enferma con Alzheimer, tampoco dice mucho por teléfono. Las fotos que envió mi papá pertenecen a un pasado nebuloso, cuando mi hermano y yo nos hablábamos en castellano, y el inglés no nos resultaba natural ni preferible.

Nuestras primeras copias de Mafalda habían sido aquellas que se vendían en los quioscos, anchas y de tapa blanda. Ni bien aprendí a leer me dediqué a recitar los chistes de las tiras, y mis papás me seguían la gracia.

Imitando la dinámica fraternal, mi hermano y yo escogimos equipos opuestos: pro y contra
sopa. Como siempre he sido dogmática, me las arreglé para no tocar un plato hasta los veinte años.

De tanto uso, esas primeras tiras quedaron destrozadas y sus restos están desparramados entre otros libros y carpetas en la biblioteca de mis padres. Ahora tengo en mi departamento una edición mexicana adquirida en San Luis Potosí. Cada tanto, por la mañana mientras tomamos café, comparto una tira de Mafalda con mi pareja, quien es polaco-canadiense. Su conocimiento casual del español, junto con el genio caricaturista de Quino, le permite descifrar el significado.

Mi falta de acento al hablar inglés, mi asimilación en la sociedad norteamericana y mi predisposición
más bien estoica suelen anestesiar las realidades de la inmigración. Irónicamente, el humor ácido que
desarrollé leyendo a Quino no me preparó para su partida. Lo que sí: esta semana en casa no se toma
sopa.