Chile: negocios, política, incertidumbre, y reminiscencias de la mujer de Lot

El 12 de octubre, mientras en todo el universo hispano/latinoamericano se debatía sobre el mal llamado descubrimiento, los dolores de la conquista, o las consecuencias de la colonización, Sebastián Piñera, quizás la imagen paradigmática del hombre de negocios ensuciando la política, decretaba el estado de excepción en territorios mapuches -que en los hechos ya estaban militarizados y que han estado ocupados desde que en 1861 Chile decidiera “pacificarlos” a sangre y fuego.  .

 

La noche anterior, el economista Sebastián Sichel, la persona elegida por las fuerzas de centro-derecha que con el respaldo del gobierno pugnan por la presidencia del país, durante el debate televisivo que enfrentó a los 6 candidatos presidenciales en carrera, había cumplido un pobrísimo papel y es posible que la deseperación de Piñera por demostrar que aún ocupa el centro de alguna escena, haya estado detrás de una decisión que, frente al panorama desolador que ambos enfrentan, le podría servir de poco. Uno pende de un hilo. El otro se ha ganado una soga.

A la escasa capacidad que ha ido demostrando Sichel a lo largo de la campaña y a su falta de sintonía fina con una derecha rancia que seguramente esperaba de él mayor agresividad y mayores convicciones, se le sumaron, en menos de una semana, tres circunstancias que están pulverizando las pocas esperanzas que aún pueda mantener de pasar a segunda vuelta luego de las elecciones del 21 de noviembre.

En primer lugar hay que contabilizar el efecto adverso sobre la imagen de Sichel que han tenido los escándalos financieros del actual presidente que se conocieron a partir de los “Pandora Papers” y la amenaza de que la fiscalía lo procese o de que el Congreso lo inhabilite. Fueron Piñera y su entorno quienes movieron los hilos para que Sichel, un ex-demócrata cristiano seducido por todas las posibilidades que ofrece la derecha cuando aúna intereses, lobby, descomposición, y poder- fuera elegido como candidato.

Eso sucedió en un momento, hace tan sólo tres meses, en que el deprestigio aún no era total y se podía esperar que un hombre relativamente joven y cool, centro masculino de una familia como las que todos quieren, a cuyo alrededor se creó un aura de self-made man, sacrificado, meritócrata, moderno sin exagerar y moderado, atrajera votos del centro sin perder los ubicados en el extremo derecho del espectro. Marketing profesional y carente de toda imaginación.

En segundo lugar, a la hora de tratar de entender la posición poco cómoda de Sichel tanto en el debate del 11 de octubre como en la carrera presidencial, hay que atender a las encuestas, que muestran que parte de su electorado se estaría decantando hacia otro candidato, José Antonio Kast, que a sus orígenes familiares ligados al nazismo, le suma una visión francamente despiadada de la vida social, mucho más a tono con el neoliberalismo extremo y con las nuevas derechas que lo han adoptado -en Chile y en el mundo- como el non-plus ultra doctrinario. Desde su asco por los inmigrantes y su desprecio por los pobres hasta su súbito interés histórico al reinvindicar a Cristóbal Colón como un Libertador, Kast lo tiene todo. O al menos tiene buena parte de lo que al alicaído Sichel le falta.

Pero además, en tercer lugar, hay que mencionar que ya durante la noche del debate habían comenzado a difundirse rumores de lo que horas después resultó ser una granada de fragmentación informativa. Alguien, no se sabe quién pero se puede presumir por qué, había conservado pruebas de que la campaña parlamentaria de Sichel en 2009 (cuando todavía formaba parte de la Democracia Cristiana) había estado financiada ilegalmente por empresas pesqueras… y no tuvo mejor ocurrencia que entregarlas, generosamente, a la prensa.

Las filtraciones derivaron en el desmentido de rigor de Sebastián Sichel que, como es habitual en estos casos y siguiendo el ejemplo de Sebastián Piñera y los suyos, se defendió negando las acusaciones pero alegando, como los niños malcriados, que los demás hacían lo mismo. Casi de inmediato renunció el jefe de su campaña, que aparecía como principal implicado en las maniobras denunciadas, y todo, ahora, es para Sichel un enorme signo de interrogación. Y para Chile también.

Inseguridad e incertidumbre entre la cordillera y el mar

En Chile, tras el estallido de octubre de 2019, del que se cumplen en estos días dos años, ha sido posible comenzar a ver con claridad lo que todos intuían y lo que muchos conocían bien: la forma en que algo vagamente definido como “vieja política” tejió negocios, democracia y poder con una impudicia normalizada que llegó a ser casi una ley no escrita. Algo que capturó la vida en sociedad. Algo que lo infiltró y lo enchastró todo.

Las tribulaciones de Sebastián Sichel sumadas al nuevo golpe que ha recibido a sólo un mes de las elecciones en las que todos lo imaginaban en segunda vuelta, abre un panorama del que sólo se puede decir que muestra aún menos certidumbres de las que ya habían.

Todo hace prever que el representante del Frente Amplio, aliado con el Partido Comunista y con otros sectores de la izquierda y la centro izquierda, Gabriel Boric, será el candidato más votado el 21 de noviembre. Sólo necesita, al menos por ahora, no cometer errores y seguir pidiendo disculpas. Quizás esa sea su especialidad o deberá serlo en el complejo futuro que lo aguarda. Mira y espera. Desprograma y reduce su mensaje a lo estrictamente necesario. Si no suma demasiados apoyos al menos ha conseguido que el espacio que lidera no se fragmente (que ya es mucho). Pero parece claro que a no ser que todos los astros se confabulen, no alcanzará el porcentaje de apoyos que lo liberen de disputar una segunda vuelta. Es el triunfador casi inevitable pero no es auto-suficiente.

Hasta hace pocas semanas, todo apuntaba a que quien competiría en esa segunda vuelta con Gabriel Boric sería Sebastián Sichel. Centro izquierda e izquierda en disputa con el centro derecha y la derecha. Lo razonable y lo usual en buena parte del planeta. Y tan así era que el candidato demócratacristiano ya conciente de que existen pocos flancos débiles por donde atacar a su rival, había comenzado a reprocharle no ser padre.

Dentro de ese panorama de previsibilidad relativa, se podía especular con un casi seguro triunfo de la izquierda. Y a partir de ese momento y teniendo en cuenta que Gabriel Boric deberá gobernar en una situación de inestabilidad social y económica que favorecerá las polarizaciones, con un apoyo parlamentario poco claro, y en el marco de una nueva constitución que aún no está redactada, la situación de quien en esta oportunidad resultara perdedor, es decir Sichel, podría ser casi una bendición.

No será fácil para Boric y para una izquierda que no duda a la hora de subdividirse con ahinco, gobernar a partir de 2022. Su contendor quedaría liderando un bloque amplio de centro-derecha, contaría con un apoyo de partida que podría rondar el 40%, y esa base le permitiría aspirar al triunfo en una próxima elección.

Ahora, sin embargo, el desmenuzamiento de la imagen de Sichel lo ha colocado en un tercer lugar y disputando el cuarto (ya que el quinto parece estar reservado por los dioses para Marco Enríquez Ominami), por lo que, si no encuentra el modo de reencauzar su candidatura en las semanas que restan, podrían suceder una de dos cosas. Complejas ambas.

La primera opción es que sea Juan Antonio Kast quien pase a segunda vuelta. Esto aseguraría el triunfo de Gabriel Boric en noviembre ya que es altamente improbable que el electorado de centro decida apoyar a alguien tan notoriamente volcado hacia un extremismo desagradable y alejado de toda moderación. Sin embargo, si Kast quedara liderando la oposición, es posible prever una polarización creciente y en una situación así, la izquierda debería dotarse de herramientas políticas que aún no tiene y crear una cultura de aceptación de las diferencias que aún no ha podido desarrollar.

La segunda opción es que la candidata de la Democracia Cristiana que cuenta con el tímido apoyo de lo que resta del Partido Socialista resurja de las cenizas a las que ella misma parecía haberse condenado. Rival temible hasta hace tres meses, Yasna Provoste había quedado relegada en la disputa presidencial debido a la negativa de su sector a protagonizar las elecciones primarias a las que sí se habían sometido la izquierda y la derecha.

En aquel momento habían quedado bien posicionados Boric y Sichel y la ubicación de cada uno de ellos, alejada de los extremos y buscando fortalecer sus vínculos con el centro, había dejado a la única mujer que participa de la contienda casi sin espacio donde cosechar apoyos. Ya nadie daba nada por Yasna Provoste y la pregunta era si se retiraría de la carrera y cuándo.

Sin embargo, las repercusiones de las denuncias por financiación ilegal de la campaña de Sichel en 2009 (denuncias que quizás hayan provenido de la propia Democracia Cristiana que de esa forma le habría dado un empujoncito hacia el abismo a quien en su momento fue considerado por sus ex compañeros/as como un traidor) podrían hacer que así como pierde votos hacia la derecha, los pierda tembién hacia el centro, es decir hacia su viejo partido… y hacia su candidata.

Mirando hacia atrás (porque siempre se aprende)

Por ahora no está claro que a Yasna Provoste le alcancen los votos que Sichel pueda dejar ir por el centro, pero si el escándalo prospera, si la suciedad continúa salpicándolo, y si eso que parece ser una puñalada por la espalda no termina afectando también la figura de la propia Provoste, podríamos estar frente a un escenario de segunda vuelta en el que la derecha quedaría por fuera y en el que estarían enfrentándose la izquierda y el centro, con un resultado (¿podemos decirlo aunque duela?) previsible.

Si miramos hacia atrás sin el temor a convertirnos en una estatua de sal como dicen que le ocurrió a la mujer de Lot y retrocedemos “allá lejos y hace tiempo” hacia 1964, podremos ver el espanto y la furia de los sectores de la derecha más recalcitrante decididos a abandonar a su candidato, Durán Neumann, para votar al demócratacristiano Eduardo Frei Montalva (a quien no querían) con tal de evitar el triunfo de Salvador Allende (a quien odiaban).

Veremos desde las inocentes ligas de damas anticomunistas a los millones de dólares que el Comité Church, del senado de los Estados Unidos, reconoció que su país había gastado en acciones clandestinas para evitar que un socialista llegara al poder por vías pacíficas en América Latina. Podremos ver la Marcha de la Patria Joven, las banderas de los ultracatólicos de Tradición Familia y Propiedad y los festejos teñidos de clasismo ante el triunfo de Frei. A quien luego, por supuesto, no dejaron gobernar en paz.

Allende y la mitad de Chile que lo acompañaba debieron esperar a 1970. Y tres años después de aquel esfuerzo comenzó el infierno.

Las circunstancias no son las mismas, por supuesto. Existen nuevos actores, otras transversalidades y sensibilidades diferentes. Las mujeres, los jóvenes y los pueblos indígenes cuentan. El equilibrio (o el desequilibrio) internacional no es el mismo y nuestras procupaciones esenciales, nuestras expectativas y nuestros deseos, han cambiado muchísimo. Pero un escenario de segunda vuelta entre Boric y Provoste, aunque aún improbable, tiene reminiscencias de 1964.

La historia tiene la enfermiza costumbre de repetirse y nunca hay que descartar la posibilidad de que lo haga o de que alguien intente reeditar lo que ya dio resultado… Crucemos los dedos.


 

PD No hemos podido ubicar, en este repaso, a una de las presencias más interesantes del debate del 11 de octubre y de la política chilena: Marco Enríquez Ominami. Su papel en todo esto es un misterio y si la mujer de Lot hubiera mirado hacia atrás para verlo, antes de ser transformada en estatua de sal, habría exclamado: ¿Por qué?!

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online

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