El pánico como estado del alma. Después del debate ¿qué será del viejo Joe?

El debate todavía no había llegado a su triste final, cuando en los comentarios de medios especializados como Político o en las cuentas de X de los periodistas de CNN una palabra se repetía una y otra vez y daba la tónica de lo que estaba sucediendo en las primeras y segundas filas del Partido Demócrata: la palabra PÁNICO. .

 

Cabe preguntarse si la palabra pánico era la adecuada. Porque si se la utiliza para describir el desconcierto producido por un Joe Biden balbuceante y extremadamente confundido,  algo que por supuesto cabía esperar ¿cómo se podría describir  lo que siente una niña de seis años en Gaza cuando ve que ametrallan a su madre, o lo que siente un desgraciado conscripto ucraniano cuando encuentra que el frente de batalla y las trincheras no son lo que le habían contado durante su entrenamiento en Gran Bretaña?

La palabra pánico describe una forma particular y extrema del terror que causaban entre los antiguos griegos las apariciones nocturnas del dios Pan, y no parece razonable que ese “terror pánico” sea lo que sintieron quienes presenciaban el debate y se hacían por fin preguntas cómo ¿qué hacemos ahora con este personaje que no parece entender lo que él mismo dice? ¿será cierto que es él quien está gobernando el país? ¿qué estarán pensando en este instante los y las votantes que creyeron en lo que hasta esta noche les dijimos?

Tapa de la revista Time al día siguiente al debate presidencial

De todas formas, sea o no PÁNICO la palabra adecuada, los estadounidenses son propensos a las exageracions y los dramatismos, por lo que deberemos aceptarla como un “estado del alma”.

El pánico en los medios

Con estas palabras John King, uno de los analistas estrellas de CNN abrió la discusión, a las 10:39, escasos minutos después de que el debate presidencial se diera por finalizado:

“Right now, there is a deep, a wide, and a very aggressive panic in the Democratic Party. It started minutes into the debate, and it continues right now. It involves party strategists and involves elected officials. It involves fundraisers, and they’re having conversations about the President’s performance, which they think was abysmal, which they think will hurt other people down the party on the ticket. They’re having conversations about what they should do about it. Some of those conversations include: Should we go to the White House and ask the president to step aside? Should prominent Democrats go public with that call?”

Mientras eso ocurría, Susan Glasser, escribía su nota para la revista New Yorker y no escondía su asombro y su disgusto:

Biden was literally painful to watch. Within minutes, Democrats were panicking; would they seek to replace Biden at the top of the ticket? And how would that work anyway? Even before the first commercial break, Biden’s fortunes tanked in the online prediction markets. On social media, jubilant Republicans were convinced that the election was all but won. Finally, Americans of different political persuasions found something they could agree on. The White House spent the last two years denying that Biden’s age was a legitimate subject in this campaign. What will they say after this?

Por su parte, AP (la agencia de noticias con mayor número de medios de prensa afiliados en todo el mundo) titulaba: Biden’s debate performance spurs Democratic panic about his ability to lead party against Trump, NBC presentaba su análisis de lo ocurrido de esta forma: Babbling’ and ‘hoarse’: Biden’s debate performance sends Democrats into a panic, y la nota de Joshua Green en Bloomberg anunciaba: Democrats Hit Panic Button in Wake of Biden Debate Debacle,

Cuando hay poco para decir

“Cuando hay poco para decir todos decimos lo mismo”, reza un viejo apotegma oriental. Así, los contenidos de esas y de otras muchas notas en las que se hizo uso y abuso de la palabra pánico, son prácticamente indistinguibles entre sí.

Todas recogen los momentos de mayor fragilidad y desvarío del presidente, todas hablan de la inseguridad de su voz y de lo difícil que era entender lo que trataba de decir, todas hacen alguna referencia a que dejaba frases sin concluir, y dan a entender lo que ya se sabía: padece problemas cognitivos de importancia.

Y todas, por supuesto, manejan con mayor o menor seguridad la posibilidad, la conveniencia o lo imperioso de que alguien le pida a él directamente, o a sus allegados y aún a su esposa, que se retire por las buenas de una carrera para la que no está apto.

Existe en esa conclusión una curiosa unanimidad. Puede extrañar, porque hasta ahora los mismos medios que se rindieron a la evidencia y admiten que Joe Biden no puede sostener un debate de 90 minutos sin caer en lagunas o en vacíos difíciles de interpretar, sostenían (la CNN es quizás el mejor ejemplo de ello) que su estado de salud no podía ser mejor.

¿Mentían? ¿No eran capaces de aceptar la verdad? ¿Pensaban que afirmando algo que evidentemente no era cierto la realidad se amoldaría a sus deseos por arte de magia? ¿Permitieron que esto sucediera porque en sus planes ya estaba el cambio de candidatura que ahora parecen proponer? ¿Si no fuera Joe Biden el candidato, quién sería?

Y una última pregunta… ¿es importante quién finja gobernar cuando ya hemos visto que no gobiernan quienes -en teoría- son elegidos para hacerlo?

El viejo Joe, por el momento, ha reconocido en un acto en North Carolina menos de 24 horas después del debate: “I know I’m not a young man” (algo que no deja de ser bastante obvio). Pero agregó enseguida: “I know how to tell the truth. I know right from wrong. And I know how to do this job,” (que es precisamente lo que se esperó -en vano- que hubiera podido demostrar la noche anterior).

Lo que vendrá

Los próximos días o semanas nos darán un panorama más claro de lo que el “pánico” en filas de su partido le depara a Biden y a su equipo de innobles y pésimos consejeros. Es comprensible que quienes apuestan por un lugar en el Congreso o en las administraciones estaduales, teman por su futuro si la principal figura del Partido desbarranca. Lo que cada uno se juega en ésto es el bienestar y la seguridad de por vida. Y es normal que en los próximos días lleguen desde el interior y exterior los cuestionamientos obvios ¿a qué bando en esta guerra deberíamos apostar ahora que sabemos que este hombre no está en condiciones de obtener un segundo mandato? ¿Qué pasará con todo el dinero que hemos estado invirtiendo en estas guerras y en las que vendrán?

El pánico bajo todas sus formas, es bien sabido, es un estado del alma poco propicio para la toma de decisiones importantes.

Por ahora basta con tomar con pinzas esa palabra porque no por repetida debería necesariamente ser veraz. Nunca el primer debate durante una campaña por la presidencia norteamericana había tenido lugar en fecha tan temprana y la razón para que esto tan extraño sucediera cuando todos podían prever el resultado, a este cronista, se le escapa.

La historia nos enseña que nunca está todo claro en el primer momento, y hay circunstancias que sólo se conocen después o mucho después. Quizás (y esto es sólo una hipótesis) los dados para el viejo Joe estaban ya echados. Antes de ahora.


 

De la perfomance de su oponente trataremos en nuestra próxima edición. Si la senilidad conduce a Joe Biden por el camino de la incoherencia y la incertidumbre, los años y el miedo a terminar entre rejas han hecho de Donald Trump un hombre al parecer menos zafio y ampuloso en sus formas, pero igualmente desagradable e inclinado a mentir.

 

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