Cuando despertamos, Canadá todavía estaba allí. Vanity fair, inocencia y timidez en el final de un sueño

Chantal Hebert tiene razón cuando dice “Justin Trudeau didn’t win his majority, but his opponents were the real losers”, pero parece estar observando sólo la sección visible del iceberg. Por debajo de las dirigiencias partidarias, debajo de la superficie aparentemente calma, las pérdidas son mayores. Vastas y todavía difíciles de evaluar. .Y el país deberá sincerarlas o seguir imaginándose a si mismo como una democracia madura, sin serlo. .

 

De dinosaurios y despertares

Se dice que el cuento más breve de la lengua castellana es el escrito por Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba allí”. Se trata de sólo siete palabras que cumplen con todas las reglas de lo que debe ser un relato y transmiten la tensión y la incertidumbre de un personaje del que sólo conocemos un instante: una situación límite. Y el autor nos invita a imaginarle un antes y un después.

Si al momento de titular una nota sobre lo sucedido la noche del 20 de septiembre hemos parafreseado el cuento de Monterroso, es porque ese instante, el despertar a una realidad aparentemente extravagante o inesperada pero que había estado allí siempre, la re-materialización de lo que vuelve una vez que el sueño ha terminado, también invita a imaginar cómo podría continuar una historia que sufrimos todos.

Lo que estaba ahí, ese dinosaurio imperturbable que sigue presente una vez que se comprueba que los resultados electorales son un calco de los de 2019 pese a todo lo que ha sucedido en todas nuestras vidas desde entonces, es Canadá.

Es una idea de país y una idea de cómo debe funcionar. Una idea de quiénes deben ocupar la centralidad y quiénes deberían estar fuera. Una idea de qué es lo que representan quienes creemos haber elegido. La idea de que es natural que unos votos tengan mayor valor que otros. La idea de que lo que hay es lo mejor y es inevitable. Y puede ser una idea obtusa y que está demostrando ser inoperante. Y puede ser injusta y arrastrar consigo nociones de la vida social que tienen que ver más con la monarquía y la colonialidad que con las democracias maduras, pero está allí, sofocando ilusiones y llamándonos a la realidad una vez más: «Esto es lo que tienen. No pidan otra cosa«.

Las oportunidades perdidas

Que un resultado electoral se repita casi con exactitud después de dos años no es dramático en sí mismo, y podría ser (debería ser) una muestra de estabilidad, si no fuera porque quienes desde la máxima instancia de poder tomaron la decisión de hacer un llamado a elecciones anticipadas se proponían, precisamente, que fuera diferente. Y porque a un costo de cientos de millones de dólares 5 partidos políticos y cientos de miles de personas se esforzaron para que lo fuera. En estas circunstancias, un resultado de suma 0 no es indicio de que nadie deseaba cambios. Es la demostración palmaria de que nadie fue capaz de saltar por encima del dinosaurio y que todos, todas, cada cual a su manera, hemos perdido algo.

  • Porque se repitieron y agravaron todos los side efects de un sistema electoral fallido.
  • Porque estamos nuevamente en cifras de turn out que están entre las más bajas de la historia.
  • Porque nunca antes los dos partidos mayoritarios habían cosechado tan pocos votos.
  • Porque nunca antes un partido había logrado llegar al gobierno con una votación popular tan baja.
  • Porque ahora sabemos que las campañas han dejado de enfocarse en sumar voluntades y se diseñan en base a un único objetivo: conservar o arrebatar escaños donde es posible sin preocuparse por ninguna otra cosa.
  • Porque por primera vez se ha hablado de vote supression y eso no es broma.
  • Porque si el sistema generaba ya desafectación entre los jóvenes, esa desafectación es más alarmante que nunca.
  • Y porque el liderazgo de los partidos intervinientes demostró (quizás con las excepciones Maxime Bernier -que no tenía nada para perder- y de Yves-Francois Blanchet -que tenía todo para ganar-) que sus lecturas de la realidad fueron, cuando menos, inocentes. Y en el peor de los casos, irresponsable.

Vanity Fair, narcisismo, y frustración

En algunas notas anteriores proponíamos mirar con atención los gráficos de los sondeos de opinión de los dos últimos años (tanto los que reflejaban intención de voto como los que mostraban preferencia por los candidatos). De ellos se desprendía con claridad que el resultado de las elecciones de 2021 no sería muy diferente al de 2019, y no lo fue.

Eso supone que la cúpula del Partido Liberal no sólo se equivocó abismalmente, sino que esa especie de Feria de las Vanidades en la que basó su política comunicativa -como si aún estuviéramos en 2015 y nos importara el color de las medias del Primer Ministro-, lo ha colocado en una situación nada envidiable. Por un lado, le será peligroso convocar a nuevas elecciones anticipadas ya que ha abusado de la exagerada self-confidence de su líder y eso podría conducirlo a otro fracaso. Por el otro, no parece estar preparado ni programática ni psicológicamente para gobernar en minoría durante cuatro años ni para conformar alianzas fraternas que se lo posibiliten. Ha demostrado que apostó todo a un sistema electoral que le posibilitaba arrebatarle apoyos a sus socios y eso, como se dice habitualmente, sin ser un crimen, tiene patas cortas.

Hay un problema (otra de las personalidades del mismo dinosaurio) en el futuro del Partido Liberal y lo ha alimentado una y otra vez él mismo. Los estrategas de campaña, con un manejo eficiente de datos,  pueden lograr que se obtenga el 47% de los escaños con el 32% de los votos, pero no son ellos quienes deben gobernar después.

La huída de un centro hiperpoblado en donde ya no hay lugar

En otras circunstancias, el esfuerzo de Erin O’toole por trasladar a su partido hacia el centro hubiera sido loable y podría haber sido exitoso, si no fuera por tres cosas que suelen olvidar quienes se proponen virajes semejantes. La primera, que el desplazamiento debe ser creíble y no estar basado sólo en negar un día lo que se ha dicho el anterior. La segunda, que el centro suele estar sobresaturado y para desplazar a quienes ya están allí, hay que conseguir que se corran hacia la izquierda (algo que el Partido Liberal sólo hace si le es estrictamente necesario). La tercera (y más importante), que un corrimiento hacia el centro sólo se puede hacer cuando existe la seguridad de que no habrá fugas en los extremos.

Erin O’Toole sabía que alguien como Maxime Bernier, que había estado muy cerca de liderar el Partido Conservador hace apenas tres años, representaría bien a ese sector del electorado de su partido conformado por quienes no aceptan las políticas de reconicilación con la población indígena, o las políticas migratorias, o la políticas medioambientales, o las políticas sanitarias implementadas para combatir la pandemia. ¿O no es evidente que esa especie de trumpismo true north también es Canadá y viene incluido en el paquete?

Y si no estaba claro cuántos eran, hoy sabemos que son, al menos, 800.000 personas. Que si están demasiado dispersas como para haber alcanzado representación parlamentaria, hicieron posible que el Partido Liberal le arrebatara al Partido Conservador los asientos que lo pudieron haber transformado en vencedor. Fue como un milagro.

Alguien pedirá pronto la cabeza de Erin O’Toole. Con o si ella el Partido Conservador intentará volver a su lugar natural para recuperar los votos que ha perdido esta vez. Eso, si no se producen cambios en el sistema electoral y el dinosaurio sigue allí cuando despertemos la próxima vez, hará probable que alcancen una de esas extrañas mayorías que en Canadá se obtienen, elección a elección, con menores porcentajes de votación.

La buena voluntad,la inocencia y la timidez

Los gráficos, volvemos a ellos, indicaban que si se exceptúa la anomalía del 2011, a lo largo de la última década el NDP ha tenido un techo de votantes propios que no supera el 20% (que no es poco), pero que entre un 3 y un 5% de ellos son sensibles al pánico que siembra el Partido Liberal cuando, al grito de ¡viene el lobo!, ¡viene el lobo!, los convoca a sumarse a sus filas. Y que esa es una barrera casi infranqueable que le impedirá crecer mientras el sistema permanece incambiado.

Alguien debió recordarle a Jagmeet Singh aquel: lasciate ogni speranza voi ch’entrate, que alcanzó a leer Dante cuando Virgilio lo guiaba hacia el Infierno. Y quizás debió haber entendido que mientras perdía su tiempo lamentando (sin necesidad ninguna) que Canadá haya quedado fuera (al menos por ahora) del nuevo acuerdo entre el Reino Unido, los Estados Unidos y Australia para incordiar a China, los minutos corrían y se acercaba el despertar a una nueva frustración. Haber hecho coincidir a su partido con lo peor del conservadurismo en un tema de tal sensibilidad no era la mejor forma de retener los votos que en esas últimas 48 horas de campaña podían estar moviéndose hacia el Partido Liberal.

Es la historia de siempre. Ese el Canadá que el NDP conoce y que, como un dinoasaurio, está siempre allí cuando despierta. El Canadá que rechaza la propocionalidad argumentando que podría permitir el crecimiento de partidos “fringe” como si todo lo que no es central resultara abominable. El Canadá que adoptó y perfeccionó un sistema electoral diseñado para funcionar con dos partidos y que poda sin miramientos todo lo que se proponga crecer por fuera. El Canadá en que el líder de un partido de gobierno que recibe el 32% de los votos emitidos (apenas algo más del 20% de los votantes calificados), puede dar un victory speech sonriendo con satisfacción y mostrándole a sus partidarios cómo pasar por la vida sin pagar los platos rotos y sin pedir disculpas.

Ese es el Canadá en el que el NDP despierta tras cada elección como si su destino no fuera otro que acompañar al vencedor. Como si fuera natural que quien ha obtenido 158 escaños parlamentarios no necesitara preguntar qué deberá ceder para conseguir los 12 que le faltan.

¿Conclusión provisoria?

Dice un viejo dicho castellano que «en el pecado está la penitencia» y hay un posible beneficio en que esta vez todos, incluso los triunfadores, hayan perdido. Es la posibilidad del sinceramiento.

La posibilidad de que quienes han perdido más (y basta ver el gráfico que acompaña esta nota para comprobar quiénes han sido) sin perder la buena voluntad pero sin confundirla con timidez o ñonería, le pongan un precio alto a lo que les ha exigido tantos sacrificios y les ha dado tantas amarguras.

La posibilidad de dar el primer paso hacia una cultura política de las coaliciones y las exigencias razonables. Como sucede en cualquier democracia sana y madura. La posibilidad de decir, por ejemplo “tendrías mi apoyo si y sólo sí te comprometieras, esta vez de verdad, como un adulto responsable, a que la próxima vez que votemos, tus votos tengan el mismo valor que los míos”. Y no ceder. Porque negociar, en política, a diferencia de lo que ocurre en el amor, no es pedir lo que el otro ya está dispuesto a dar, sino todo lo contrario: reclamarle lo que no daría si no es a cambio de algo que le será vital.

Eso lo necesitamos todos y a todos nos haría bien. Para que cuando dentro de dos, tres, o cuatro años despertemos tras una nueva elección, el Canadá que esté allí, sea mejor. Menos voraz. Menos injusto. Más amigable.

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER!

Suscribiéndote recibirás, quincenalmente, una puesta al día de las notas publicadas, los materiales periodísticos que compartimos con otros medios de la prensa canadiense y del exterior, y sugerencias acerca de actividades culturales y recreativas de tu interés.