A lo largo de la última semana el horror de un genocidio que era ya indescriptible, ha dado paso a una nueva versión, corregida y aumentada, de lo mismo. La humanidad ha dado un paso más hacia la indiferencia frente al dolor y la naturalización de lo repugnante. Quizás somos definitivamente peores a lo que jamás imaginamos. .
Se puede decir -y es cierto- que no es mucho lo que podemos hacer para que el despojo, la humillación y la muerte se detengan en Gaza, en Cisjordania, en el Líbano o en Siria. La muerte en la Palestina ocupada no tiene para nosotros la entidad que tienen otras muertes, posiblemente porque nos están enseñando -y hemos ido aprendiendo- a considerarlas inevitables. Parte del «así son las cosas». Porque el humanismo y la piedad comienzan a ser lujos que no podemos permitirnos.
Si una semana después de que Israel rompiera el alto al fuego y traicionara nuevamente sus promesas, más de medio millar niños ya no juegan, ni cantan, ni gritan de dolor, ni se desangran, porque simplemente han muerto despedazados bajo el bombardeo de los escombros miserables a los que sus padres han vuelto porque no tienen otro lugar a donde ir, ¿qué responsabilidad nos cabe?
Alrededor nuestro, la ineficacia ostensible y la desidia encubierta de las instituciones internacionales creadas para sostener la paz, y la complicidad manifiesta de muchos gobiernos y personajes dizque progresistas que se llenan la boca con la defensa de los derechos humanos y la rule of law, le dan a los asesinos carta blanca para hacer lo que les plazca. Y si ellos, con todo el poder que les hemos dado y les seguimos dando, son incapaces de actuar con valor o demostrar un mínimo de decencia ¿¡qué se puede esperar que hagamos nosotros, simples mortales sin arte ni parte en este entuerto?
Nos cabe, como a los criminales antes del juicio, la presunción de inocencia. Deseamos creer que estamos libres de culpa y vivimos en consecuencia.
Al menos no cerrar los ojos
Es poco lo que podemos hacer para evitar lo que se nos insite una y otra vez que es inevitable, es cierto. Pero también es verdad que nos resignamos a ser impotentes con increíble facilidad y eso -como ocurre con las enfermedades, en especial las del alma-, debería tener alguna cura.
Un paso en esa dirección podría ser tener los ojos bien abiertos o al menos no cerrarlos. Mirar. Ver. Permitir que «eso» que tiene vida sólo en las pantallas pero desaparece en cuanto cualquier otro nuevo estímulo desvía nuestra atención, nos atraviese los ojos y se instale detrás de nuestra frente.
Porque de ese modo, quizás algún día, se nos ocurra reaccionar frente a la inhumanidad, el desprecio y el ensañamiento que nos refriegan por la cara.
No other land, la obra que acaba de obtener el Oscar a mejor película documental, que se exhibe en estos días en el Viola Desmond Cinema de Toronto -quien esto escribe tuvo oportunidad de verla una semana atrás en la Cinemateca de Montevideo, Uruguay- es, en ese sentido, una experiencia dolorosa pero necesaria.
Dirigido y producido entre 2019 y octubre de 2023 por dos jóvenes sin experiencia previa, uno de ellos palestino y abogado impedido de ejercer su profesión, Basel Adra, y el otro un periodista judío que transita por sus primeros empleos, Yuval Abraham, No hay otra tierra, documenta el día a día, el noche a noche, de la desesperación, la orfandad y la angustia de quienes son expulsados -con una violencia física y simbólica difícil de describir- de sus hogares en la Cisjordania ocupada, a pocos kilómetros de la ciudad de Hebrón.
Presenciamos a través de una pequeña cámara (entre raids nocturnos, llanto, gente que intenta salvar sus pocas pertenencias y diálogos mínimos) la sistemática demolición de hogares y escuelas, la clausura de futuros, esperanzas y sueños, el apartheid y el supremacismo, la amenaza constante, el cegado de pozos de agua, la destrucción de olivares y caminos, el corte de tendidos eléctricos, los asesinatos porque sí, y el paulatino avance de los asentamientos ilegales de colonos judíos en las tierras que sus habitantes se ven obligados a abandonar sin tener ningún lugar a dónde ir… o sin tener quién los reciba dignamente.
Que quienes no sufrimos esa realidad apabullante podamos presenciar en primera persona todo ese oprobio colonial que habitualmente la prensa bienpensante nos ocultaba o justificaba como «guerra contra el terrorismo» o «choque de civilizaciones», es el eje conceptual del film. Pero nos deja una enseñanza adicional, porque lo que vemos -horrible, por supuesto-, ha quedado en el pasado y ya no es siquiera posible.
Porque los pequeños pueblos que se nos muestran ya no existen y porque tampoco sería viable registrar esas imágenes hoy.
Porque ahora sabemos que aquello que en el film nos parecen muestras de sadismo, de prepotencia y de ambición inexcusables y definitivas, era un prólogo. El escalón que daría paso al horror que se desató después en Gaza tras los ataques de Hamas del 7 de octubre de 2023. El umbral a la multiplicación de ese horror que se vive hoy, una vez rota definitivamente la efímera tregua que le permitió al ejército israelí concentrar entre los escombros de sus propias vidas a quienes habrá de asesinar en las semanas por venir.
¡Corre, Lola, corre!
No other land es, de ese modo, más que un registro, una advertencia.
El tiempo se ha acelerado y el espacio parece haberse comprimido -y no sólo en Palestina- después de la pandemia.
Todo (la demencia senil-atlantista de los cuatro años del America is back de Joe Biden, la desgracia, el engaño y la postración de Ucrania, las guerras culturales, la guerra híbrida y los drones, el autoendiosamiento de los ricos y el neotrumpismo galopando hacia el apocalipsis, la decadencia ciega de una Europa que anhela ser cada vez menos, el fango que salpican aquí y allá las derechas libertarias, la avidez universal por las tierras raras y el litio, el liderazgo de gentes tan pusilánimes y flojas que dan pena, la aceptación de que todo vale y de que finalmente nadie es responsable por nada, la IA reptando hasta en nuestros más mínimos resquicios de intimidad y de cordura) se sucede a un ritmo de vértigo y se hace inevitable recordar aquella película ¡Corre, Lola, corre!, en la que una joven debe atravesar la ciudad a la carrera, una y otra vez, de forma desesperada, para evitar que comience a suceder lo que ya ha sucedido.
Pensar que en este mundo de aceleración y de interconecciones estamos libres de que mañana nos ocurra algo similar a lo que hoy ocurre en Medio Oriente, o creer que por mantenernos al margen estaremos siempre a salvo de toda consecuencia, es una ilusión vana. Nada diferente a tener sangre de pato.
Refiriéndose a la complicidad estadounidense en lo que ocurre en Medio Oriente, Chris Hedges, en nota que publicamos en esta misma edición, dice algo que perfectamente podríamos aplicar a nosotros mismos, estemos donde estemos:
«This is the end. What we are witnessing dwarfs all the historical assaults on Palestinians. Israel’s demented genocidal dream — a Palestinian nightmare — is about to be achieved. It will forever shatter the myth that we, or any Western nation, respect the rule of law or are the protectors of human rights, democracy and the so-called “virtues” of Western civilization. Israel’s barbarity is our own. We may not understand this, but the rest of the globe does.
Franka Potente, la Lola pelirroja de aquel inolvidable film de Tom Tykwer, gritaría ya mismo y comenzaría a correr para deshacer el presente mientras estemos a tiempo.
