Veíamos en la primera parte de esta nota de qué modo el bloqueo a los puertos venezolanos de 1902 influyó en nuestra historia y qué intereses y qué ideas-fuerza hubo detrás. Es hora de fijar la mirada en qué hay detrás y qué podría suceder a partir de la presencia de buques de guerra estadounidenses, hoy, 123 años después, en las mismas aguas. .
Venezuela otra vez
Que la filmación en blanco y negro de la voladura de una lancha de 10 metros de eslora -que si llevaba 11 tripulantes poca droga podía tener a bordo- haya sido dada a conocer por Donald Trump como si se tratara de un suceso digno de destaque, es algo que puede entenderse si uno tiene en cuenta la psicología pueril del personaje.
Que ni siquiera haya tenido en cuenta que fueran o no narcotraficantes quienes tripulaban la lancha, haberlos ejecutado sin juicio es un crimen, no puede extrañar porque sabido es que ni los crímenes -ni los genocidios- le quitan el sueño.
Que hasta el momento ese sea el único resultado conocido de la presencia de 8 buques de guerra, un submarino nuclear y cinco mil de infantes de marina estadounidenses en el Caribe sur, frente a las costas venezolanas, puede deberse a un error de cálculo.
Si Marco Rubio esperaba que con los destructores y los buques de desembarco a la vista alguien quisiera ganarse los 50 millones de dólares de la recompensa ofrecida llevándole la cabeza de Nicolás Maduro sobre una bandeja de plata, ha vuelto a equivocarse. No ocurrió en enero de 2019, y tampoco parece estar ocurriendo esta vez.
Pero por absurda que pueda parecer la maniobra de enviar todo un escuadrón naval al Caribe para detener el tráfico de drogas -que transita en realidad por el Océano Pacífico-, o por patéticos que nos resulten los personajes que vemos sobre el escenario, lo cierto es que mientras se despliega esa flota –la mayor que los EEUU hayan colocado en pie de guerra frente a Sud América en toda su historia-, en el mundo, como ocurría en 1902, se reacomodan las piezas en el tablero geopolítico a un ritmo febril.
Y eso, el lugar que cada región ocupa en la partida que hoy se juega es, como veíamos en la primera parte de esta nota, una de las dos cosas que importan.
La otra es la peregrina idea que los EEUU tienen acerca del rol que Dios les ha adjudicado en la Historia (en la nuestra).
Un septiembre para recordar
Mientras los buques de guerra norteamericanos llevaban adelente su show amenazante en el Caribe, el primer día de septiembre, en la ciudad china de Tianjin se reunieron los líderes de los 26 países asociados en la Organización de Cooperación de Shangai, que albergan al 42% de la población mundial e incluyen a las 3 economías más poderosas de la región euroasiática: China, India y la Federación Rusa.
Tanto los términos en los que está redactada la Iniciativa de Gobernanza Global que Xi Jinping presentó a los asistentes:«La era de la hegemonía unipolar ha terminado. Es hora de un orden internacional más justo y equilibrado», como la declaración final firmada por todas las naciones asistentes, recogen un rechazo categórico y frontal a las políticas arancelarias de los EEUU. Una respuesta muy diferente a la europea, de cuya aceptación de un nuevo vasallaje hemos hablado en ediciones anteriores.
Como si ese desafío a la lógica arancelaria y a la política de las sanciones no hubiera sido suficiente, dos días después de finalizada la conferencia tuvo lugar en Beijing el megadesfile militar en conmemoración de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial que ha dejado consternados a todos los que apostaban a que una vez finalizada la guerra en Ucrania los EEUU se abocarían a demostrarle su poder a China.
Todo hace pensar que al menos por ahora esa no es una buena idea.
Pero ese mismo día 3 de septiembre, mientras Donald Trump daba a conocer con alborozo y orgullo la voladura en aguas de Trinidad y Tobago de una lancha con once «terroristas en acción», y mientras en la plaza de Tiananmén 10.000 efectivos del Ejército Popular de Liberación mostraban un poderío que helaba la sangre, a 8.500 kilómentros de allí, en París, la “Coalition of the Willing”, liderada por quienes todavía son las cabezas de gobierno del Reino Unido y Francia, se reunían con Volodymyr Zelensky para asegurarle, una vez más, que una vez firmada la paz aparecerán en Ucrania, como salidos de la nada, fuerzas militares de 26 países europeos (+ Canada).
El equipo editorial de The Guardian, que cuando se tocan estos temas suele ser particularmente plañidero, analizaba en una nota titulada Xi, Putin, Kim and the optics of a new world order todo lo acontecido el 3 de septiembre de este modo:
The optics of the new global order could not be clearer: an anti-western bloc, helmed by China, on one side, and a western alliance of democracies, lacking its traditional leader in Washington, on the other.
Ese, a grandes razgos, es el escenario que los EEUU enfrentan en Eurasia, la mayor superficie continental del planeta.
En el Oeste, una guerra proxy en Ucrania ya perdida. Socios transformados en vasallos a los que se obligará a pagar los platos rotos y a continuar por si mismos la guerra si todavía quieren saquear algo. Y aparte de eso, desconfianza, ineptitud galopante y desamor.
En el Centro, en Medio Oriente, una tragedia sin palabras y sin remedio. Expansiva y deletérea. Repugnante por donde se la mire. El peor de los pecados de este siglo.
En el Este un freno formidable. Porque si alguien hubiera decidido que la alianza estratégica entre India, China y Rusia (que ya estaba anticipada en la conformación de los BRICS) quedara sellada, no lo podría haber hecho mejor que la dupla Joe Biden & Donald Trump. Que en apenas ocho años tiraron por la borda lo que les quedaba de pretigio.
(Entre paréntesis, si la mejor idea de los servicios de inteligencia norteamericanos y de las empresas tecnológicas globales para desestabilizar una posible alianza entre India o China es una nueva y grotesca «revolución de colores» en Nepal, van por mal camino).
Y para redondear un septiembre que aún será largo, la Conferencia de Alto Nivel en celebración del 80 aniversario de la ONU, que se celebraría el 25 de este mes en Nueva York, ha cambiado de sede, ya que Donald Trump se ha negado a que tengan su visa para entrar al país los delegados de la Autoridad Palestina, lo que habla de la debilidad intrínseca de un imperio en decadencia que ya no sabe a quién ni dónde morder..
Y nosotros qué…?
Pudo haber sucedido hace un mes en Anchorage en el encuentro entre Vladimir Putin y Donald Trump, del que no supimos nada. Podría estar sucediendo ahora mismo en algún despacho ministerial de Singapur, Shangai o Tokyo. Y en Tel Haviv, sin ninguna duda.
Seguramente sucede a diario en la Casa Blanca. Debe haber sido ese el tema que tuvo tan cariacontecidos a los líderes europeos que acudieron a Washington hace un mes para discutir con el presidente de los EEUU qué parte les corresponderá de los despojos de Ucrania.
En muchos sitios a la vez, en este mismo momento, debe haber gente -de toda laya y condición- trazando -a lápiz todavía por si fuera necesario corregirlas mañana- líneas punteadas sobre el planisferio, con las nuevas fronteras y la demarcación de las zonas de influencia en el mundo multipolar que se avecina.
Porque eso seguramente está sucediendo y, porque como vimos en la primera parte de esta nota, hubo una vez una doctrina Monroe y un Corolario Roosevelt que nos definieron como patio trasero de un imperio en escenso que ahora declina, es casi imposible evitar preguntarnos ¿y nosotros qué?
Venezuela es nosotros
Iluso sería quien pensara que se olvidarán de nosotros. Porque nadie creerá seriamente que hay 9 naves de guerra estadounidenses frente a Venezuela con el objetivo de descuajeringar lanchas y detener el narcotráfico. O que el amor por las elecciones limpias, la democracia y los DDHH son lo que los lleva a querer suplantar a Nicolás Maduro con quien sea que les asegure lo que quieren.
Van hacia allí, como en 1902, no por la democracia sino por el petróleo. Como irán del modo que sea a cada rincón de nuestro continente por lo que consideran que debería ser suyo. Comenzando por el litio, pero siguiendo por el oro, el cobre, el hierro, las tierras rarras, los alimentos o el agua.
Lo explicó la generala Laura Richardson a todo aquel que quisiera escucharla en todos los países que visitó mientras fue la Jefa del Comando Sur del Ejército de los EEUU: los recursos de nuestra región son de importancia estratégica para su país en un marco de «puja geopolítica feroz».
Es decir que así como fuimos desde el comienzo el patio trasero despreciable útil sólo para extraer recursos, somos hoy la tabla de salvación.
La tabla a la que se aferrarán aunque la hundan con ellos si el resto del mundo se harta de sus locuras. Algo que si exceptuamos al presidente Lula en Brasil y a Gustavo Petro en Colombia, el grueso de los lideres latinoamericanos que solemos denominar democráticos,-por complicidad, por debilidad o por ceguera, parecen empeñados en no entender.
