Castigar, rendir, humillar, quitarle todo su presente pero sobre todo su futuro, desintegrar, y finalmente hacer desaparecer una población de la faz de la tierra por hambre y desnutrición puede parecernos impropio de seres humanos. Sin embargo, no es en la Palestina ocupada por Israel la primera vez que ésto ocurre. De eso también deberíamos hablar. .
En la segunda parte de esta nota nos acercaremos a las experiencias de eliminación y sustitución de poblaciones a través del hambre en las planicies de los EEUU y Canadá a mediados del Siglo XIX, en la India bajo control británico en ese mismo momento, o en la Indochina y el África francesas en pleno siglo XX.
Pero para comprender bien cómo las hambrunas intencionalmente provocadas han sido una herramienta «civilizatoria», de control poblacional y limpieza étnica, es inevitable comenzar por Gaza.
Porque sucede ante nuestros ojos. Porque nunca antes se nos permitió presenciar con tal nitidez el horror a diario -como si alguien hubiera decidido acostumbrarnos a que la maldad no tenga límites-. Porque allí el genocidio ha asumido características de un morbo inédito. Y sobre todo porque quienes aplauden a los culpables, quienes se niegan a llamar a las cosas por su nombre, o simplemente callan, están entre nosotros. Y en ocasiones nos representan y toman con total desparpajo decisiones en nuestro nombre.
Basta mirar alrededor para verlos/as. Basta escucharlos/as argumentar frívolamente que una fotografía como la que ilustra esta nota muestra que «todas las guerras son terribles». Basta ver cómo se escudan en que «si Hamás entregara a los rehenes esto no sucedería», para entender que, lo sepan o no, en ellos se agazapa siempre un pusilánime o un cómplice.
Porque además, que en los últimos dos meses hayan sido asesinadas a tiros en Gaza más de un millar de personas mientras trataban de acercarse a la poca comida que el gobierno Israelí permite que les llegue, y que la mayor parte de ellas sean mujeres o niños, no es nada si lo comparamos con el daño que sufrirán quienes sobrevivan. Seres humanos de todas las edades que tras semanas y meses de desnutrición programada, quedarán incapacitados física y/o mentalmente para siempre. Hasta el punto que cabe preguntarse si en su caso no sería más deseable la muerte.
El tiempo, el morbo, y la desesperación
Un extenso trabajo especial publicado recientemente por The Guardian, Eleven-minute race for food: how aid points in Gaza became ‘death traps’ – a visual story, da cuenta de los mecanismos diseñados por las autoridades israelíes para que las multitudes sin cobijo y hambrientas que se acercan a los puestos en los que se les ha anunciado que recibirán «ayuda humanitaria», sean recibidas con disparos de metralla.
Es imposible resumir aquí ese detallado informe en el que se han tenido en cuenta, por ejemplo, las distancias y los tiempos que deben recorrer las víctimas de este sadismo sin medida desde el momento en que reciben el aviso de que en un horario determinado comenzará el reparto de alimentos hasta el momento en que son asesinadas.
Nos detendremos apenas en un gráfico, en el que se nos muestra cómo las horas de comienzo y finalización de la distribución de alimentos han ido variando hasta reducirse a un mínimo. Y cómo el tiempo que media entre la recepción del aviso y la apertura de los centros de distribución se ha ido haciendo cada vez menor.
Se trata de datos proporcionados por la GHF (Gaza Humanitarian Foundation), la agencia estadounidense-israelí que tiene a su cargo tanto la distribución de alimentos y como el asesinato de decenas de refugiados cada día.

Como vemos en el gráfico, a partir de mediados de junio los anuncios se realizaron pocos minutos antes del comienzo de la distribución, y entre la apertura y el cierre del centro, transcurrieron en promedio apenas 11 minutos.
En el mapa podemos apreciar las distancias de entre 3 y 5 kilómetros que separan los centros de distribución de los puntos en los que los solicitantes de alimentos deben presentarse a la hora que se les ha indicado, y las distancias de entre diez y veinte kilómetros que median entre esos puntos y los campos de refugiados en los que la población desplazada y sin hogar está obligada a permanecer.

Los autores del informe destacan que dadas las distancias y la casi simultaneidad entre el anuncio y la apertura de los centros, es forzoso que haya muchas personas -las más hambrientas o las que tienen familias con niños a su cargo- que traten de acercarse antes de la hora fijada, durante la noche, escondiéndose entre los escombros y las ruinas, y son ellas las que mueren ametralladas -en general poco antes del amanecer.
En palabras de Philippe Lazzarini, cabeza de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, “the so-called mechanism … is a death trap costing more lives than it saves.”
Esta sofisticación sádica a partir de la cual los sobrevivientes de los bombardeos que durante más de veinte meses destruyeron Gaza morirán de hambre, serán asesinados mientras imploran por comida, o simplemente quedarán en tal estado de desnutición cronificada y daño cerebral que sus vidas serán sombras apenas de lo que alguna vez pudieron haber sido, no es demasiado diferente de lo que la historia del colonialismo nos muestra una y otra vez.
Nos acercaremos a ese tema en la segunda parte de esta nota.
