¿Hispanos o latinos? (2) – Mexicans, salteadores de caminos y ratones de frontera

Hispano y Latino, como vimos en la primera nota de esta serie, son palabras a las que les falta algo primordial y que sólo tienen sentido en el contexto de la América anglosajona. Para entender el origen de la palabra “hispano” realizaremos un recorrido por el Sur de los Estados Unidos, y le hemos pedido a un personaje que lo conoce bien, que nos acompañe. .

 

Lo hispano y los preconceptos que incluye

Muchísimas generaciones de niños, jóvenes y adultos norteamericanos y de todo el mundo se habituaron durante décadas a identificar lo “hispano” con Speedy Gonzales, un ratoncito simpático pero fastidioso e irritante, que al grito de ¡ándale, ándale,!” cruzaba diariamente la frontera entre México y los EEUU para, entre otras mil tropelías, robar queso con el que alimentar a sus parientes del sur, que eran invariablemente haraganes, oscuros, inútiles, obesos -o escuálidos-, y demasiado tontos. Y que, para colmo, pasaban buena parte de sus vidas alcoholizados, durmiendo y fumando marihuana.

Speedy, en rigor de verdad, no era hispano sino mexican, y ya veremos más adelante por qué razó esto nos importa.

Pat Boon, una olvidable estrella del Rock&Roll más elemental, retrató a Speedy Gonzales  en un éxito de principios de los ‘60 que luego tuvo un sinnúmero de versiones, incluso en español:

It was a moonlit night in Old Mexico.
I walked alone between some old adobe haciendas.
Suddenly, I heard the plaintive cry of a young Mexican girl:
“You better come home Speedy Gonzales,
away from tannery row.
Stop all of your drinking with that floozy named Flo!
Come on home to your adobe
and slap some mud on the wall!
The roof is leaking like a strainer.
There’s loads of roaches in the hall.

La construcción de un invasor improductivo y rapaz

En las pocas estrofas de aquella canción, había todo lo que se puede esperar de la estereotipización de los inferiores y de su paisaje. Indolencia, descuido, cantinas, malos hábitos, familias disfuncionales, prostitutas, cucarachas y suciedad. Y en el dibujo animado había además un gato, bastante desafortunado, que trabajaba como guardia fronterizo pero que se mostraba, episodio tras epiosodio, completamente incapaz de controlar las incursiones de aquel ratón improductivo y rapaz cuyo inglés estaba salpicado de palabras en español que designaban cosas pertenecientes a un mundo caduco y subdesarrollado. Propias de lo viejo y lo destartalado.

Hoy sabemos cómo funcionan los personajes de la cultura popular en la conformación de las ideas que una sociedad se hace de “los otros” como imagen antagónica de la propia identidad.

Por esa razón no puede extrañarnos que millones de estadounidenses que pasaron su infancia consumiendo a diario productos culturales como ese u otros similares, hayan sido tan permeables a la idea de que una muchedumbre de indeseables indocumentados desea destruir su estilo de vida, y hayan aclamado a un personaje como Donald Trump que les prometió un muro que los mantendría a salvo de la invasión de los “malos hombres” y sus familias demasiado numerosas. Y por esa misma razón tampoco sorprende que a Kamala Harris, a quien se presentó alguna vez como una mujer diferente, sólo se le haya ocurrido decir “Mi consejo es: no vengan aquí” cuando en 2020 se la colocó a cargo de los temas migratorios en la frontera sur de su país.

Esto no quiere decir que dibujos animados como Speddy Gonzales o las innumerables noveles baratas que mostraban siempre bandoleros mexicanos tratando de violar mujeres rubias se hayan creado ex-profeso para obtener los resultados que hoy vemos. No es así como funcionan. Los creadores de esos materiales culturales de segundo orden tomaron ideas ya existentes, les dieron un formato popularmente aceptable, fácil de digerir y comercialmente exitoso, y simplemente las consolidaron. Así se crean los estereotipos que luego todos asumimos como “realidad”. Así, casi naturalmente, se potencian los temores de la muchedumbre y se crea la necesidad de liderazgos protectores.

Pero volvamos a las palabras porque deberemos llegar al momento en que la palabra hispanic, en los censos de los EEUU, sustituyó a otra, usada hasta entonces, pero que estaba resultando problemática, “mexican“.

Mexican/hispanic: cómo nombrar a las víctimas de un despojo

La palabra hispano, como vimos en la nota anterior de esta serie, está etimológicamente ligada con lo que pertenecee culturalmente a Hispania, el nombre de las 2 provincias romanas que ocupaban hace 2200 años el territorio de la Península Ibérica, pero no está allí la razón de su uso actual.

Ni los españoles se reconocen a si mismos como hispanos, ni quienes tenemos nuestros orígenes en hispanoamérica o somos hispanohablantes nos hemos identificado jamás con ese término cuando estamos en un contexto que no sea la América anglosajona.

No somos hispanos en Marruecos o en Alemania o en Turquía del mismo modo en que no somos hispanos en Argentina o en Colombia. Se podría decir que sólo existen “hispanos” en el contexto anglosajón, en especial en los EEUU y en Canadá, dos países en los que el término adopta características que de tan naturalizadas, nos pasan despercibidas.

Demográfica, social, y políticamente, hispanic (y más adelante en el tiempo, latinx) define más que una cultura o una región de origen, una raza, al punto de que a la nueva terminología de las ciencias sociales se ha incorporado el término homogeneizador BIPOC (Black, Indigenous and People Of Color) que engloba a todo lo que debe quedar fuera de la categoría “blanco”.

La historia y la identificación de lo no-americano

Esa identificación de lo hispano con una categoría racial y con lo racialmente enervante y soslayable tiene raíces que van más allá de Speedy Gonzales. Raíces históricas profudísimas y dignas de ser recordadas aquí.

Retrocedamos hasta 1847 y focalicemos uno de los últimos episodios de la guerra a partir de la cual los EEUU anexaron los territorios mexicanos de California, Nuevo México (la verdadera patria de nuestro amigo Speedy), Arizona, Nevada, Colorado y parte de Utah (Texas había sido anexada a la Unión, también por la fuerza, unos pocos años antes).

En marzo de ese año, el General Winfield Scott -famoso ya por haber estado al frente de las acciones militares que depojaron a la nación Cheroquee de sus tierras– desembarcó en las cercanías de Veracruz y tras un bombardeo despiadado, que no respetó siquiera la presencia de mujeres y niños, tomó la ciudad y avanzó sobre la capital mexicana. Ante la posibilidad cierta de que siguiera avanzando para incorporar a la Unión todo el territorio mexicano, el gobierno estadounidense prefirió “conformarse” con los dos millones de kilómetros cuadrados de los territorios poco poblados del norte y con cobrar una indemnización de 15 millones de pesos por los supuestos daños sufridos en una guerra por ellos iniciada.

¿La razón para no seguir adelante? En el resto del país, muchísimo más poblado y por entonces mucho más rico, la población tenía un grado de mestizaje y una religión que los transfomaba en indeseables. Era gente no apta para el tipo de democracia que las elites norteamericanas soñaban como cristalización política de su “Destino Manifiesto”.

Aquella guerra no sólo despojó a México de la mitad de su territorio y dejó el petróleo de Texas y el oro de California, aún no descubiertos, en manos de los EEUU. Fue una bisagra crucial en la historia posterior de ambos países, fue el factor determinante en la Guerra Civil que se desató pocos después ya que fortaleció al bando esclavista, fue lo que sentó las bases del desarrollo industrial del norte y el estancamiento del sur y, algo no menor para el tema que nos ocupa, fue la primera guerra de la historia con una cobertura periodística capaz de inflamar el sentido patriótico de sectores muy vastos del público. Fue, decidamente, una guerra culturalmente popular.

Emerson, Lincoln o Thoreau pudieron lamentarla y condenarla y siempre es bueno recordar que para éste último “la guerra metamorfosea al hombre, de ser vivo, en materia inerte de propiedad estatal”, pero para las enormes masas de inmigrantes del occidente y el norte de Europa que avanzaban con sus carretas y sus rifles sobre el oeste norteamericano, fue una bendición. Y les regaló una nueva identidad de americans: blancos, puritanos, supremacistas y emprendedores, en oposición a los mexicans, mestizados con una población india destinada a desaparecer, devotos de una virgen morena, y sobre todo, empobrecidos.

En 1848, al finalizar la guerra que el propio Gral. Ulisses Grant definió en sus memorias como «one of the most unjust ever waged by a stronger against a weaker nation» los vencedores se comprometieron a dotar a la población preexistente de los territorios ocupados con la ciudadanía estadounidense. Sin embargo eso no se cumplió más que en casos muy aislados. A esas personas se las continuó considerando mexicans es decir extranjeras y extrañas, durante décadas. Y fueron mexicans no sólo en el habla cotidiana sino también en los censos nacionales y en las leyes estaduales. Porque esa gente ya era lo que luego un personaje como Speedy Gonzales condensó y satirizó: tenían otra naturaleza, incomodaban, iban y venían a un lado y otro de la frontera que los había atravesado. Le recordaban a America, con su sola presencia, que esas tierras, antes, había sido suyas.

Mexicans sin derechos. Hispanics a secas

Finalizada la década de 1920, y una vez que era ya demasiado evidente que no se podía seguir considerando mexicans a personas nacidas en el territorio de los Estados Unidos, surgió la necesidad de nombrarlos de alguna forma que permitiera diferenciarlos de la población negra, pero sobre todo de la población blanca y que, de paso, los excluyera de la “americaneidad”. Fue de ese modo que, en 1929, en Censo de los EEUU la palabra mexican fue sustituida por la palabra hispanic.  En aquel momento, eso no significó un gran cambio. Ya existían en las constituciones de muchos Estados -o fueron aprobadas a partir de entonces- disposiciones que, en los hechos, impedían que esa población que había pasado de se mexican a ser hispanic, pudiera votar o tuviera los mismos derechos que los americanos blancos. Eso recién se subsanó con la Voting Rights Act promulgada en 1965 bajo el gobierno de Lyndon Johnson, que recién entró a funionar por completo 10 años después.

Esa palabra casi mágica, que del lenguaje censal se trasladó muy pronto al habla cotidiana y que desde los estados del Suroeste se difundió rápidamente a lo largo y a lo ancho del país, no sólo encapsulaba con una denominación única a todas las personas que tuvieran el español como primera o segunda lengua, y a quienes provenían de una cultura con características comunes, sino que, como efecto colateral, permitió racializarlas.

Así se transformó un idioma y una cultura en una nueva raza. Una raza que desde la cultura popular pero también desde las culturas de las elites, era caracterizada como indolente, inferior y sexualmente exhuberante y peligrosa (algo que veremos más detenidamente en una próxima nota, en la que analizaremos cómo el mexican brutal, ávido de mujeres rubias y merecedor de que se lo linche, o las mujeres hispanas y latinas, serviciales o lascivas, deseosas de que se las avasalle o se las use, fueron haciendo carne en el imaginario colonial del norte.

Y en síntesis… ¿qué somos?

Esa racialización de la lengua y la cultura forma parte parte del “sentido común” de la América anglosajona (Canadá incluido) y forma parte también de sus problemas y de los desafíos que tiene por delante. La aparición reciente, en el discurso político de raigambre académica, de un nuevo sujeto social denominado «brown people», es apenas un síntoma de esos desafíos. Y la creación de palabras homogeneizantes con significados imprecisos como hispano y latinx, es otro.

Los apócopes o las abreviaturas de los gentilicios no suelen estar motivadas en la necesidad de “ahorrar caracteres” como en twitter, sino que tienen por lo general un alto grado de prejuicios, rechazo y minusvaloración cuando son utilizadas para nombrar a un colectivo con el que se quieren maximizar las diferencias.

Hispano, un apócope que proviene del cerceneamiento de “hablante” si nos referimos a la lengua- o de “americano” -si nos referimos a la procedencia geográfica y cultural-, no es una palabra demasiado afortunada ni que nos pueda contentar. En su origen no hubo un colectivo autodefiniéndose sino un colectivo que fue definido por quienes necesitaban o creían necesitar (ambas cosas pueden ser posibles) mantenerlo al margen. Evitar que contaminara su blancura idealizada con una humanidad diversa, siempre abrumadora y sospechosa.

En la siguiente nota de esta serie analizaremos otra palabra con la que solemos ser descritos y que nos hemos acostumbrado a utilizar nosotros mismos: «latinos»… y veremos que aunque de origen diferente, tiene algunos problemas similares. Entre ellos, el de sobresimplificar una riqueza cultural y étnica quizás inabordable, con un concepto vago, ineficaz y cargado de estereotipos descalificantes.