Faltan apenas horas para saber si la remontada de Lula en el balotaje era una posibilidad cierta o resulta ser otra vana quimera. Será interesante entonces repasar algunas de las muchas razones por las cuales no sería desatinado esperar lo peor. Algunas de ellas son obvias. Las conocíamos bien. Las otras no las hemos sabido o querido ver hasta que la realidad nos dio un disgusto que recordaremos por varios años. .
El marco general y lo que ya sabíamos
Comencemos por las cuatro razones más obvias, conocidas por todos, que tienen más que ver con el marco histórico, geopolítico y de época que con el proceso eleccionario en sí. Como iremos viendo, es imposible considerarlas de modo aislado ya que se potencian las unas con las otras, y tomadas en su conjunto dan como resultado otras dos, esenciales y que nos han pasado ¡¿cuándo no?! desapercibidas.
Primera razón – El Brasil del Boi, Biblia e Bala
Tal como advirtió hace pocos años el antropólogo Pablo Seman en El Tobogán y el Péndulo, un libro publicado tras el ajustado triunfo de Lula en 2022, que Jair Bolsonaro, tras una presidencia que había sido vista internacionalmente como desastrosa, hubiera sido capaz de asegurarse casi el 50% del electorado, nos estaba mostrando a las claras que su llegada al gobierno no había sido un mero accidente sino que era la expresión genuina de una derecha extrema, potente y ya consolidada.
Tras su primera victoria en 2002 y partir de 2007, el Partido de los Trabajadores, a pesar de sus sucesivos triunfos, había ido perdiendo apoyo electoral frente a una derecha que fue capaz de dar el golpe de Estado que volteó a Dilma Rousseuf en 2015/2016, que se esforzó durante la presidencia de Temer en tirar abajo todos los avances sociales de la década anterior, que logró poner en prisión a Lula, y que consiguió agruparse y sacar a luz lo peor de si a partir de la llegada de Jair Bolsonaro al gobierno. Con una capacidad de confrontación y revanchismo desconocida desde la caída de la última dictadura militar.
BOI, BIBLIA E BALA, las tres B que caracterizan la bancada parlamentaria de la derecha extrema brasileña, no son una caricatura sino una imagen fiel de todo un ecosistema político-social que opera con toda su potencia en las regiones más prósperas del sur del país.
En ese ecosistema, la economía basada en los agronegocios, el extractivismo desalmado y el desprecio por la conservación ambiental, la aparición de religiosidades que fomentan la búsqueda de salidas individuales y condenan todo lo que tenga el tufo a azufre infernal de las luchas colectivas, y las políticas represivas como solución a la inseguridad creciente y como freno a quienes aspiren a una ampliación de sus derechos, han venido conformando un movimiento en el que lo que odian y temen es la cara visible y más patética de los intereses que defienden.
Segunda razón – Nuevas pantallas, ansiedad e inmediatismo
Desde la pandemia en adelante se celebraron en América del Sur 15 elecciones presidencies y sólo en dos de ellas (Paraguay y Ecuador) triunfaron los oficialismos.
Se trata de un fenómeno muy complejo y todavía no suficientemente estudiado, que tiene que ver seguramente con el avance de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, con las culturas de los videojuegos y del entretenimiento, y con una ansiedad creciente y hasta cierto punto enfermiza, que lleva a creer que todo debe ser desechado en cuanto aparece un modelo que ofrece nuevas prestaciones o cuando una nueva pantalla capta nuestra atención.
Tercera razón – El aluvión continental de las derechas del castigo
Desde 2023 en adelante, con el triunfo de Javier Milei en Argentina, todas las elecciones que han tenido lugar en América Latina -con la sóla excepción de Uruguay y México en 2024-, han dado como resultado el triunfo de partidos o coaliciones de conservadurismo autoritario y derechas fervorosamente cristianas y pro-occidentales (en Bolivia, Perú, Ecuador, Chile, Colombia y El Salvador) que son las que mejor han sintonizado con electorados desconfiados de la política, ansiosos y particularmente permeables a las promesas de recortes al gasto público, retorno a un pasado de grandeza perdida, un punitivismo primario y radical, y crueldad hacia quienes son presentados como culpables de la degradación y el caos, ya sean inmigrantes, negros, indios miserables, comunistas nostálgicos, jubilados que nos chupan la sangre, o «zurdos empobrecedores».
Cuarta razón – El disciplinamiento del patio trasero
En el pasado ha sido habitual el injerencismo estadounidense en las elecciones de los países que han tenido la mala idea de estar situados su patio trasero. La voracidad geopolítica de Donald Trump, lo establecido con claridad brutal en su nuevas doctrinas de seguridad continental de noviembre de 2025 y enero de 2026, y el empantanamiento de los EEUU en los escenarios de conflicto en el Pacífico, en Medio Oriente y en Europa Central, están llevando a que el complejo empresarial, financiero y militar norteamericano vuelque todos sus esfuerzos en el triunfo de los candidatos que en cada país de las Américas se ofrecen, voluntariamente, a jugar el papel de gerndarmes obedientes.
Y quienes en septiembre de 2025 fueron capaces de invertir más de 20 mil millones de dólares para asegurar el triunfo de un energúmeno en las elecciones legislativas de la cuarta economía de Latinoamérica, ¿qué no habrán hecho y qué no harán para asegurarse el triunfo del miembro más deslucido de la familia Bolsonaro en la primera economía del hemisferio -la única que integra los BRICS y la que tiene mayores recursos para sustentar un desarrollo autónomo?
El pesimismo de la razón y el optimismo prendido con alfileres
Cada uno de los items que hemos repasado tenían la suficiente entidad como para desalentar el optimismo previo al 4 de octubre y tomados en conjunto, potenciándose unos a otros, preanuciaban el resultado que ya vimos: una derrota de Lula por algo menos de dos puntos y un escenario aún más adverso con miras a lo que ocurrirá el domingo 25.
Pero habia también motivos para confiar en que el resultado fuera otro, porque frente a todo lo anterior, por preocupante que fuera, teníamos a un estadista de estatura global, tres veces presidente del Brasil, que entre 2002 y 2010 sacó a más de 30 millones de sus compatriotas de la pobreza, que llevó a su país a ocupar un lugar entre las 10 primeras economías del planeta, y que deja su tercer mandato con índices de desempleo, crecimiento, o ingreso de jóvenes a la educación terciaria envidiables.
Sin embargo y como veremos a continuación, ese optimismo estaba sujeto a la realidad con alfileres.
La quinta razón – la negación y nuestros mitos
Se a farinha é pouca, meu pirão primeiro
Este é um velho ditado do tempo do cativeiro.
Si la fariña es poca, mi pirón primero. Este es un viejo dictado del tiempo del cautiverio, cantaba Bezerra Da Silva en un samba nordestino, que a su vez retomaba un dicho popular originado en las épocas de la esclavitud.
Ese refrán, que pone sobre la mesa las tendencias egoístas que afloran en tiempos de escasez y de crisis -cuando los intereses individuales parecen entrar en contradicción con las políticas de justicia social- nos servirá de introducción a la quinta de las razones que debieron haber morigerado el optimismo de quienes quisieron ver a un Lula triunfante por cuarta vez.
No es momento de historiar aquí la creciente desilusión de una sociedad que sabe que merece más, frente a un Estado cuya capacidad de atender sus demandas es cada vez menor, porque ese proceso no es privativo de Brasil. Está presente allí donde coloquemos el foco y Francia o España son en estos días apenas los botones de muestra más visibles.
Pero sí vale la pena tener en cuenta esa desilusión, ese descontento y esa disconformidad, para entender los dos gráficos que veremos a continuación.


Estos dos gráficos, que conviene estudiar en detalle, son anteriores al triunfo de Flavio Bolsonaro sobre Lula en la primera vuelta celebrada el 4 de octubre, pero ya contenían, detallada y contundentemente el resultado que tanto nos sorprendió.
En el primero vemos que durante casi todo el período la desaprobación al gobierno fue superior a la aprobación, y eso se agravó marcadamente durante el último año.
En el segundo, se evidencia que en casi ningún sector de la población la preferencia por Lula era mayor a la preferencia por Bolsonaro. Sólo entre las mujeres, entre los mayores de 45 años, entre quienes han cursado sólo la enseñanza elemental o quienes han tenido acceso a la enseñanza superior, entre quienes tienen ingresos de entre 2000 y 3000 reales, entre quienes habitan el nordeste del país, y entre los católicos o las personas que no profesan ninguna religión, Lula es el preferido. Pero aún en esos casos, por muy escaso margen.
Que el 72% de los menores de 24 años prefieran a un candidato conservador, autoritario, enemigo de la educación y la salud públicas, lo dice todo.
Y lo más preocupante: cuando se mide la aprobación de ambos candidatos en función del voto en 2022, Bolsonaron retiene 5 puntos más que Lula, y recibe además la preferencia de un enorme porcentaje de quienes en aquella oportunidad anularon su voto o se abstuvieron de participar.
Que sabiéndose todo esto los resultados del 4 de octubre nos hayan sorprendido, no se debió solamente a que las encuestas preveían un empate técnico sino a que, en primer lugar, somos proclives a la negación hasta que algo nos obliga a aceptar la realidad. Y en segundo lugar, a que el «optimismo de la voluntad» frente al «pesimismo de la razón» del los que hablaba Gramsci, nos induce a no aceptar pasivamente que «Se a farinha é pouca, meu pirão primeiro» sea una verdad ineluctable, siempre.
Porque si lo fuera, la vida en sociedad sería imposible y ya sería hora de bajar los brazos.
La sexta razón y los milagros en el horizonte
Jose Dirceu, que comenzó su actividad política resistiendo a la dictadura militar en 1968, que estuvo exiliado en Cuba y en México, que fue junto con Lula uno de los fundadores del PT, y es hoy uno de sus principales estrategas, advirtió ya a inicios de 2026 que las tareas de gobierno desactivaron al partido, y que si el PT no moderniza sus estructuras, no se conecta con las nuevas realidades laborales (como los trabajadores de aplicaciones y el sector tecnológico) y no promueve un debate de renovación ideológica profunda, corre el riesgo real de desaparecer.
Esto seguramente sea verdad e incluso es posible aceptar que, dadas las circunstancias, no haber podido neutralizar la ansiedad y el descontento de la mitad de la población del país, les resultó inevitable.
Pero cabe que nos preguntemos, quizás con cierta frivolidad: ¿no será que lo que Zé Dirceu anuncia ya ha sucedido?
Porque que el Partido que fue de los Trabajadores haya tenido que arriesgar la figura, la salud y el prestigio de su lider histórico, un hombre de más de 80 años al que han hecho saltar, cantar, bailar, gritar, debatir y correr para demostrarle al electorado que aún no ha alcanzado su fecha de vencimiento, y que él mismo se haya expuesto como si no hubiera nadie más con la capacidad y el carisma suficiente como para reemplazarlo, no nos habla de un partido político que lucha por el poder sino de un cascarón que quizás ya esté vacío y cuyos mandos medios sólo aspiran a permanecer en cargos de gobierno para administrar -mejor que otros- las injusticias que ya no los conmueven.
Con el agravante de que si Lula se mantuviera en el gobierno, deberá lidiar con una bancada parlamentaria de ultraderecha mayor a todas las habidas en el Brasil hasta hoy. Un Boi, Biblia e Bala, recargado, con mayorías suficientes como para modificar la Constitución según se les antoje.
Falta aún un último debate del que, como ocurre habitualmente con los debates, no podemos esperar demasiado. Lula y su partido han conseguido, de acuerdo a las últimas encuestas, emparejar el resultado y nuevamente podemos pensar que el milagro es posible. Quizás hayan podido sacar de la abstención tres o cuatro puntos porcentuales de votantes que pueden haber entendido que tienen en sus manos el futuro de su país… y la independencia económica y la soberanía política del continente.
O que al menos comprenden que «meu pirão primeiro» es una apuesta indecente.
Pero aún cuando nos sea posible festajar el domingo por la noche y respirar aliviados, quedará la sensación un poco agria de que todo debería haber sido diferente.
Y que hay palabras, como veíamos en nuestra edición anterior, que las izquierdas «de palidez intensa» han dejado de lado y deberemos recuperar si pretendemos que se nos crea.
