Cumbre de las Americas: “the unmistakable smell of urine”

Pasará a la historia como apenas un dislate más de Joe Biden mientras el mundo ardía. Pero marca quizás el comienzo del último tramo de una época. El momento en que la América anglosajona y blanca, que se soñó irrefutable, se enfrenta a la aridez y terquedad del mundo. .

 

El demonio está en los detalles y posiblemente el contraste entre el afuera y el adentro que los enviados de la revista Politico describen en su comentario final sobre la IX Summit of the Americas, sea el mejor punto de partida para comprender y valorar el alcance y el por qué de su anunciado fracaso:

“You are in one of the most diverse cities — LA — in the most diverse region in the most diverse state — California — in the world’s most diverse democracy,” California Gov. Gavin Newsom, a Democrat, said in welcoming the assembled travelers.

Outside, however, the unmistakable smell of urine wafted through the warm night air. The deteriorating condition of downtown Los Angeles — where rows of tents housing the homeless lined the street—didn’t go unnoticed by the foreign dignitaries».

No hubiera sido fácil esconder ese “inconfundible hedor a orina que flotaba en el aire cálido de la noche” de Los Ángeles mientras el Gobernador de la ciudad le daba la bienvenida a los escasos presidentes latinoamericanos y del Caribe reunidos en la ceremonia inaugural de la Novena Cumbre de las Américas, pero más difícil aún fue darle algún sentido a todo el malestar generado por sus organizadores, empecinados en seguir tratando a todo nuestro continente como si la dignidad le fuera ajena y como si los fantasmas de la anterior Guerra Fría siguieran allí, imperturbables.

No fue suficiente que una pléyade de enviados especiales de la Casa Blanca (experimentados diplomáticos y también militares, a los que se sumaron el ya fastidioso Secretario General de la OEA Luis Almagro, o Justin Trudeau, un oficioso colaborador de todas las horas) escribieran o se entrevistaran personalmente con algunos de los presidentes que, encabezados por Andrés Manuel López Obrador, habían anunciado sus reparos a las exclusiones de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Tanta preocupación y tanta insistencia sólo sirvieron para resaltar aún más algunas de las deficiencias notorias de la cumbre. La principal radicó en que al haber sido concebida para contrarrestar el resquebrajamiento de la imagen de Joe Biden dentro de su propio país y teniendo en cuenta que el propio Biden se ve a sí mismo como la figura inaugural de una nueva Guerra Fría y del renacer del poder americano, a sus organizadores no les pareció necesario pensar demasiado.

De aquellos polvos, estos lodos

No pensar demasiado implicaba, por ejemplo difundir la lista de no-invitados antes aún de haber elaborado una agenda para el encuentro, como si lo único que a los organizadores les importara fuera dejar en claro quién manda y quién decide en lo que han considerado siempre su patio trasero.

El resultado de más de un mes de idas y venidas insolentes, de presiones, de sugerencias, de ofrecimientos y de preparación de un escenario en el que pocos estan dispuestos a jugar el pobre rol que les habían asignado, quedó ya a la vista.

Nunca antes habían habido tantas ausencias. Ni tan calificadas, comenzando por la del presidente de México Manuel López Obrador. Y nunca antes hubo una mayoría tan grande movilizada por un tema que los organizadores había dado por resuelto. De ese modo 20 jefes o jefas de Estado de Latinoamérica y el Caribe se encargaron, en palabras de Alberto Fernández, de darle su voz a los ausentes, frente a un Antony Blinken que presidía la reunión, demasiado alicaído, pálido y ajeno como para expresar siquiera emociones.

Esas 20 personalidades (de acuerdo al recuento de Marcelo Ebrard del resto 6 no dijeron nada significativo y sólo 2 se mostraron alineados con el anfitrión) no sólo expresaron su descontento, sino que dijeron de todas las formas posibles que esperaban que ésta haya sido la última vez que el anfitrión de una reunión de países soberanos se cree con el derecho a vetar la presencia de otras naciones del continente por el motivo que fuere. Y que para que eso no vuelva a ocurrir es imprescindible sentar desde ya las bases de una nueva gobernanza de la región, transformando ya a la OEA desde sus propios cimientos, o deshaciéndose de ella y de su plana mayor si transformarla no fuera posible.

Las diversos enfoques de quienes, desde Alberto Fernández en representación de su país pero también como Presidente pro-Témpore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, hasta la Primera Ministra de Barbados Mia Mottley, estuvieron signados seguramente por la historia de cada país, por las circunstancias que atraviesa, y por las presiones que haya sufrido -o los halagos que hubiera recibido- en los días previos a la Cumbre.

Si se tiene en cuenta ese cúmulo de circunstancias diferenciadoras quizás el esfuerzo de Gabriel Boric por aparecer pulcramente equidistante, joven y cool, se explique. O se comprenda el énfasis de Alberto Fernández por responsabilizar a Donald Trump por desbarajustes que su sucesor, dos años después, no se ha preocupado en enmendar.

Pero hasta en esos matices fue posible percibir que ya nada es lo mismo. Que las veleidades hegemónicas deberán abrir paso a un tipo de relacionamiento en el que la sumisión y el miedo, la cooptación de voluntades y la imposición de sanciones unilaterales, no podrán ser la norma.

Un preámbulo ensordecedor

No tuvimos, en esta IX Cumbre aquel épico “al carajo”, con el que en 2005 Chávez, Néstor Kirchner, Lula y Tabaré Vázquez detuvieron las ínfulas imperiales de George Bush. Esta vez se trató de algo menos estructurado pero muchísimo más amplio y más profundo.

Como hace notar el académico argentino Juan Gabriel Tokatlián en un artículo de la revista Nueva Sociedad: “El síndrome de la superpotencia frustrada”, se debe lamentar, en esta Cumbre, la incapacidad de América Latina para presentar una agenda alternativa centrada en sus propios intereses. Y eso debe preocupar.

“Estados Unidos vive hoy un franco disenso bipartidista en política exterior, posee menos recursos en términos de inversión privada y asistencia oficial al desarrollo para asegurar su influencia en América Latina, y enfrenta a una China que no promueve hasta ahora una ideología alternativa, pero que dispone de recursos materiales (inversiones, comercio, ayuda) para respaldar y aumentar su proyección en la región.

En ese marco de referencia, es importante advertir los contrastes entre las cumbres de 1994 y 2002. Respecto de la presente cita en Los Ángeles, las consultas con los países de la región fueron casi inexistentes, al tiempo que la capacidad de América Latina para proponer una agenda compartida de cara a Washington es nula.»

Esta vez, como destaca el analista, y como advertíamos en nuestra nota dedicada al tema “Demoras, soberbia e ineficacia ¿Sabes quién viene a la Cumbre?” los anfitriones no tenían agenda pero los invitados tampoco fueron capaces de presentar una propia. Posiblemente porque fueron a decir algo mucho más básico y tremendo: “así, no queremos seguir.”

Se trató de un preámbulo. Fue una clarísima y polifónica advertencia. Esta vez y por ahora, nadie les dio la espalda. Entre otras razones porque es peligroso darle la espalda a gente que ha demostrado una y otra vez que no es confiable. Pero se les dijo a quienes gobiernan hoy en los EEUU (y por extensión también a su principal socio en esta partida, Canadá): “no están yendo por buen camino y si fuera por nosotros, se podrían quedar solos”.

Se les dijo que las políticas inmigratorias deben ser otras. Que durante la pandemia, el papel de la América anglosajona fue pobre; lamentable. Que la cooperación económica no debe confundirse con prepotencia imperial y predación colonial. Que nuestra América es “acreedora ambiental” y no tiene por qué pagar los desequilibrios creados en un norte global que no se hace cargo de las consecuencias de sus actos.

Y como broche de oro de una Cumbre desangelada y sin sentido en la que el rol de los EEUU ha sido puesto en cuetión como nunca antes, el Papa Francisco hacía público su temor de que la III Guerra Mundial ya haya comenzado.

Final apenas provisorio

Como ha declarado el ex-vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera en nota para La Jornada de México y Página 12 de Argentina:

Hay, de América Latina hacia Estados Unidos, pérdida de miedo y hasta falta de respeto ante el poderoso. Se ha desvanecido la idolatría y sumisión voluntaria de las élites políticas hacia lo norteamericano. Era una especie de cadena mental que te amarraba a mover tu cabeza siempre diciendo sí a lo que decía Estados Unidos. Ahora no lo oyes. Te vas. No vienes. Dices lo que quieres. Ellos nos desprecian y nosotros le hemos perdido el respeto. México ha liderado este divorcio.

Es un mundo muy interesante. No sabemos a dónde vamos a ir. Pero sabemos lo que ya no nos cae bien. Estamos aprendiendo de manera compartida a dejar de bajar la cabeza frente a los poderosos. Esa es la característica de estos tiempos.

Y esa advertencia que es la característica de estos tiempos, en una postpandemia salpicada de militarismo, guerra, crisis alimentaria y conformación de nuevos bloques geopolíticos, deberá ser escuchada. De no ser así, el debilitamiento evidente de lo que ya ha dejado de ser potencia hegemónica, no hará sino acelerarse.

Los desahuciados del sistema que dormían en las calles de Los Ángeles y hacían que el aire cálido de esa noche oliera a orines no lo sabrán nunca, pero en la IX Cumbre de las Américas, también se habló en su nombre.

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online