Niger: El “model of stability” de A. Blinken ¿es el nuevo escenario de la Guerra Fría?

¿Se puede entender, se pregunta el historiador Dagauh Komenan, que un país que tiene pleno empleo presente el índice de desarrollo humano más bajo del mundo? ¿Por qué un país riquísimo en recursos es uno de los más pobres del planeta? ¿Si los EEUU y Francia envían cientos de millones de dólares al año para financiar a las fuerzas de seguridad de Niger, ¿por qué su ejército acaba de dar un Golpe de Estado?

 

En Latinoamérica -y en Canadá, en nuestro caso- no solemos tener una idea clara de lo que sucede en África. Ni ponemos demasiado empeño en saberlo, ni los medios de prensa se
interesan en contárnoslo.

Esa realidad de hiperexplotaciónn asombrosa e injusticias absolutamente sorprendentes e inmorales no es algo que podamos asumir como parte de nuestras propias realidades y siempre es mejor considerarla marginal. No somos nosotros, no es nuestra culpa, no tenemos nada que ver con eso. A lo sumo, podremos llegar a recordar, cuando la culpa nos asalta por alguna razón, que una parte del bienestar que disfrutamos tuvo su origen en el sistema de esclavitud inaugurado hace 5 siglos, pero nos es difícil evaluar cuánto y temos cosas más importantes en las que pensar.

Sin embargo, en el mundo multipolar que asoma, comenzamos a percibir que entender África es imprescindible para conocer el mundo real.  Y para re-conocernos a nosotros mismos.

Sobre esa franja semidesértica al borde mismo del Sahara que atraviesa África desde el Océano Atlántico hasta el Mar Rojo y que conocemos como Sahel, está Niger, un país que poco nos importa.

Productor de uranio y oro, responsable de más de la tercera parte de toda la energía que se consume en Francia (por poner sólo el ejemplo del país más involucrado en el saqueo de sus recursos), Niger es además el territorio a través del cual discurre el gasoducto que conecta los yacimientos gasíferos del centro del continente africano con el Mediterráneo y la siempre “ávida de todo” Europa -en especial desde la voladura del Nord Stream 2, en el Mar Báltico, hace menos de un año-.

Niger ha saltado ahora a la primera plana de la prensa de todo el mundo no, por supuesto, por su lugar entre las naciones más pobres o con menor desarrollo humano del planeta, sino por haberse constituído en el posible escenario de una nueva guerra entre el bien (Occidente y las democracias del mundo desarrollado) y el mal (Rusia, los Wagner, y la siempre amenazante China).

Antony Blinken, el Secretario de Estado de los EEUU, tras una de sus continuas visitas a las regiones en las que su país tiene intereses y bases militares, había definido en el mes de marzo a Niger como un oasis de estabilidad, pero evidentemente ni sus propios habitantes ni sus vecinos piensan lo mismo. Una alianza de países vecinos pro occidentales liderada por Nigeria ha amenazado con invadir Niger si su ejército no repone a las autoridades depuestas, mientras que otros países de la región como Mali y Burkina Faso se disponen a respaldar a quienes han asumido el poder y han tomado medidas anti-occidentales, como suspender todas las exportaciones de uranio y de oro a Francia.

El ultimatum de quienes se mostraban dispuestos a intervenir militarmente en Niger vencía el domingo 6 de agosto, y mientras redactamos estas líneas todo es espera y tensión, por lo que poco es lo que se pueda aventurar respecto a lo que sucederá o no durante la próxima semana en el Sahel.

Por esa razón, como una primera aproximación a lo que está sucediendo, presentamos a continuación la entrevista que el periodista mexicano Juan José del Castillo le ha realizado en los últimos días al historiador ghanés afincado en España Dagauh Komenan, y extractos de una reciente nota escrita por la antropóloga y especialista en temas miltares Stephanie Savell para el portal estadounidense Responsible Statecraft.

En una sección aparte en nuestra portada, además, Les Filles de Illighadad, un grupo de música tradicional tuareg nos ayuda a aproximarnos al Niger de carne y hueso, el que sufrirá y pagará si la guerra finalmente se desata.

Entrevista al historiador Dagauh Komenan

 

Si Níger fue un “modelo de estabilidad” en África, ¿qué pasó ahora?

Stephanie Savell – Co-directora del programa Costs of War del Institute for International and Public Affairs – Brown University.

 

Cuatro meses antes del golpe, el secretario de Estado Antonny Blinken visitó el país y lo calificó de “modelo de democracia”. Desde el punto de vista estadounidense y occidental, Níger era una isla de estabilidad en una región cada vez más caótica y un eje fundamental en las operaciones antiterroristas regionales, por lo que el golpe militar de la semana pasada fue un shock.

Sin embargo, visto desde otro ángulo, no fue sorprendente: Níger tiene un historial de participación militar en el gobierno (este es el quinto golpe desde la independencia en la década de 1960). Al mismo tiempo, están en aumento los ataques de terroristas islámicos, que sirvieron como justificación de los golpes militares en países vecinos como Mali y Burkina Faso. Por lo tanto, a pesar de las afirmaciones de Estados Unidos, el Golpe de Estado en Níger es tanto un revés para la democracia como el resultado previsible de su ausencia.

Cuando el Secretario de Estado de EE. UU., Antony Blinken visitó Níger en marzo, manifestó que el país era un “modelo de democracia”, lo que puso en evidencia que Washington había decidido pasar por alto algunas de las prácticas más autoritarias del anterior gobierno, y las evidentes desigualdades políticas y étnicas que atraviesan el país. Del mismo modo, el gobierno de los EE. UU. tampoco se ha mostrado dispuesto a reconocer que sus operaciones militares han contribuido a la misma inestabilidad que aparentemente trata de prevenir.

(…)

Durante más de una década, el gobierno de EE. UU. ha tratado a Níger como un socio clave en sus operaciones antiterroristas. Desde 2012, ha destinado $500 millones para entrenar y armar a las fuerzas armadas de Níger, y alrededor de 1100 soldados están
estacionados allí, acompañados por muchos miembros de las agencias de seguridad y contratistas estadounidenses adicionales que constantemente entran y salen del país en
misiones más cortas. Estados Unidos construyó una enorme base de aviones no tripulados de 100 millones de dólares en Agadez, en la parte norte del país, que ejecuta operaciones de vigilancia en toda la amplia región del desierto del Sahara y el Sahel.

Estaba claro cuando visité Níger en enero, solo dos meses antes de Blinken, que el país estaba lejos de ser un modelo de democracia.

Según las variadas fuentes por mi consultadas, el gobierno había instituido “estados de
emergencia” en ciertas regiones donde las fuerzas de seguridad estaban autorizadas a disparar contra cualquier persona en una motocicleta, el vehículo característico de los militantes islamistas, y contra cualquiera que circulara durante los toques de queda. El gobierno de Níger también ha tratado con extrema dureza a la oposición política pacífica: conocí a muchos periodistas y activistas de los partidos de oposición que habían sufrido encarcelamiento, procesamientos, y otras formas de silenciamiento.

Del puñado de naciones occidentales que apoyan las operaciones militares en Níger, los nigerianos reservan su rencor más intenso para Francia, el antiguo colonizador. Sin embargo, la escala de las operaciones militares estadounidenses también son un claro recordatorio de la desigualdad.

Seguramente los cientos de millones de dólares que Estados Unidos ha invertido en el sector de la seguridad en Níger durante la última década, junto con la afluencia de armas y equipos, han intensificado el desequilibrio de poder entre las fuerzas armadas y otras partes del gobierno.

Desafortunadamente, la narrativa de la “guerra contra el terrorismo” de Washington, incluida la financiación y el apoyo institucional, es contraproducente, porque la violencia desatada por el gobierno es el camino principal para el reclutamiento de militantes.
Una encuesta de las Naciones Unidas de 2017 mostró que más del 70 por ciento de los africanos que se unieron a grupos extremistas lo hicieron en represalia contra la violencia del gobierno.

Quizás lo más significativo es que el uso de la fuerza militar contra quienes son calificados como terroristas no aborda las causas profundas de la inestabilidad de la región. La creciente presencia de movimientos militantes en el Sahel se debe, en esencia, a problemas que simplemente no pueden resolverse con la violencia gubernamental.

La población está enormemente frustrada y descontenta por la extrema pobreza, la corrupción de las élites, la ausencia de infraestructura gubernamental para satisfacer las necesidades básicas, y las injusticias y los antagonismos étnicos y políticos forjados por el legado del colonialismo.

El cambio climático y la desertificación amenazan los medios de vida tradicionales, como la agricultura y la ganadería, lo que exacerba aún más las tensiones sobre el uso de la tierra. Los golpes de estado recurrentes en los países africanos se correlacionan con los indicadores de desarrollo más bajos y Níger es el séptimo país más pobre del mundo.

Pero además, numerosas investigaciones serias demuestran que solo en el 7 por ciento de los casos las fuerzas de seguridad respondieron militarmente con eficacia al problema de los ataques terroristas. Históricamente, los grupos armados han abandonado el uso de tácticas violentas cuando los gobiernos abordaron las causas profundas de sus quejas y
lograron su incorporación a la esfera política legítima.

Hay muchos otros paradigmas, más allá de un marco de guerra, con los que los gobiernos pueden responder a los ataques terroristas. Desde modelos de justicia penal adecuados hasta, en el largo plazo, políticas que promuevan el desarrollo, la resolución de conflictos y los derechos humanos.

Para los ciudadanos estadounidenses y los legisladores, una lección clave del golpe de Níger es la siguiente: si bien no existe una solución de política exterior perfecta, fácil o rápida para el problema de los ataques terroristas, priorizar la ayuda militar y
apoyar las “guerras contra el terrorismo” en otras naciones es la forma más segura
de empeorar las cosas.

 


 

Stephanie Savell is co-director of the Costs of War project at Brown University’s Watson Institute for International and Public Affairs. She’s an anthropologist of militarism, security, and civic engagement, with a particular focus on U.S. post-9/11 military operations in West
Africa and beyond. Savell’s global map of U.S. counterterrorism operations has been featured by USA Today, BBC World News, and Smithsonian Magazine, among others, and her writing and interviews have appeared widely. She is co-author of “The Civic Imagination: Making a Difference in American Political Life” (Routledge, 2014).

 

Puedes leer la nota original en inglés en Responsible Statecraft con un click aquí.

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