La Doomsday Machine y el infierno/invierno nuclear

John Bellamy Foster, prestigioso catedrático de la Universidad de Oregón y editor de The Monthly Review nos presentaba en la primera parte de su nota Ecología y Pacifismo para el Siglo XXI un panorama general de la patología social que denomina “exterminismo”. Continuamos ahora con esta segunda parte, imprescindible para calibrar la devastación que produciría lo que desde 1983 se conoce como “invierno nuclear” . .

 

Invierno-infierno nuclear

En 1983, equipos de científicos atmosféricos tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética produjeron modelos que aparecieron en las principales revistas científicas prediciendo que una guerra nuclear conduciría a un “invierno nuclear”. Esto tuvo lugar en medio de la acumulación de armamento nuclear de la administración Ronald Reagan, asociada con la Iniciativa de Defensa Estratégica (más conocida como Star Wars) y la creciente amenaza del Armagedón nuclear.

Se descubrió en aquel momento que el resultado de un intercambio termonuclear global que provocaría megaincendios en cien o más ciudades podría reducir enormemente la temperatura promedio de la Tierra al empujar el hollín y el humo a la atmósfera y bloquear la radiación solar. El clima se alteraría mucho más abruptamente y en la dirección opuesta al calentamiento global, introduciendo un enfriamiento global rápido que haría que las temperaturas cayeran varios grados o incluso “varias decenas de grados” Celsius en todo el mundo (o al menos en todo el hemisferio) en cuestión de un mes, con terribles consecuencias para la vida en la Tierra. Por lo tanto, aunque cientos de millones, tal vez incluso mil millones o más de personas, morirían por los efectos directos de un intercambio termonuclear global, los efectos indirectos serían mucho peores, aniquilando a la mayoría del planeta por inanición. La tesis del “invierno nuclear” tuvo un efecto poderoso en la opinión pública y contribuyó a frenar la carrera armamentística, desempeñando un papel importante en lograr que EE. UU. y La Unión Soviética firmasen tratados al respecto.7

Sin embargo, la élite del poder en los Estados Unidos vio el modelo de invierno nuclear como una amenaza directa hacia la industria de armamentos nucleares y al Pentágono, que estaba particularmente interesado en continuar con el progrma Star Wars. En torno a ese tema tuvo lugar una de las mayores controversias científicas de todos los tiempos, aunque se haya tratado, en realidad, de un debate esencialmente político, porque los resultados científicos nunca estuvieron realmente en duda. Se afirmó que los modelos iniciales de invierno nuclear de los científicos de la NASA eran demasiado simples, se produjeron nuevos estudios que apuntaban a efectos menos extremos que los previstos originalmente (un “otoño nuclear” en contraposición al “invierno” inicialmente anunciado). Pese a ello, sin embargo, la tesis del invierno nuclear fue validada una y otra vez por modelos científicos posteriores. 8

Sin embargo, si bien la respuesta inicial del público y del liderazgo político ayudó a crear un fuerte movimiento para desmantelar las armas nucleares, contribuyendo a su control y a la finalización de la Guerra Fría, esto pronto fue contrarrestado por los poderosos intereses -en lo militar, lo económico y lo político- de la maquinaria de guerra estadounidense.

Así, los medios corporativos junto con las fuerzas políticas lanzaron varias campañas destinadas a desacreditar la tesis del invierno nuclear.9 En 2000, por ejemplo, la revista de divulgación científica Discover llegó al extremo de incluir el “invierno nuclear” como uno de los “20 mayores errores científicos de los últimos 20 años”. Asombrosamente, el error al que se refería la nota de Discover, estaba referido a que los científicos que habían presentado los estudios originales sobre los efectos que tendría una guerra nuclear a escala global, habían evluado, diez años después, que el descenso de la temperatura sería de 20 ºC, algo menor al calculado originalmente -aunque igualmente apocalíptico. 10.

En uno de los mayores casos de negación en la historia de la ciencia, superando incluso la negación del cambio climático, el establishment político-militar estadounidense rechazó estos hallazgos científicos sobre la base de que la estimación original había sido de alguna manera “exagerada.” Esta acusación de exageración se ha utilizado en los círculos gobernantes durante décadas, hasta el presente, para restar importancia a los efectos de una guerra nuclear global. En el caso del Pentágono, la negación estaba claramente motivada en que si los resultados científicos sobre el invierno nuclear se mantenían, se desmoronaba la planificación estratégica centrada en que, mediante un conflicto nuclear, el triunfo sobre las fuerzas enemigas es siquiera posible.

Por el contrario, una vez que se consideran los efectos atmosféricos de una guerra nuclear, el escenario es aún peor al previsto por la tesis de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD) ya que devastación no quedará confinada un teatro de guerra en particular; los efectos se seguirían desarrollando a lo largo de décadas a lo ancho de todo el planeta destruyendo a prácticamente toda la población.

Una y otra vez, los estrategas del Pentágono y los think tanks que le son próximos han minimizado los efectos catastróficos de la guerra nuclear. Como señala Daniel Ellsberg en The Doomsday Machine, el número estimado de muertos en una guerra nuclear que han manejado los analistas estadounidenses fueron una “subestimación fantástica” desde el principio, “aún desde antes del descubrimiento del invierno nuclear”, ya que omitieron deliberadamente efectos como las tormentas de fuego en las ciudades, cuyo efecto en la población será devastador, con el inadmisible argumento de que resultaba difícil de estimar.11 Como escribe Ellsberg:

“Yet even in the sixties the firestorms caused by thermonuclear weapons were known to be predictably the largest production of fatalities in a nuclear war. … Moreover, what no one would recognize… [until the first nuclear winter studies emerged some twenty-one years after the Cuban Missile Crisis] were the indirect effects of our planned first strike that gravely threatened the other two thirds of humanity. These effects arose from another   neglected consequence of our attacks on cities: smoke. In effect, in ignoring fire, the [Joint] Chiefs [of Staff] and their planners ignored that where there’s fire there’s smoke.  But what is dangerous to our survival is not the smoke from ordinary fires, even very large ones—smoke that remained in the lower atmosphere and soon would be rained out—but smoke propelled into the upper atmosphere from the firestorms that our nuclear weapons were sure to create in the cities we targeted.

Ferocious updrafts from these multiple firestorms would loft millions of tons of smoke and soot into the stratosphere, which would not be rained out and would quickly encircle the globe, forming a blanket blocking most sunlight around the Earth for a decade or more. This would reduce sunlight and lower temperatures worldwide to a point that it would eliminate all harvests and starve to death—not all but nearly all—humans (and other animals that depend on vegetation for food). The population of the Southern Hemisphere—spared nearly all direct effects from nuclear explosions, even from fallout—would be nearly annihilated, as would that of Eurasia (which the Joint Chiefs already foresaw, from direct effects), Africa and North America.12

Worse than the original pushback against the nuclear winter thesis, according to Ellsberg, writing in 2017, was the fact that, over the decades that followed, nuclear planners in the United States and Russia have “continued to include ‘options’ for detonating hundreds of nuclear explosions near cities, which would loft enough soot and smoke into the upper stratosphere to lead [via nuclear winter] to death by starvation of nearly everyone on Earth, including, after all, ourselves.”13

El negacionismo integrado en la máquina del fin del mundo (el impulso al exterminismo arraigado en el capitalismo del Pentágono) es aún más significativo dado que no solo los estudios originales del invierno nuclear nunca fueron refutados, sino que los estudios del invierno nuclear del siglo XXI, basados ​​en modelos informáticos más sofisticados que los de principios de la década de 1980, han demostrado que el invierno nuclear puede desencadenarse a niveles de intercambio nuclear más bajos que los previstos en los modelos originales.14 La importancia de estos nuevos estudios está simbolizada por la revista Discover, que en 2007 —solo siete años después de haber incluido el invierno nuclear en su lista de los veinte “grandes errores científicos” de las dos décadas anteriores— publicó un artículo titulado “El regreso del invierno nuclear”, repudiando lo que se afirmaba en su artículo anterior.15

Los estudios más recientes, motivados en parte por la proliferación nuclear, demuestran que una hipotética guerra nuclear entre India y Pakistán librada con 100 bombas atómicas de quince kilotones (del tamaño de Hiroshima) podría producir muertes directas comparables a todas las muertes en la Segunda Guerra Mundial, en además de las muertes y el sufrimiento resultantes de la hambruna mundial a largo plazo. Las explosiones atómicas inmediatamente encenderían tormentas de fuego de tres a cinco millas cuadradas. Las ciudades en llamas liberarían unos cinco millones de toneladas de humo a la estratosfera, dando la vuelta a la Tierra en dos semanas, que no podría ser eliminado por la lluvia y podría permanecer durante más de una década. Al bloquear la luz solar, esto reduciría la producción de alimentos a nivel mundial entre un 20 y un 40 por ciento. La capa de humo estratosférico absorbería la luz solar, calentando el humo a temperaturas cercanas al punto de ebullición del agua, lo que resultaría en una reducción de la capa de ozono del 20 al 50 por ciento cerca de áreas pobladas y generaría aumentos de UV-B sin precedentes en la historia humana, de tal manera que las personas de piel clara podría tener quemaduras solares severas en alrededor de seis minutos y los niveles de cáncer de piel se dispararían. Mientras tanto, se estima que hasta 2 mil millones de personas morirían de hambre.16

La nueva serie de estudios sobre el invierno nuclear, publicada en las principales revistas científicas revisadas por pares a partir de 2007 y hasta el presente, no se detuvo allí. También analizaron lo que sucedería si hubiera un intercambio termonuclear global que involucrara a las cinco principales potencias nucleares: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Solo Estados Unidos y Rusia, que cuentan con la mayor parte del arsenal nuclear mundial, tienen miles de armas nucleares estratégicas con un poder explosivo que oscila entre siete y ochenta veces el de la bomba de Hiroshima. Una sola arma nuclear estratégica que golpee una ciudad encendería una tormenta de fuego que cubriría un área de superficie de 90 a 152 millas cuadradas. Los científicos calcularon que los incendios de un intercambio termonuclear global a gran escala impulsarían a la estratosfera de 150 a 180 millones de toneladas de hollín y humo de carbono negro que permanecerían durante veinte o treinta años y evitarían que hasta el 70 por ciento de la energía solar llegue al Hemisferio Norte y hasta un 35 por ciento con respecto al Hemisferio Sur. El sol del mediodía terminaría pareciendo una luna llena a medianoche. Las temperaturas medias globales caerían por debajo del punto de congelación todos los días durante uno o dos años, o incluso más en las principales regiones agrícolas del hemisferio norte. Las temperaturas medias caerían por debajo de las experimentadas en la última Edad de Hielo. Las temporadas de crecimiento de las áreas agrícolas desaparecerían durante más de una década, mientras que las lluvias disminuirían hasta en un 90 por ciento. La mayor parte de la población humana moriría de hambre.17

En su libro de 1960 Sobre la guerra termonuclear, el físico de RAND Corporation, Herman Kahn, presentó la noción de la “máquina del fin del mundo”, que mataría a todos en la Tierra en caso de una guerra nuclear.18 Kahn no abogó por construir tal máquina, ni tampoco sostuvo que los Estados Unidos o la Unión Soviética lo hubieran hecho o estuvieran tratando de hacerlo. Se limitó a sugerir que un mecanismo que garantizaría la no supervivencia tras una guerra nuclear sería una alternativa barata con la que lograr una disuasión completa e irrevocable en todos los bandos y eliminar la guerra nuclear de la mesa. Como Ellsberg, él mismo un ex estratega nuclear, ha señalado desde entonces, en línea con los científicos Carl Sagan y Richard Turco, quienes ayudaron a desarrollar el modelo de invierno nuclear, los arsenales estratégicos de hoy en manos de las potencias nucleares dominantes, si son detonados, constituyen un día del juicio final real. máquina. Una vez puesta en marcha, es casi seguro que la máquina del fin del mundo aniquilaría directa o indirectamente a la mayor parte de la población del planeta.19

 

Notes:

7 Stephen Schneider, “Whatever Happened to Nuclear Winter?,” Climatic Change 12 (1988): 215; Matthew R. Francis, “When Carl Sagan Warned About Nuclear Winter,” Smithsonian Magazine, November 15, 2017; Carl Sagan and Richard Turco, A Path Where No Man Thought: Nuclear Winter and the End of the Arms Race (New York: Random House, 1990), 19–44.
8 Malcolm W. Browne, “Nuclear Winter Theorists Pull Back,” New York Times, January 23, 1990.
9 Steven Starr, “Turning a Blind Eye Towards Armageddon—U.S. Leaders Reject Nuclear Winter Studies,” Public Interest Report (Federation of American Scientists) 69, no. 2 (2016–17): 24.
10 Judith Newman, “20 of the Greatest Blunders in Science in the Last 20 Years,” Discover, January 19, 2000.
11 Daniel Ellsberg, The Doomsday Machine: Confessions of a Nuclear War Planner (New York: Bloomsbury, 2017), 140. The failure to include the foremost cause of death from thermonuclear weapons directed at cities in the form of firestorms is deeply ingrained in the Pentagon. The declassified practical guide on nuclear weapons stockpile and management published by the U.S. Department of Defense for 2008 includes more than twenty pages on the effects of a nuclear weapons explosion in a city without a single mention of firestorms. See U.S. Department of Defense, Nuclear Matters: A Practical Guide (Washington: Pentagon, 2008), 135–58.
12 Ellsberg, The Doomsday Machine, 141–42.
13 Ellsberg, The Doomsday Machine, 18, 142.
14 Owen B. Toon, Allan Robock, and Richard P. Turco, “Environmental Consequences of Nuclear War,” Physics Today (2008): 37–42; Alan Robock and Owen Brian Toon, Local Nuclear War, Global Suffering (New York: Scientific American, 2009).
15 Emily Saarman, “Return of Nuclear Winter,” Discover, May 2, 2007.
16 Starr, “Turning a Blind Eye Toward Armageddon,” 4–5; Alan Robock, Luke Oman, and Geeorgiy L. Stenchikov, “Nuclear Winter Revisited with a Modern Climate Model and Current Nuclear Arsenals: Still Catastrophic Consequences,” Journal of Geophysical Research 112 (2007) (D13107): 1–14.
17 Starr, “Turning a Blind Eye Toward Armageddon,” 5–6; Robock, Oman, and Stenchikov, “Nuclear Winter Revisited”; Joshua Coupe, Charles G. Bardeen, Alan Robock, and Owen B. Toon, “Nuclear Winter Responses to Nuclear War Between the United States and Russia in the Whole Atmosphere Community Climate Model Version 4 and the Goddard Institute for Space Studies ModelE,” Journal of Geophysical Research: Atmospheres (2019): 8522–43; Alan Robock and Owen B. Toon, “Self-Assured Destruction: The Climate Impacts of Nuclear War,” Bulletin of the Atomic Scientists 68, no. 5 (2012): 66–74; Steven Starr, “Nuclear War, Nuclear Winter, and Human Extinction,” Federation of American Scientists, October 14, 2015.
18 Herman Kahn, On Thermonuclear War (New Brunswick, NJ: Transaction Publishers, 2007), 145–51.
19 Ellsberg, The Doomsday Machine, 18–19; Sagan and Turco, A Path Where No Man Thought, 213–19. Here, the doomsday machine is not to be confused with the version of the doomsday machine in Stanley Kubrick’s film Strangelove. Yet, Kubrick’s film drew on Kahn’s notion and retains a concrete significance in the context of contemporary nuclear reality. See Ellsberg, The Doomsday Machine, 18–19.
JOHN BELLAMY FOSTER
JOHN BELLAMY FOSTER
John Bellamy Foster is an American professor of sociology at the University of Oregon and editor of the Monthly Review. He writes about political economy of capitalism and economic crisis, ecology and ecological crisis, and Marxist theory. He has given numerous interviews, talks, and invited lectures, as well as written invited commentary, articles, and books on these subjects.