Mientras las águilas estadounidenses se ciernen sobre Irán y laceran lo que queda de una Cuba exhausta, Donald Trump tiene todos sus días ocupados. No puede extrañarnos entonces que ese piece of ice llamado Groenlandia haya pasado momentáneamente a segundo plano. Sin embargo, su voracidad no quedará saciada si no le clava las garras. El ajedrez del mundo futuro y lo que será de nosotros se jugará en ese tablero. .
Hoy, el narcisita desaforado que nos quita el sueño, debe justificar los asesinatos innobles de ICE, desentenderse de sus consecuencias, promocionar la autobiografía de Melania, o amedrentar a Canadá alentando el separatismo de unos pocos idiotas blancos en la provincia de Alberta. Ayer dedicó parte de su precioso tiempo a cortejar a los herederos de Maduro y hacerles aprobar leyes e incluso amnistías a su gusto. Mañana abandonará definivamente Ucrania -antes de que sea demasiado tarde-, loteará la Franja de Gaza entre sus amigos, hará que Argentina le entregue un puerto en el sur del sur a cambio de nada, o dinamitará por dentro las Naciones Unidas.
Trump es o parece ser una fuerza de la naturaleza. Un tsunami de inmoralidad, golpes de efecto, adquisición de todo lo que se pueda comprar, crueldad, y mal gusto.
Pero aún así, uno podría preguntarse ¿para qué quiere a Groenlandia, si ya la tiene y podría colocar allí todas las bases miltares y los Golden Domes que se le antojen? ¿Para qué enemistarse con la Unión Europea si ya les hizo entender que están a su servicio y ellos no desean otra cosa que seguir así? Y sobre todo: ¿qué hay sobre, o debajo, o en el alma misma de ese piece of ice que tanto y tanto lo desvela?
Una colonia helada fácil de vaciar
Comencemos por el principio, que es algo que simpre ayuda a saber cómo continuar. Que Dinamarca considere que Groenlandia forma parte de su territorio, o que la Unión Europea se rasgue la vestiduras para respaldar ese anacronismo colonial tiene poco y nada de sentido.
Hagamos a un lado esas historias de impetuosos vikingos llegados desde Islandia con Eric el Rojo, -exiliado tras haber acuchillado a un pobre vecino no sabemos por qué-. Aquellos navegantes y campesinos nórdicos que comenzaron a llegar a Groenlandia hacia el año 1000 durante un período excepcionalmente cálido, y que desde allí incursionaron en las costas de lo que hoy es Canadá en busca de madera, debieron abandonar la mayor parte de sus asentamientos 300 años después, desesperados por el frío, el hambre o la soledad, y hostigados por los inuits, que bajaban envueltos en pieles y grasa de foca desde el norte.
Para 1450 sus caseríos, sus osamentas y su recuerdo ya habían sido engullidos por el hielo.
La verdadera colonización danesa de Groenlandia comenzó hace apenas 305 años, en 1721. Fue como todas. Erigieron dos iglesias y se adueñaron de lo que pudieron -que era poco- impidiendo por la fuerza que en adelante los pobladores originarios vendieran o compraran nada con comerciantes que no fueran ellos. Y aunque la pertenencia de esa enorme isla a la Corona danesa finalizó formalmente en 1953 con su «incoporación» al reino de Dinamarca -y con el estatuto de 2009 que le concedió a sus 55.000 habitantes cierta autonomía e incluso la posibilidad de declararse independientes-, la isla ha seguido siendo siempre un enclave colonial. Un territorio ocupado, con una historia de despojo, injusticia, exclusión y racismo para nada diferente a otras que conocemos mejor porque han sucedido más cerca.
Porque una cosa son las casitas de colores en medio de la nieve blanca que vemos en las fotografías, y otra diferente es lo que sucedía dentro.
Desde las primeras décadas del Siglo XIX en adelante se sucedieron experiencias de «ingeniería social» encaminada a eliminar la identidad cultural de los inuits, que conforman el 88% de la población de Groenlandia, mediante el apartamiento forzoso de los niños de sus familias. Un remedo tardío de las Residentials Schools canadienses de las que tanto hemos oído hablar a partir del reciente descubrimiento de las tumbas de cientos de niños sin nombre.
Los detalles infames de uno de los últimos experimentos de ingeniería social y eugenesia llevados adelante en Groenlandia bajo la fachada de Spiral Campaign, se revelaron recién en 2010 y valdrá la pena que le dediquemos un párrafo.
Entre los años 60 y 90, el gobierno de Dinamarca adoptó una política de planificación familiar que supuso la implantación de dispositivos intrauterinos a cuatro mil quinientas mujeres y niñas inuit que no fueron notificadas de lo que se les hacía. La intervención, realizada en la mayoría de los casos por médicos daneses, se practicó incluso a niñas preadolescentes, sin su consentimiento ni el consentimiento de sus padres. El alcance de esta política fue inmenso, ya que afectó a la mitad de las mujeres y niñas en edad fértil y ocasionó daños irreparables sobre todo en las niñas más pequeñas.
Pero alcanzó el objetivo buscado con éxito total: en menos de 30 años la población inuit de Groenlandia se redujo en un 50%.
«Hoy solo hay una cosa que decirles: perdón por la injusticia que se les infligió. Perdón por lo que se les quitó y por el dolor que eso les causó. En nombre de Dinamarca, perdón», se disculpó frente a las mujeres inuits el 24 de septiembre de 2025 Mette Frederiksen, la Primera Minustra de Dinamarca en una breve visita que realizó a Nuuk, la capital, en la que anunció que se estudiaría como resarcirlas por el sufrimiento causado.
Dinamarca, como vemos, no ha tenido un comportamiento diferente al de otros países europeos que han sobreexplotado y/o despoblado a sus colonias con el pretexto de protegerlas, y tiene el mismo derecho a conservar Groenlandia que el que tuvo Francia a conservar Haití o Argelia, el de Inglaterra a conservar Jamaica o la India, el de Alemania a conservar Namibia, Bélgica a conservar el Congo, o el que tuvieron España y Portugal a conservar bajo su dominio las suyas, tanto en América como en África.
Podríamos entonces acordar con Donald Trump en que la Unión Europea no puede insistir en que ese territorio 50 veces más extenso que el de Dinamarca, alejadísimo de sus costas, casi deshabitado, poblado por gente que no tiene otro parentezco con los daneses que los que emanan de 300 años de dominación y violaciones, pero que además es fácil de vaciar (el anhelo de todo colonialista que se precie) esté bajo su tutela. ¿Por qué entonces no hacerlo suyo si no hay en los alrededores nadie que lo impida?
Groenlandia, geográficamente, podría ser considerada como parte de Canadá. La menor distancia entre ambos territorios es de aproximadamente 25 kilómetros, en el Estrecho de Nares e incluso comparten una frontera terrestre en Hans, un pequeño islote deshabitado cuya soberanía estuvo en disputa hasta 2022, pero por supuesto, lejos está Canadá de competir en estas cuestiones con los EEUU, sabiéndose que los beneficios en términos geopolíticos y económicos de la posesión de una isla de más de 2.000.000 de kilómetros cuadrados, aunque son todavía difíciles de calcular, serán enormes.
Repasaremos en próximas entregas algunos de esos beneficios, pero convendrá que comencemos por el primero de ellos, por pueril que nos parezca: El deseo de sobresalir.
Vanidad, sueños MAGA e «ilustración oscura»
El analista Fyodor Lyukanov, editor de la revista Russia in Global Affairs, en su columna The Greenland Ultimatum Exposes NATO’s Real Problem, destaca con razón la vanidad como primer motor del deseo de Donald Trump por incorporar Groenlandia a los EEUU durante su segundo madato
Why Greenland? -se pregunta, y responde:
Several motives overlap.
First, vanity. This may be the most important factor in Trump’s personal psychology. He wants to enter history as the president who made America the second largest country in the world by territory. Geography matters to him as a symbol of greatness. This is political branding, imperial nostalgia, and personal ambition rolled into one.
Pero no nos adelantemos ni cometamos la ingenuidad de pensar que Donald Trump está simplemente enfermo. Que eso sea probablemente cierto, no quiere decir que sus apetitos no respondan a una lógica perversa pero omnívora y racional.
En nuestra próxima entrega sobre este tema, sin dejar de lado los beneficios geopolíticos y económicos que para los EEUU se derivarán de la posesión de esa plataforma rocosa cubierta de hielo bajo la que yacen uranio, minerales críticos, hierro, y reservas de petróloeo y gas natural, y alrededor de la cual se abren nuevas vías comerciales, nos importará hacer énfasis en un aspecto que podría ser crucial para el mundo, y devastador para la humanidad tal como la conocemos.
En la visión de futuro de algunos teóricos del libertarianismo extremo como Nick Land y Curtis Yarbin, o magnates tecnológicos como Peter Thiel o Elon Musk, ha ido tomando forma lo que ellos mismo denominan «ilustración oscura», una corriente de pensamiento que descree de la domocracia y sus valores, e imagina una red de «ciudades libres» eficientes, silenciosas, deshumanizadas, inteligentes, a las que no llegaría el Estado con sus regulaciones, leyes innecesarias o sueños malsanos de justicia social.
«En ese paisaje que se abre -nos advierte el filósofo español Álvaro San Román en su portal La Réplica– aparecen proyectos que ya no se presentan como colonización, sino como innovación. Ciudades “desde cero”, infraestructuras inteligentes, promesas de prosperidad para comunidades subordinadas. El lenguaje es pulcro, futurista, aparentemente humano. Pero conocemos bien ese léxico: es el mismo con el que se presenta a la IA, envuelta en la idea de solución, nunca en la de problema. Siempre como oportunidad, nunca como síntoma. Así, Groenlandia no será colonizada nuevamente; será “activada”. Sus recursos no serán saqueados; serán “puestos en valor” por una tecnología que se desarrolla y prospera a orillas del colapso».
Groenlandia, su futuro como cuna de ciudades desalmadas, y las nuevas experiencias de ingeniería social, tienen un paralelismo extraordinario con lo que ya estamos viendo en Gaza, devastada para diseñar sobre las ruinas un espacio perfecto, controlado y feliz. De eso trataremos en nuestros próximos Diálogos.
