Autoconmiseración, supremacismo e indignación en el ombligo occidental del mundo

Lo que hace diferente a esta guerra de muchas de las anteriores es que esta vez no somos nosotros quienes hemos ido a otros lugares del mundo a defender nuestros valores luchando contra quienes los ponen en peligro. Son ellos quienes se han permitido venir hasta este “aquí” que reconocemos como nuestro (Europa, Occidente, el mundo libre), a imponernos los suyos. .

 

Esa no es una diferencia menor y el color de la piel de las víctimas está allí para que no lo olvidemos. Y no sólo las imágenes nos lo revelan con insistencia, sino que desde los medios de prensa nos lo aclaran una y otra vez por si no lo hubiéramos entendido.

Las víctimas, esta vez, son “como nosotros”, es decir que se trata de verdaderas víctimas, a las que sí podemos compadecer y a las que sí podremos recibir con los brazos abiertos sin sentir que vienen a quitarnos lo nuestro. No son gente sospechosamente amarronada ni nos llegan desde ese difuso “sur global” colonizado y pobre en el que dormitan los restos de nuestras viejas conquistas o nuestras recientes misiones humanitarias. Y resisten no por empecinamiento, por ignorancia o por fanatismo, sino porque lo heroico, lo civilizado y lo decididamente superior, la blancura que tanto amamos y tanto nos ha dado, también se encarna en ellos.

Esta vez las víctimas, la muerte y las heridas, el dolor de quienes pierden sus hogares, la angustia de quienes deben huir en busca de refugio, a diferencia de lo que ocurría en invasiones que afectaban y siguen afectando a países periféricos y de poca o nula importancia como Irak, Libia, Yemen, Siria, Somalía o, hasta hace apenas un mes, las poblaciones rusoparlantes arrinconadas en el sureste de la propia Ucrania, hacen aflorar entre nosotros sentimientos más compasivos, y nuestros líderes se muestran capaces de realizar declaraciones más apasionadas y audaces.

Pero como si todo eso fuera poco, ha despertado en occidente una generosidad inusitada, que se traduce en envíos diarios de armas para que las víctimas (o lo que de ellas quede cuando finalmente las armas que no se hayan perdido por el camino les lleguen) resistan. O para que lucren y se diviertan con ellas los mercenarios que ocuparán el lugar del ejército ucraniano cuando haya sucedido lo peor. Lo que, sabemos, será inevitable.

Porque esa es otra diferencia que tiene esta guerra con aquellas otras intervenciones en las que no éramos nosotros, nuestra cultura y nuestra civilización los invadidos: esta vez, al parecer y al menos por ahora (y si tenemos la suerte de que personajes como Boris Johnson o Anthony Blinken no sobreactúen y destrocen con su torpeza lo que va quedando del escenario) bastará con entregarles armas a las víctimas para que sean ellas las que se defiendan hasta que ya no quede nada. Evitándonos la desagradable y siempre riesgosa tarea de tener que arriesgar más de lo debido.

Esa fue siempre la función de las proxi-wars, alejar los escenarios de conflicto de nuestras propias puertas, poner en valor el valor de otros, enardecer a los ya desesperados, resquebrajar lo que parezca estar peligrosamente unido, armar aún a quienes en algún momento se podrían volver contra nosotros. Con la sóla condición de que no se les ocurra cometer sus fechorías cerca nuestro.

Racionalidad masculina y el «momento Anastasia»

La racionalidad que se traduce siempre en términos masculinos y masculinizados, la carencia de empatía y la legitimación de la violencia como manera de resolver los conflictos y de imponer una voluntad vertical y única, sumada a esa astucia un poco obscena y descarada con la que Vladimir Putin nos ha sorprendido, no es muy diferente a la que ha usado tradicionalmente occidente para colocarse en el lugar de los amos del mundo, pero lo que nos indigna es que lo esté haciendo en Europa, en el ombligo occidental del mundo.

Sin embargo, America is back, como anunció Joe Biden, y America se sentó a la cabecera de la mesa, como nos lo había prometido. Pero no para reacondicionar el viejo tinglado imperial que Donald Trump había descuidado, sino para innaugurar un nuevo orden en el que nadie perderá el equilibrio ni el sueño guerreando inútilmente mientras pueda arruinar al mundo sin moverse de casa.

Para sufrir, por el momento, están los ucranianos y ucranianas que resisten la invasión y se resignan a saberse carne de cañón, o quienes cruzan los dedos a la espera de que Zelenski se vaya y esto se termine, o las mujeres que emigran con sus niños (ahora que en occidente ya no existen trabas para ellas), o los viejos que simplemente se arraciman en las estaciones ferroviarias a la espera de que alguien se los lleve sin que ya importe a dónde.

Para eso está la prensa libre, haciendo el milagro de que el mal esté de un sólo lado. Como The Guardian, que logra diariamente que las víctimas civiles del conflicto se multipliquen x 10 sin que el público, demasiado conmovido como para razonar, lo note. (1)

Para eso está el cierre de las cadenas informativas que presentan la versión rusa de los hechos, porque no hay nada peor que permitir que los enemigos se hagan escuchar y nos contradigan, especialmente cuando podrían hacerlo de modo casi convincente.

Para eso están las sanciones económicas más escalofriantes que haya parido la historia, y que seguramente pondrán a justos y pecadores de rodillas aquí, allá y en todas partes. No habrá precio internacional del trigo o la energía que se nos resista, ni globalización o seguridad internacional que nos aguante, parece decir Kamala Harris con sus ojos duros las pocasveces que su presidente le cede la palabra.

Y para eso está, también, la indignación en las redes y en los medios. Que por ahora se limita a la emocionalidad desconcertada y la estigmatización burda, pero puede llegar a transformarse en un arma des-pacificadora formidable.

Desde la eliminación de un curso sobre Fyodor Dostoevsky en una universidad italiana o la supensión de los recitales de la cantante Ana Netrebko, hasta el cierre de las sucursales en Moscú de empresas «emblemáticas» como Prada, Gucci o Ives Saint Luarent, el fantasma del rechazo total e indiscriminado recorre occidente y ni siquiera se detuvo delante de los estudios Disney, cuyos directivos, arrastrados por la ola purificadora, llegaron a la eliminación de Anastasia de sus servicios de streaming (2). No importa, seguramente pensaron, que se trate de una historieta empalagosa de princesas en la que las niñas ya no se interesan. Anastasia es buena, es princesa, es bonita y es rusa. Y eso no está bien.

Es que hoy (y a esto hemos llegado a través de todo lo anterior) decirle NO a la guerra parece no ser contradictorio con aceptar que nuestros gobiernos se involucren más y más en un conflicto que ni supieron evitar ni saben cómo sigue. Hoy las posturas pacifistas se desprecian y se condenan como si aspirar a una desescalada del conflicto fuera un sinónimo de complicidad con los agresores. Y hoy, cada vez más personas sienten casi como una obligación censurar o “cancelar” cualquier manifestación cultural, deportiva o artística en la que el enemigo se nos devele como humano.

Y ese es el punto clave (lo podríamos bautizar «el momento Anastasia»). El momento en el que las guerras se salen de quicio y ya no importa nada. El instante en el que la suma de enormes estupideces o pequeñísimas deshumanizaciones da como resultado un otro absolutamente ajeno, con el que se hace imposible el más mínimo diálogo que busque la desescalada del conflicto, porque sólo somos capces de desear que quien nos enfrenta caiga a nuestros pies, destrozado.

En nuestra nota anterior nos referimos a la Trampa de Tucídides, en la que llegado el momento caen los imperios que se muestran incapaces de reconocer su propio agotamiento, pero también quienes los auxilian e incluso quienes los combaten. Y la última semana no sólo en Ucrania sino a lo largo y ancho del mundo no hace sino advertirnos que ese podría estar siendo el escenario.


 

1) The Guardian, en su informe diario sobre las víctimas de civiles en el conflicto de Ucrania, confunde invariablemente los víctimas que perdieron la vida o fueron heridas el mismo día del informe, con las que corresponden a todo el período transcurrido desde el inicio de la guerra. Podría tratarse de que los periodistas de The Guardian carecen de comprensión lectora, pero seguramente no sea ese el caso.

(2) Algunos días después de la eliminación de Anastasia de los servicios de streaming, los Estudios Disney pidieron disculpas y aseguraron que se había debido a problemas contractuales. Sin embargo, dado que el hecho coincidió con el anuncio de que se supenderían las presentaciones de la cadena en el territorio ruso, cabe sospechar que algún funcionario demasiado empeñado en contribuir con los esfuerzos de guerra, simplemente exageró.

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online