De Lisístrata a Julia Ward – Las mujeres, las madres, la paz y la guerra

«No dejaremos que nuestros maridos vengan a nosotras en busca de caricias y aplausos, apestando a matanzas. No se llevarán a nuestros hijos para que olviden todo lo que les hemos enseñado acerca de la caridad, la compasión y la paciencia. Seremos tan compasivas con las mujeres de otros países, que no permitiremos que nuestros hijos sean entrenados para lastimar a los suyos». .

 

Esto decía Julia Ward Howe, poeta, ensayista, viajera, abolicionista y antibelicista convencida en 1870 cuando redactó su Proclama del Día de las Madres. Un alegato en el que contraponía la capacidad empática y compasiva de las mujeres con el impulso tanático de la masculinidad belicista.

De aquel esfuerzo por construir una Paz cierta y duradera entre los pueblos del mundo nació el Día de la Madre que hoy conocemos. Una jornada en la que se celebra la maternidad a golpes de rosas, chocolates, o electrodomésticos… Que el primer espíritu que alentó este día ya no esté presente y ni siquiera se lo recuerde, podría ser un tema para otra nota. Por el momento sigamos con aquella mujer.

La convocatoria de Julia Ward quizás fue ingenua, aunque definitivamente no era caprichosa, si tenemos en cuenta que la capacidad de gestar y nutrir de las mujeres e incluso los estereotipos que las han vinculado siempre con las tareas de cuidados, las colocan en una situación en la que oponerse a las guerras y poner en tela de juicio las heroicidades y las bravuras o bravatas masculinas resulta casi natural (con lamentables y notorias excepciones).

Julia Ward había visto hasta aquellos años frustradas buena parte de sus inclinaciones intelectuales hasta el punto de haber escrito, cuando enviudó, “hoy comienza mi verdadera vida”, y seguramente cuando realizó aquel llamado para que las mujeres se opusieran a las guerras fuera cual fuera la excusa esgrimida para desatarlas, se había inspirado en la que fue quizás su antecesora más recordada: Lisístrata.

Lisístrata o la destructora de los ejércitos

Lisístrata, cuyo nombre signifca «la destructora de ejércitos» es la protagonista de una comedia de Aristófanes -divertida y soez como todas las suyas- que se desarrolla en el período de las guerras entre Atenas y Esparta a las que hemos aludido en dos notas anteriores de DIÁLOGOS, en las que comparábamos la llamada “trampa de Tucídides” con el drama que se está desarrollando hoy en Ucrania.

Lisístrata: Lampitó, todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Cleónica: No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Lisístrata: Aunque venga a mí en condiciones lamentables.
Cleónica: Aunque venga a mí en condiciones lamentables. (¡Oh Lisístrata, esto me está matando!)
Lisístrata: Permaneceré intocable en mi casa.
Cleónica: Permaneceré intocable en mi casa.
Lisístrata: Con mi más sutil seda azafranada.
Cleónica: Con mi más sutil seda azafranada.
Lisístrata: Y haré que me desee.
Cleónica: Y haré que me desee.
Lisístrata: No me entregaré.
Cleónica: No me entregaré.
Lisístrata: Y si él me obliga.
Cleónica: Y si él me obliga.
Lisístrata: Seré tan fría como el hielo y permaneceré inmovil sin acomodar mi cuerpo a sus meneos.
Cleónica: Seré tan fría como el hielo permaneceré inmovil sin acomodar mi cuerpo a sus meneos.
(…) Lisístrata: ¿Todas han jurado?
Mirrina: Todas.

Con ese juramento comienzan Lisístrata y sus compañeras la resistencia activa a la dinámica de revancha infinita que caracterizaba su época -y que no está ausente de la nuestra-.

Y así como en las crónicas de Tucídides tenemos la descripción cruda, desapasionada y resignada de aquella guerra demencial que se desarrolló durante 30 años, en la resistencia de las mujeres que satiriza Jenofonte tenemos el ejemplo de lo que debe hacerse para alcanzar la paz: negarse a colaborar; negarse a decir que sí; darle valor a la capacidad de las mujeres para entender el mundo de un modo propio; suspender incluso los vínculos del amor y el sexo con esposos o amantes si fuera necesario para forzarlos a buscar la paz.

Desde los ojos de Ward y de Lisístrata

Las jovenes que en el 400 antes de nuestra era seguían a Lisístrata en su rechazo a la guerra arriesgándose a ser condenadas por infieles y traidoras, al igual que las madres a las que apelaba Julia Ward 2400 años después en su Proclama del Día de las Madres, comparten una causa: dar una respuesta asimétrica a la guerra. Dejar a un lado la lógica del intercambio infinito de agravios y venganzas para encontrar una salida que no suponga sumar más drama y desmesura a los dolores ya ocurridos. No dejarse seducir por la idea torpe y engañosa de que las guerras se terminan cuando todo ha sido destruido, o por la suposición igualmente engañosa y torpe de que armando hasta la saciedad a uno de los bandos para que la guerra se prolongue todo lo posible, se puede conseguir algo más que destrucción y muerte.

Ese espíritu, que deberíamos poder desarrollar frente a las guerras de nuestro tiempo (en Ucrania por supuesto, pero también en las guerras que por no transcurrir en Occidente, se nos antojan menos dolorosas y devastadoras -en Yemen, en Palestina, en Siria, en Afganistán, y muy pronto quizás en el estrecho de Taiwan- es el que nos está faltando. Como nos faltarán tantas otras cosas si esta vorágine guerrera continúa: alimentos, energía, fertilizantes, estabilidad, y sobre todo paciencia.

No será fácil desarrollar, una vez más, el espíritu activamente pacifista que nos está faltando.

No sólo porque la pulsión de muerte y la vocación armamentista es uno de los elementos centrales de las sociedades patriarcales. No sólo porque quienes ganan dinero y poder con las armas y la muerte activan sin cesar toda posibilidad de conflicto. También porque la lógica de demonizar primero y aplastar luego al enemigo se desliza como una serpiente desde cada titular de prensa y desde cada declaración altisonante de unos “líderes mundiales” avejentados y patéticos. Porque la propaganda de guerra todo lo acalla, todo lo aja, todo lo ensucia, y todo lo pervierte.

 

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online