Cuando la memoria nos deja: Notas de una columna que no llegué a escribir

Esta vez me levanté y aquí estoy con la garganta raspada de todos los días, posiblemente por dormir con la boca abierta, ese susto diario de la amenaza del COVID. Deben ser las tres o cuatro de la madrugada. Ahí viene mi gata Bengala, desconcertada porque me salí de la cama y estoy en el escritorio, ante la computadora. .

 

Trae colgando del bigote un pedazo asqueroso de vómito cuyos rastros tendré que localizar después para limpiar. La única luz en el cuarto es la de la pantalla. La escuché vomitando, fue lo que me despertó. Estaría soltando la bola de pelo bajo la cama. La busqué en la penumbra, con los ojos entrecerrados, y no la encontré. Ahora no puedo encargarme de eso, antes debo escribir lo que pensé al despertar, antes de que lo olvide, como me sucede en tantas madrugadas.

(1) El mantra: parece que esto es lo que me pasa

Cuando me paro a contemplar mi estado, para decirlo con un verso repetido de mis lecciones, cuando miro la senda que no he de volver a pisar, cuando me detengo a pensar en lo vivido, en lo hecho, en lo que queda, me atemoriza olvidar lo vivido, lo hecho, lo que queda, tengo miedo a no reconocer mis cosas, a pensar en el vacío, a la obsolescencia. No sé si es más miedo a olvidar y reconocer lo vivido que a seguir viviendo o vivir más. De qué sirve vivir si se olvida o si se tiene tanta prisa por llegar (¿a dónde?), que se escapa el instante, que es lo único que hay, lo único que se tiene. Me doy cuenta de que es un viejo pugilato, de que son otra vez los versos de los barrocos españoles, ah de la vida, nadie me responde, versos que no significaban mucho para mí hace treinta años, pero ahora se me repiten cada mañana como un mantra.

(2) Lo tremendo y ese año que no acaba

Las imágenes satelitales de la erupción del volcán del Pacífico se parecen mucho a uno de esos monstruos marinos que aparecen en las películas de desastres, escenas aburridas que aborrezco, de esas películas predecibles en las que los héroes y heroínas del espacio se entran a golpes y ya sabemos que los últimos quince minutos serán de efectos especiales hasta la escena final en la que todo se resuelve o se deja en punto suspensivo en una escenita extra que necesita notas al calce. Pero no, esto es un desastre mayor que deja inhabitable una isla tan lejana como su nombre, que pasa bajo el radar doméstico porque no es en Nueva York ni París, porque la pobre gente de Tonga, como tal vez la de Palma o las dos peruanas que se llevan las corrientes, no son tan fotogénicas como cuatro francesas blancas a las orillas del Mediterráneo.

En fin, que este desastre inaugura este 2022 que suena tan lindo como el 2020 y cuyo sonido ya no puedo tomar como buen augurio después de la pachotada del susodicho que nos trajo la pandemia. ¿Pero fue él o el destino, que vuelve a recordarnos que sí, que en efecto somos frágiles y vulnerables, y hace rato el mundo está acabando, esa escena final hace rato se repite y se reedita, pero no nos coge, ni pecadores ni confesados, no nos coge porque estamos en otras latitudes?

En fin, que la vida sigue, al menos para mí, y los desastres sí me cogen prevenida. Yo sé bien que es algo cotidiano y común que se levante el mar, que la tierra tiemble en algún lado, pero no aquí, bajo mis pies, aunque ya lo ha hecho en algún momento, a mí que ya he vivido desastres mayúsculos y personales, pero la vida sigue y son casi las cinco de la mañana cuando escribo esto. En fin.

 (3) Continúo con algunos de esos temas, más tarde

Era sobre lo del volcán y los súper héroes, enero que ya va por la mitad, esas Navidades frustradas de las que no quiero acordarme, este año que no acaba, la sensación de que no, no hemos cambiado de canal, de que el 2021 se nos escurrió como arena seca entre los dedos, porque si hubiera sido mojada la recordaríamos mejor, habríamos hecho una bola de arena dura, la hubiéramos convertido en peñón y la hubiéramos lanzado al mar, rabiosas, definitivas, el 2021 hubiera sido algo ¿Lo ha sido? ¿Lo fue? ¿Hice cuenta de lo sucedido? ¿Recogí las sobras como todos los años? ¿Qué fue? ¿No hubo resumen? ¿Acaso porque la fiesta fue sin multitudes como otros años? ¿Necesité el rito? ¿Lo necesito? ¿Era un acto mágico? ¿A quién perderé en este 2022 y cómo? ¿Qué gano?

 Era lo de mi propia memoria, pero más bien el miedo, esa dispersión que yo misma me busco, como saboteándome la línea recta, el proyecto, la concentración, la lealtad a una misma cosa, tan necesaria para todo lo que hago.

Que conste, he estado cinco minutos boca arriba en la cama, en la frontera de las cinco de la mañana, son las 5:02, la gata duerme al pie de la cama, o debería decir la cabecera porque hace años duermo al revés, como para no molestar a mi fantasma, que no es el mío pero es como si me perteneciera, mi muerto que vivo roncaba, conectado a una máquina, como hombre que envejecía pero inadvertidamente, no lo quería ver, ni entender que ya no era aquel jovencito que vivía conmigo, jovencito como yo era, como ya no soy, con todos estos miedos a la desmemoria y la dispersión que igual ya me atacan, igual no, igual me estoy dejando ir por ahí, a ver qué encuentro en la desmemoria, cierta o falsa, pero dispersión y desmemoria al fin.

Eso lo escribí ¿cuándo? ¿esta mañana o ayer muy temprano? como si fuera el día anterior, acaso domingo o lunes, ahora no recuerdo, pero es jueves por la tarde y ya terminó la semana para mí, al menos la semana de rutinas, la de los contactos. Ahora empiezan los días que podrían ser míos o de las tareas, o de la gente a la que me debo porque siempre nos debemos a alguna gente, también es el día de la limpieza, el día de echar ropa a lavar, el día de hacer una compra muy temprano, antes de que lleguen las multitudes que suelen alargar estas empresas.

Leo: «Todos padecían enfermedades crónicas».  Quién los manda. Ah, estaban vacunados. Quién los manda. Ah, tenían el refuerzo. Quién los manda. Tenían condiciones previas, enfermedades crónicas, culpa suya, quién los manda.

Leo por quinta vez la lectura del sonograma, hepatomegaly, y paso por quinta vez media hora navegando las tenebrosas aguas de la literatura médica. Me esfuerzo por entender los párrafos, buscando entre mis lejanas nociones de ciencia alguna tabla salvadora, pero nada. Insuficiencia educativa; lejos, desvaído y anacrónico, mi contacto con las nociones del cuerpo. Mi visión del interior se altera con las nuevas imágenes que me muestran la textura, profundidad y complejidad de un universo que va conmigo y no escucho, no veo y no entiendo. Este cuerpo que me hospeda, como diría Góngora, me hospeda cada vez menos.

¿Qué día es hoy?

Pregunto todos los días qué día es hoy. Pero no soy la única. El jefe pone la fecha del año pasado en la carta, digo, no el 2021, sino el 2020. Puede que sea porque ese año sonaba tan lindo, reiterativo y esperanzador, veinte veinte, como el mundo al cuadrado, un retintín musical, ahora sabemos que engañador.

Escribo y escribo y de momento ya es domingo por la tarde y todavía no he resuelto lo de la columna y ya mañana es lunes. Escribía del tiempo, de ese 2020 que se extendió en un 2021 que no acaba. Escribía de la memoria que me dispersa. Escribía de la columna que no escribo. Escribía de lo que leo en la madrugada. Escribía esto, y entonces decido que no, que no tengo claridad suficiente todavía, y acomodo la gata en la butaca y regreso a la cama con los ojos cubiertos para que no moleste la luz cuando amanezca.

SOFIA IRENE CARDONA
Sofía Irene Cardona, profesora de Literatura Española en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. Colabora regularmente en el suplemento cultural “En Rojo” del periódico Claridad en donde fue publicada esta nota. Ha publicado poesía, colecciones de relatos, crónicas y ensayos sobre la actualidad puertorriqueña.