En los tiempos que corren no hay nada que no sea -o parezca ser- «histórico». Sobre todo cuando ocurre en ese lugar del mundo en el que hasta lo más trivial se transforma en show, en falsedad y en acontecimiento. Así, cada vez que hay una puja electoral en USA, el resultado, por una razón u otra, se nos presenta como histórico. Como algo inédito que esta vez sí, les -y nos- cambiará la vida. Tratemos entonces de separar la paja del trigo. El tsunami azul, de la resaca. . Lo que ilusiona hoy, de lo que defraudará mañana.
Ola, cataclismo, vendaval demócrata, tsunami azul. Los analistas políticos, como suele ocurrir en estos casos, han dado rienda suelta al poeta previsible que llevan dentro, para regalarnos metáforas que magnifiquen aún más lo que fue, es cierto, una enorme sorpresa. Una derrota del Partido Republicano mucho mayor a la esperada.
Sigamos adelante con la más en boga y la más impresionante de esas metáforas, la del tsunami. Los tsunamis (tanto los azules como los de cualquier otro color) abren las puertas a los paisajes nuevos que deberán tomar forma tras la destrucción que dejan a su paso. Obligan a reconstruir sobre los escombros de lo que había. Son, mirados desde ese punto de vista, oportunidades para quienes han tenido la suerte o la habilidad de sobrevivir. Pero en las horas o días que siguen al desastre, lo único que puede hacerse es hurgar en la resaca que han dejado desperdigada por la playa.
A Watergate-level repudiation
Entre la resaca, lo que más destaca es ese hombre agotado que se preciaba de ser el más poderoso y temido del mundo y el más amado de su país, que se ha dedicado, tras su humillación en las urnas, a arrastrar los pies y a mostrar que su principal interés es definir el lugar en que irá la cocina en el nuevo y faraónico Ball Room con el que está arruinando visualmente la Casa Blanca. No tendremos la suerte de que permanezca en ese estado de semi-estupidez letárgica por mucho tiempo y ya encontrá pronto la forma de seguir haciendo daño.
Mientras tanto, en su partido asoman las primeras navajas y se prepara alguna que otra degollina, que no será demasiado sanguinaria (porque entre bueyes no hay cornadas) pero será, por supuesto, bien recibida por el mundo, sea quien sea el desgraciado que caiga primero.
Heghset podría ser un buen candidato a chivo expiatorio de primer turno. Hay pocas personas con menos luces que él dentro de un gobierno que no se caracteriza por el brillo de sus integrantes. Está enemistado con medio Pentágono. Perdió una guerra. Y su caída sería bienvenida por JD Vance y Marco Rubio para ocultar por algunos meses más, cuánto se odian. Cualquiera de los dos podría ser quien primero abandonara la balsa antes de que hunda, pero eso, al momento en que escribimos estas líneas, sólo lo sabe Dios.
Ted Cruz, que será por primera vez en su vida el único representante de su Estado en el Congreso -lo que significa que los casi 200 millones de dólares que Elon Musk invirtió en las campañas de los candidatos republicanos de Texas han sido los peor gastados de su vida-, lo ha dicho bien: «It has been a Watergate-level repudiation. Tendrán que ver qué hacen ahora con las fracturas expuestas y el repudio.
Amanece, que no es poco
En el establishment demócrata por su parte, el entusiasmo por lo rotundo del desenlace cederá paso, con el correr de los días, a la desconfianza y el desprecio que siempre han demostrado hacia las propuestas y las figuras del ala izquierda del partido. ¿Qué harán esta vez para desalentar a quienes siguen esperanzados en que, por una vez, cambien? ¿De qué modo pensarán defraudar ahora a quienes se encargaron de darles el triunfo?
Los integrantes del nuevo bloque progresista, por su parte, que han sido esta vez quienes le sacaron al Partido Demócrata las castañas del fuego y protagonizaron lo más pujante del «tsunami azul», necesitarán desembarazarse de quienes durante años se encargaron de ser la barrera de contención que los condenó a los segundos y terceros planos.
Reliquias de lo más conservador que ese partido ha dado en toda su historia, como el lider de los demócratas en el Senado, Chuck Schumer, que deberían estar ya arrumbados entre los trastos viejos, quizás se vean obligados a renunciar. Otros, como el speaker de la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries, encontrarán el modo de mantenerse a flote porque ese es su oficio. Para neutralizar a toda la camada de belicistas arrogantes, operadores de Wall Street y empleados sumisos que dejaron tras de si Nancy Pelosi, los Clinton y Joe Biden, se necesitará seguramente otro tsunami dentro de dos años. Éste, ya ha dado todo de si.
Como ha dicho el alcalde de Nueva York Zohoran Mamdani, cuyo optimismo peca en ocasiones de ingenuidasd, amanece nuevamente. Pero como él mismo ha advertido «It’s not enough for us as Democrats to win power (…) What I’m excited to see now is a recognition that the work is only just starting».
Abdul El-Sayed, el primer musullmán en entrar al Senado de los EEUU, ha sido quizás el más claro a la hora de establecer las prioridades una vez contabilizados los resultados del tsunami: «People don’t trust our party because too often we’re funded by the very same people who fund Republicans… Can we actually cut the cord that we’ve had to corporate money and start governing like we give a damn about working people?»
Lo histórico, la diversidad, y las primeras veces
Lo verdaderamente histórico, decíamos al principio, no es lo que ocurre por primera vez, aunque esa sea la materia con la que se elaboran los mejores titulares. No es la emergencia de algo que circunstancialmente perturba o debilita una tendencia. Lo verdaderamente histórico es lo que la rompe, lo que altera su rumbo, lo que abre las puertas a una realidad consistentemente diferente. Y ese es otro cantar.
Por ahora y mientras no se le comiencen a ver las patas a la sota, la cantidad poco habitual de «es la primera vez que» que se contebilizan desde que el martes a la noche se comenzarona conocer los primeros resultados, abruma y permite alentar esperanzas de que el progresismo y la diversidad (que no son lo mismo, pero suelen ir juntos) estén cerca de alcanzar una densidad significativa.
Es la primera vez que se elige un Gobernador hispano en California, Xavier Becerra. Y es la primera vez que se elige una Gobernadora mujer, para colmo hispana, Gina Hinojosa, en Texas. Se trata de dos estados que suman más del 20% de toda la población y casi el 25% del PBI de los Estados Unidos, por lo que la novedad no es desdeñable.
Es la primera vez que se elige una Gobernadora indígena en Nuevo México, Deb Halaand, es la primera vez que se elige una gobernadora negra en Georgia, Keisha Lance Bottoms, y hasta podría ser la primera vez que se elige una gobernadora inuit en Alaska y un gobernador negro en Mississipi. Podríamos preguntarnos cómo es que nada de eso sucedió antes, pero dejemos esa pregunta para una próxima nota y sigamos repasando la exepcionalidad de estas elecciones.
Es la primera vez en décadas que quedan en manos de Partido Demócrata los cuatro estados limítrofes con México. Y será la primera vez que diez de los diez distritos directamente fronterizos eligen representantes demócratas. Esa frontera, está de más decirlo, no sólo registra el mayor volumen de intercambio comercial de mercancías en el mundo. Es una frontera que cruza y parte al medio una nación, una lengua y una cultura.
James Talarico, ex seminarista y docente de inglés en el oeste de San Antonio, un barrio predominantemente hispano y pobre, que fue luego elegido como representante de ese distrito en el Congreso, será el próximo senador por Texas a pesar de que Elon Musk inviertiera, como ya vimos, casi 200 millones de dólares para financiar al candidato republicano. No había visto nunca ocurrir algo así, porque la última vez que los demócratas habían triunfado en ese estado fue hace 38 años, cuando él todavía no había nacido.
Es la primera vez que Michigan tendrá un senador musulmán, Abdul El-Sayed, a pesar de que el lobby israelí logró que quien había sido su principal competidora en las primarias llamara a votar por el Partido Republicano. Nithya Raman, nacida en la India será la primera alcaldesa asiática y socialista de Los Ángeles, la urbe más populosa del Oeste.
Daryaliza Avila Chevalier será la primera mujer musulmana pero de origen dominicano en ocupar un escaño en el Congreso. Aber Kawas será el primer palestino-estadounidense en representar a New York en el senado. Y el cirujano de origen egipcio, Adam Hamawi, quien se ofreció como voluntario para tratar a los heridos en la Franja de Gaza durante el genocidio y la limpieza étnica perpetrada por Israel en Palestina, es el primero en obtener un escaño en la Cámara de Representantes por el estado de Nueva Jersey con un abrumador 70% de los votos.
Podríamos seguir con más nombres cuyas trayectorias aúnan el compromiso con las políticas «de clase» con la diversidad identitaria, como el de Claire Valdez (sindicalista de la industria automotriz, indígena de la tribu texana de los Tigua) o Melat Kiros (abogada de DDHH, inmigrante etíope y la primera mujer de la Generación Z en entrar al Congreso) pero será mejor resumirlos en lo que Bernie Sanders, sin duda el mentor político de todos ellos ha resumido anunciando que 15 de los 16 candidatos a la Cámara de Representantes que contaron con su apoyo han obtenido sus bancas, que lo mismo ha ocurrido con 3 de los 4 aspirantes al Senado y que los suyos se alzaron con 6 escaños controlados con anterioridad por los republicanos.
A esos nombres y a esos números de las «primeras veces» que acaparan los titulares y provocan entusiasmo, se les deben agregar los que corresponden a los congresos estaduales, las alcaldías o los consejos locales de cada distrito, pero de todas formas, son-muy-pocos. Y vale poner el énfasis en ese son-muy-pocos-, para no ver maravillas donde podría haber sólo una quimera
Frente a los más de 250 Representantes y los más de 34 Senadores electos por el Partido Demócrata, el nuevo Bloque Progresista, si bien es mayor y más amplio que el Squad que lideraban Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar o Delia Ramírez, no tendrá el poder suficiente como para alterar el rumbo de un partido demasiado acostumbrado a decepcionar a sus votantes. Demasiado atado a quienes tienen poder de construir carreras políticas a partir de la nada. Y demasiado implicado en políticas militaristas y hegemónicas de las que Donald Trump ha sido más un continuador fervoroso que una novedad.
El «tsunami azul» es realidad. Pero no es un tsunami en el que haya que depositar demasiado entusiasmo.
Como ha reconocido Naomi Klein:
No faction of the Democratic Party can declare victory after the midterms. The Republican implosion is so great that all Dem factions won, from democratic socialists to corporate centrists. Fascism is not defeated by one election (it can always be reconstituted into something even more dangerous…).
Por nuestra parte, coincidimos con la mirada de Chris Hedges en nota que publicamos en esta misma edición:
The Democratic Party hierarchy will see the results not as a repudiation of Trump, but an endorsement of the flaccid and ineffectual position of a party that stands for little and fights for less.
Las viudas y las hijas del trumpismo
En la playa, hasta donde se extiende la vista, más allá de las paredes agrietadas del Partido Republicano, más allá de la purga y los primeros manotazos del sálvese quien pueda que se adivinan dentro de sus muros, más allá del las miradas torvas que auguran que querrán encontrar infelices (en Cuba, por ejemplo) sobre quienes volcar la frustración y la ira, más allá de los demócratas que comienzan a mirarse todavía absortos y desconfiados con la entidad del tsunami que ni ellos mismos presentían, más allá de todo eso, se distinguen las siluetas confusas de las viudas y las hijas del trumpismo, que inmediatamente antes e inmediatamente después del tsunami, muestran los signos inconfundibles del desvalimiento y la orfandad.
En nuestro continente, Flavio Bolsonaro, huyó hacia Miami just in time. Peña Nieto, no pudo con su genio y con sus antecedentes y huyó también después de que su exitoso modelo económico ultra liberal resultara ser la mayor estafa que se haya producido en su siempre lastimado país. Javir Milei comienza a entender que no habrá quien invierta en él ni quien se ofrezca a salvarle el pellejo cuando le llegue el turno de rendir cuentas. Antonio Kast fue a probar suerte a España abrazándose a los peores ahora que comienza a ser tarde y en su país se han dado cuenta de que no servía ni para hacer mandados. Keiko Fujimori, ha logrado que tras los primeros 100 días de gestión sólo el 10% de la ciudadanía la apruebe. Rafael Noboa y Abelardo de la Espriella miran hacia el norte sin alcanzar a ver nada de lo que les habían prometido y sin saber si el Escudo de las Américas que compraron no habrá sido, como todo lo que viene desde allí, un engaño.
Más allá, en el mundo, las consecuencias del tsunami también se hacen sentir.
Las empresas tecnológicas que acumularon billones de dólares en deudas confiando en que la Super IA se adueñaría en breve del planeta y sus alrededores, comienzan a temer que serán reguladas y se quedarán sin lo mejor de sus encantos.
Benjamín Netanyahu no sólo ha visto comprometidas sus posibilidades de seguir enancado en el genocidio que hará de su nombre una mala palabra para siempre, sino que debe estar pensando que quizás lo de la Riviera de Gaza con las palmeras, los casinos y las palestinas bonitas, fue un espejismo en el que sólo él y Jared Kushner creyeron. Y cada uno de los líderes europeos (Emmanuel Macron, Giorgia Meloni, et al.) que se inclinaron frente al amo en enero, asumiendo el papel de mendicantes dispuestos a dar el alma con tal de conseguir que no los fulminara con un rayo, ven que desde hace meses en las calles de todas sus ciudades bullen la disconformidad y la resistencia.
Sin embargo, antes de que podamos hacer algo sensato y duradero con la resaca que ha dejado y seguirá dejando en nuestras playas el «tsunami azul», pasará mucho tiempo.
Seguiremos poniendo el foco en las viudas y las hijas del trumpismo a lo largo de las próximas semanas.
