Nueva visita a la Trampa de Tucídides y las miserias de la guerra

Cuando la guerra era apenas un horror recién innagurado y Occidente contenía el aliento ante las imágenes de refugiadas ¡europeas! y niños de ojos celestes amenazados por los misiles de una Rusia siniestramente incomprensible, se nos había ocurrido recordar la llamada Trampa de Tucídides y su inevitabilidad cuando los liderazgos imperiales son, además de brutales, insensatos y torpes. .

 

En aquellos días de finales de febrero que hoy parecen tan lejanos, todavía podíamos dudar si el conflicto de Ucrania sería breve y quirúrgico, o si se prolongaría en el tiempo de modo indefinido, aunque lo dispar de las fuerzas que se enfrentaban permitía que algunos analistas auguraran un final rápido y no demasiado cruento.

Sin embargo, el flujo incesante de armamento, de dinero -prestado- a manos llenas, y de voluntarios entusiastas de procedencia dudosa, sumado al alud de sanciones económicas y financieras desplegadas por los EEUU y sus socios de la OTAN, descriptas en su momento como “de una gravedad y contundencia que el mundo nunca antes ha visto”, han permitido que Ucrania haya resistido más de lo humanamente posible y que millones de personas, como suele suceder en estos casos, dentro y fuera del país, sufran lo que nunca imaginaron. Terror, carencia de los más elementales servicios sanitarios, inseguridad alimentaria, tráfico de mujeres y de niños, y la desgracia de ver su tierra devastada.

Hoy ya ni allá ni aquí podemos ver el problema -ni nos lo muestran- en otros términos que no sean los del militarismo más primario y salvaje. Cuántos muertos, cuántos edificios destruídos, cuántas personas desplazadas, cuánto ganan los mercaderes de la guerra cuando le venden armas a las víctimas o cuánto perderían si las víctimas sensatamente optaran por alcanzar algún acuerdo diplomático que le ponga fin al conflicto, cuáles serán los beneficios de las empresas que después del desastre tomen a su cargo la reconstrucción de un país arrasado, y a qué bloque pertenecerán los que mañana sonrían triunfalmente… Todo parece formar parte de un ajedrez no por sanguinario menos trivial y estúpido.

Aquella tapa de Time que al inicio de su mandato mostraba a un Joe Biden altivo y levemente escalofriante con lentes oscuros de tipo militar en los que se reflejaba el rostro imperturbable de Vladimir Putin fue, más que una burda jactancia propagandística propia de una prensa deseosa de avivar tensiones, toda una premonición. Si esto es lo que buscaban cuando dijeron America is back, lo consiguieron.

Por un minuto, volvamos atrás

En la Guerra del Peloponeso, cuyos pormenores Tucídides se encargó de relatarnos hace 2.500 años, dos ciudades-estado griegas con pretensiones imperiales, la divina Atenas y la orgullosa Esparta, se dedicaron a destruirse a sí mismas a lo largo de tres interminables décadas. Sus mejores hombres se empeñaron en destruir una a una a todas sus ciudades aliadas, destruyeron la capacidad de sus gentes para crear riqueza, cultivar alimentos o instruirse, aniquilaron cultura, democracia, confianza en las leyes o lazos familiares, violaron y mataron y dedicaron todos su ánimos a la guerra.

Tan absurdo fue lo que hicieron y a tal grado llegó el militarismo instaurado para cubrir las necesidades de la guerra, que una vez finalizado aquel infierno, los hombres de 20 a 40 años que habían sobrevivido ya no sabían hacer otra cosa que guerrerar. Y tan bien lo hacían y tan poco sabían de cualquier otra cosa, que les fue preciso alquilarse como mercenarios en otras tierras. Se hicieron matar y perseguir, como relata Jenofonte en otro libro maravilloso (La anábasis o la expedición de los diez mil) al servicio de cualquiera que prometiera pagarles.

De aquella situación descrita por Tucídides, que luego se repitió en diversas culturas y diversas épocas en cada ocasión en la que un imperio hegemónico trató de frenar el ascenso de otro, surgió, como recordábamos en nuestra nota anterior, el término Trampa de Tucídides. La trampa de la guerra total, en la que uno de los bandos debe ser aniquilado y en la que, como resultado del entusiasmo de ambos, desaparecen los dos.

En eso consiste la trampa

 

Consiste en que un hasta hace muy poco desconocido Volodymyr Zelenskyy devenido en estrella probablemente fugaz repita día tras día, frente a los parlamentos del mundo y los más variados foros internacionales el mismo rosario de pedidos de auxilio y admoniciones a la espera de que quienes lo azuzan y aplauden le den lo que ya le han explicado docenas de veces que no quieren darle.

En que Alemania, que hace tres meses estaba dispuesta a inaugurar un gasoducto que ella misma había financiado, no sepa ahora de dónde sacar ni cómo pagar en el futuro la energía que todavía recibe del país que, sin pensarlo dos veces, ha elegido como principal enemigo.

En que un presidente de Francia que intentó mediar personalmente cuando el conflicto aún no había estallado y todavía podía obtener de la mediación algún rédito electoral, haya desaparecido ahora de la escena como si nada le importara el drama que transcurre a sólo 3 horas de vuelo de la capital de su país.

En que el Reino Unido haya olvidado, al menos momentáneamente, que padece un gobierno casi tragicómico, y trate de aparecer frente al mundo como la potencia colonial y triunfante que hace medio siglo dejó de ser. Y que, paradójicamente, resulte ser el país que más sensible se ha mostrado frente al drama de los refugiados… y el que más trabas ha impuesto para no recibirlos.

En que la Unión Europea, que ya no tenía una política exterior independiente, no tenga ahora ninguna que pueda considerarse propia. Que se haya resignado a ser apenas un apéndice ineficaz de la alianza militar que integra. Y que esa alianza, la OTAN, haya demostrado una vez más que su única función (además de la de malgastar dinero público de 30 países) es ayudar a crear los conflictos con los que luego justifica su propia existencia.

En que los EEUU, que tuvo en 2022 el presupuesto militar más elevado de toda su historia y el déficit fiscal más abultado de una nación en tiempos modernos, haya decidido llevar su gasto armamentístico en 2023 a una cifra demencial, 813.000.000.000 de dólares, que sin dudas, como nos lo han demostrado más de una vez, les resultará insuficiente.

En que Rusia, que carece de una prensa verdaderamente independiente, no permita que su ciudadanía acceda a una información no sesgada de lo que verdaderamente ocurre, mientras que en Occidente, que presumía de tenerla, tampoco es posible informarse ya que los órganos de prensa operan como si fueran agencias de propaganda de sus gobiernos o estaciones repetidoras de los gigantes tecnológicos de las información, que ya parecen actuar de forma autónoma.

Es útil, para entender quiénes participan realmente del conflicto y cómo lo hacen, repasar el artículo de David Carment y Dani Belo Let’s stop pretending Canada isn’t at war in Ukraine, que presentamos en la edición anterior de Diálogos.

Por esa razón, porque tanto en lo que fueron los prolegómenos del conflicto como en lo que es ahora la guerra pura y dura no sólo participan activamente los dos países directamente involucrados sino muchos otros, que no colocan a sus ejércitos en el campo de batalla pero hacen todo lo necesario para que el horror se alargue indefinidamente, comienza a resultar menos importante comprender los para qué, que abordar los ¿hasta cuándo y hasta dónde? de esta guerra.

El riesgo de que sean demasiados los que caen en la trampa

Ya poco importa sin los EEUU, con su insistencia en llevar las fronteras de la OTAN hacia el este, hicieron caer a Rusia en una trampa similar a la de Afghanistán para que termine agotada e implosione -como en su momento lo hizo la Unión Soviética- con el fin de desmembrarla y apropiarse de sus gigantescos recursos naturales.

Poco importa si la trampa la tendió la propia Rusia para que los desastres que acompañarán a la guerra (inflación a escala global, crisis de refugiados, escasez de alimentos, agravamiento de la crisis climática, carreras armamentísticas y las tensiones políticas inevitables), desestabilicen a una potencia que abusó de su hegemonía durante más de medio siglo y no vive su mejor momento.

Poco importa si Europa es conciente o no de que su principal aliado, los EEUU, y el país que la abandonó y renegó de ella hace 5 años, el Reino Unido, están avivando el fuego de una guerra total en su propio terreno.

Y no importa si el pueblo ucraniano se equivocó o no al haber elegido como presidente a un actor de televisión que no fue capaz de desoir los cantos de sirena de una Unión Europea que nunca había pensado seriamente en admitir a un país tan conflictivo -y corrupto- como Ucrania en su seno.

Todos y cada uno se deslizaron ya en la trampa aunque desde allí se nos diga lo contrario y se nos invite a caer tontamente en ella. Como hizo, por ejemplo, el editorialista de The New York Times Thomas Friedman el domingo 3 de abril cuando asumió que Ukraine is the first real World War.

Porque en eso también consiste la Trampa de Tucídides.

En que se nos diga que tenemos que tomar partido y en que creamos lo que se nos dice como si jamás hubiéramos sido engañados.

En que se nos intente convencer de que estamos en «la primera guerra realmente mundial» como si los EEUU, la OTAN y sus dos o tres aliados extra-regionales fueran el único mundo que importa y el resto no existiera.

En que sólo nos llegue como información aquello que alguien con poder decide que debemos saber o que podemos comprender.

En que la uniformidad y los uniformes, la fuerza, la insistencia, los titulares, el control, las amenazas y la presión pasen a ocupar la centralidad del escenario mientras el pacifismo, la duda y el disenso, la neutralidad y la búsqueda de fórmulas en las que la diplomacia detenga la matanza, comienzan a ser presentados como sinónimos de traición, debilidad o cobardía.

Hemos elegido, para ilustrar esta nota, la obra de un pintor del siglo XIX, Ylia Repin, que recrea el momento en que Ivan el Terrible, el creador de lo que hoy conocemos como Rusia, en un acto de furia, mata a su propio hijo: el preferido y el destinado a sucederle. No se trata de una escena de guerra, pero ilustra bien las realidades tremendas que algunos hombres provocan cuando abusan de su poder.

Crucemos los dedos.

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online