Aquel 8 de marzo de 1799, cuando los hombres de Napoleón pasaban a cuchillo y degollaban a la población civil de Jaffa en medio de las violaciones y el saqueo de rigor, comenzaba el último capítulo de la tragedia que hoy presenciamos en Palestina. El que ahora se cierra ante el estupor del mundo. .
Nada ocurre en el vacío y hay poco de nuevo en el devenir de los acontecimientos que hoy nos sacuden. Por esa razón en Diálogos insistimos en que para comprender lo que sucede es imprescindible mirar hacia atrás en el tiempo.
«Aquellos vientos trajeron estas tempestades» se dice popularmente, y si eso suele ser cierto, también lo es en el caso del genocidio que está desenvolviéndose en la Palestina ocupada, saqueada y a punto de desaparecer.
Desde la profundidad del tiempo
Habíamos visto en nuestra nota anterior los delirios del profeta Isaías cuando soñaba con ejércitos y ángeles igualmente exterminadores que le devolvían a los reyes de Israel la Tierra Prometida. Y aunque eso no es más que historia demasiado antigua amalgamada con fanatismo bíblico, nos da la pauta de que ya en aquel remoto pasado estaban en juego similares apetencias por lo ajeno, un supremacismo idéntico, y la misma negación de la humanidad ajena. La normalización de la crueldad encarnada en texto (para colmo en texto sagrado) y proyectada culturalmente hacia una modernidad que es la nuestra. Somos, en parte, consecuencia y herederos de aquellas creencias según las cuales un Dios prefiere a unos por sobre otros.
Pero además, en esa franja entre el Jordán y el Mediterráneo que siempre se nos ha descrito como poco más que un pedregal semi desértico apenas apto para criar cabras, se derramaron sucesivamente babilonios, hititas, persas, macedonios, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, turcos, franceses e ingleses, que se ocuparon de arrasar concienzudamente lo que hubiera, para apoderarse luego de las ruinas de lo arrasado.
Desde la profundidad del tiempo La Tierra Prometida tuvo -vista la cantidad inusual de gente que por ella se acuchilló a lo largo de la historia- algún valor.
En el cruce de todos los caminos
La idea de una Palestina (llamémosla así porque ese es su nombre) habitada sólo por pastores, ovejas y palmeras, y en la que sólo destacan magos, profetas, estrellas fugaces y pesebres no es sino una deformación simpática -según cómo se la mire-, pero empobrecedora de la realidad. A ese respecto vale aproximarnos a lo que el historiador Ilan Pappé nos recuerda en nota que publicamos en esta misma edición.
Para tener una idea más adecuada de lo que era aquella tierra, basta recorrer esa maravilla de amor y erotismo que es el Cantar de los Cantares para que desde sus estrofas broten como de una fuente palabras como nardos, rosas, naranjales, manzanas, uvas, vino, dátiles, aguas, sombra… «Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los hombres. A su apetecida sombra estoy sentada, y su fruto me es dulce al paladar. Me ha llevado a la bodega, y el racimo que enarbola sobre mí es Amor».
Palestina no estaba vacía, ni era tierra de nadie, ni era un páramo como durante mucho tiempo la propaganda del «milagro israelí» repitió -y muchos de nosotros hemos creído.
Sin embargo, lo que la hizo especialmente apetecida fue su ubicación. Su valor comercial y sobre todo geopolítico. Allí estuvo desde tiempos de Alejandro una de las terminales de la Ruta de la Seda, y por allí transcurrían buena parte de las mercancías de la India y el sudeste asiático que después de atravesar el Mar Rojo, Arabia o el Golfo Pérsico, buscaban los mercados europeos. Como ahora, dicho sea de paso.
Y es en esa Palestina nudo de caminos y nexo entre Oriente y Occidente donde, si retrocedemos poco más de dos siglos hasta aquel aciago día de principios de marzo de 1799, nos encontramos con aquel general francés dispuesto a alterar todo el rumbo de la historia a golpes de genialidad. Rodeado del estruendo enloquecido de sus cañones, que destruyen lo que después de cuatro días de asedio, queda de Jaffa.
Aventuras de un ludópata desafortunado
Aquel día estaba comenzando el último capítulo de una larguísima historia. Un capítulo que con vaivenes y sinuosidades, se arrastró hasta nuestros días. Pero por supuesto y como suele ocurrir, en aquel momento de triunfo glorioso de las armas europeas frente al terror indescriptible de las gentes que trataban de huir de las llamas y la furia, nadie podía sospecharlo.
El Imperio turco dominaba la región que hoy conocemos como Palestina -que abarcaba por entonces partes del Líbano, Jordania y Siria- y la mantenía desde 1516 en relativa calma. Allí, sin que por supuesto aquello fuera un paraíso, convivían sin demasiados conflictos (hoy lo llamaríamos multiculturalismo y creeríamos que se trata de una idea moderna) cristianos, judíos y musulmanes de diverso origen y de distintas confesiones. Sin embargo esa cierta paz y la prosperidad alcanzada a su amparo, se quebrarían pronto y para siempre por cuestiones que poco tenían que ver con nada de lo que allí ocurría. Eran los albores feroces del colonialismo ilustrado tal como hoy lo conocemos.
Desde mediados del siglo XVI Inglaterra y Francia estaban en plena competencia por el dominio colonial del mundo, pero además y simultáneamente, Inglaterra era el único obstáculo cultural, militar y económico para las ideas republicanas (Libertad, Igualdad, Fraternidad) emanadas de la Revolución de 1789 en Francia. Y ese conflicto geopolítico se extendería no sólo a sus colonias sino por extensión a todo escenario en que los intereses de una potencia pudieran verse debilitados por la otra.
Fue en ese marco de defensa de la Revolución y de lucha simultánea por hacerse con el poder global y los recursos del planeta, que se produjo la invasión de Egipto por parte de las tropas francesas. Y acerca de cómo se le pudo ocurrir a Napoleón Bonaparte aquella aventura desmedida, inesperada y desastrosa, aún se discute.
¿Fue aquel el enroque de un ajedrecista arriesgado y genial, o fue la mala jugada de un ludópata hasta entonces mimado por la fortuna que no supo ponerse límites? Fue quizás ambas cosas. Fue la apuesta a todo o nada de un general joven y amado por la República en camino a autoproclamarse Emperador apenas 4 años después. Un movimiento vertiginoso de piezas en el tablero del mundo destinado a instaurar un protectorado francés en Egipto y medio Oriente, para cortar los vínculos de Inglaterra con la joya principal de su corona, la India, a la que planeaba llegar y conquistar a mediados de 1800, apenas un año después.
Más de 40.000 soldados de infantería, cerca de 2.000 caballos y miles de cañones junto a 14 de sus principales generales, embarcados en más de 400 buques de las armadas de Francia y sus aliadas y vasallas del Mediterráneo, zarparon en secreto del puerto de Tolón llevando consigo además varios cientos de científicos e intelectuales que se encargarían de hacer posible que el Oriente, una vez subyugado, diera un salto temporal desde la medievalidad oscurantista en la que se hallaba, hasta la modernidad, la Ilustración y «las luces».
Como sucede con frecuencia en estos casos, las cosas no terminaron bien.
Por razones en las que no podemos entrar en esta nota y una vez sometido Egipto, Napoleón, en camino a Siria y debilitados sus hombres por la peste, se propuso tomar el puerto de Acre en la costa palestina. Como paso previo debió atravesar lo que hoy es Gaza y saquearla sin piedad para luego arrasar la ciudad de Jaffa a sangre y fuego, protagonizando lo que aún se recuerda como una de las acciones de guerra más sin sentido, asesinas y malvadas que recuerde la historia.
Los unos por los otros y el decreto perdido
Cuando rememoramos la campaña napoléonica de Egipto, nos llegan todavía los ecos de aquella arenga brillante del general a su tropa: «desde lo alto de esas pirámides cuarenta siglos os contemplan«, y podemos celebrar o repudiar el saqueo de tumbas y tesoros que llenaron el Louvre de maravillas hasta entonces desconocidas -y que aún no han sido devueltas.
Nadie olvida el hallazgo de aquella Piedra de Rosseta que permitió comprender dos escrituras -la jeroglífica y la cuneiforme- hasta entonces indescifrables… pero es raro que recordemos la llegada a Jaffa de aquellos campesinos franceses transformados en la mayor maquinaria de guerra de su tiempo, poderosísimos y entusiastas, pero diezmados por el calor, el paso a marchas forzadas por el desierto del Sinaí, y el cólera.
La historia no suele detenerse demasiado en el sitio de cuatro días a la ciudad, o en la muerte, aquel 9 de marzo, de más de 3.000 hombres, mujeres y niños asesinados sin otro motivo que el deshacerse de trastos inútiles que se interponían en el camino del Progreso, y que fueron echos a un lado a ballonetazos o a golpes de culata -para ahorrar las municiones que habían comenzado a escasear.
La Revolución y sus glorias muy pronto naufragarían moral y militarmente en Haití (y esa es otra historia), pero Jaffa y la locura criminal que allí se desató marcaron el principio del fin de los sueños.
Leer aquella matanza de 1799 en lo que hoy es Gaza a la luz de las profecías lunáticas de Isaías puede parecer un ejercicio inútil debido a los 20 siglos que las separan, pero más adelante en este relato veremos que no es así.
Relacionar en cambio la criminalidad ilustrada de Bonaparte con los bombardeos indiscriminados que hoy perpetra el ejército israelí en Gaza, se torna inevitable.
No sólo porque se parecen en sus resultados (despojo y muerte que nos revuelven el estómago), sino porque son similares en su punto de partida: el presupuesto colonial de que los territorios conquistados están vacíos, o que no hay en ellos seres humanos que tengan algún valor. Que por lo tanto se puede y se debe sustituir a esos desgraciados llamados a desaparecer con poblaciones más industriosas, más fuertes y civilizadas. Superiores y merecedoras de hacerse con lo ajeno. Blancas, por supuesto.
El mesianismo del general
Tras el paso y la derrota miserable de las tropas francesas, Palestina volvió muy pronto al dominio del Imperio Turco, aliado ya convenientemente con la Inglaterra que poco después habría de desmembrarla. Y bajo ese dominio permaneció hasta 1917, cuando como un coletazo de la Gran Guerra el Imperio Otomano se desmigajó y se redujo a lo que hoy es.
Las razones que impulsaron a Bonaparte a aquella aventura desgraciada no están claras, pero Edward Said ensaya una explicación muy verosímil en su ya clásico libro Orientalismo.
Según Said, durante todo aquel período, los aventureros (muchos de ellos lisa y llanamente espías de sus gobiernos), la voracidad del público por los libros en los que se describían el exotismo y la voluptuosidad de aquellas tierras desconocidas y cálidas en exceso, los «especialistas» en temas orientales que jamás habían puesto un pie fuera de sus universidades, unido todo lo anterior al romanticismo eurocentrista de la época, se encargaron de «crear» un Medio Oriente a la medida de sus prejuicios y su menosprecio.
Un Oriente Medio «otro». Decadente, pecador, lánguido y adormilado. Detenido en el tiempo y debilitado por su incapacidad de trascender un pasado mítico. Una tierra que aunque habitada, merecía ser vaciada, ser transformada por las armas, las ciencias y la técnica. Una tierra de nadie que los blancos abrirían al mundo, harían suya por la fuerza y fecundarían, como se hace con las mujeres.
Esa fue la idea de Oriente a la que Napoleón llevó a morir a sus soldados. Una idea simple, autosatisfactoria y ferozmente equivocada.
Y allí, en la Jaffa saqueada y despoblada, harto de las dificultades que había enfrentado en Egipto, dispuesto a seguir viaje hacia las murallas de Acre, donde sería derrotado, el joven general tuvo una visión y redactó un decreto casi mesiánico que hoy se ha perdido.
Un decreto o un manifiesto (no lo sabemos) digno de lo mejor de la Francia revolucionaria y del colonialismo más abyecto y puril. En ese documento del que no se conservan más que traducciones parciales al alemán o comentarios en la prensa parisina de la época, Napoleón hacía un llamado a los judíos de Oriente y África para que acudieran a asentarse en la Palestina «vacía», en su Tierra Prometida, bajo el protectorado de la Francia eterna. Se haría por fin posible el deseo y el mandato de Dios.

Aquello quedó en la nada y ni siquiera se ha conservado el texto íntegro de la propuesta. Pero por lo poco que sabemos de ella «Mostrad que dos mil años de esclavitud no han sido suficientes para ahogar ese valor. ¡Apresuraos! Es el momento que tal vez no volverá de aquí a mil años, de reclamar la restauración de vuestros derechos civiles, de vuestro lugar entre los pueblos del mundo. Tenéis el derecho a una existencia política en tanto que nación entre las demás naciones. Tenéis el derecho de adorar libremente al Señor según vuestra religión» se aunaban, como por encanto, el ensueño de la Tierra Prometida, las pesadillas salvajes de Isaías, la tradición atesorada por los judíos que durante casi dos milenios se habían jurado «el año que viene en Jersulaem», los intereses coloniales, la búsqueda de una solución a lo que por entonces se denominaba «el problema judío», y la idea tan en boga de que el mundo y la humanidad estaban allí para que las potencias europeas definieran su destino.
Recién un siglo después, en 1917, aquella idea de «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra» comenzó a encontrar su tiempo y el terreno fértil en el que prosperar, pero abordaremos el nacimiento del sionismo, el paulatino despojo y la partición de Palestina, la fundación en 1948 del Estado de Israel, y las sucesivas tragedias que nos trajeron hasta aquí, en nuestra próxima entrega.
