Argentina: con un nudo en la garganta a la espera de audacia

El sacudón de dimensiones cuasi-catastróficas sufrido en Argentina por el Frente de Todos en las elecciones “primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias”, no sólo es el resultado de las penurias de todo tipo y la fragmentación social generadas por la pandemia en un país que debió enfrentarla cuando ya estaba casi sin aliento, sino también de la resignación a-histórica de un electorado al que se privó de toda épica ciudadana. .

 

Si las sorpresas dan siempre material para las preguntas y los cuestionamientos, una primera reflexión debería enfocarse en la sorpresa misma. ¿Por qué algo que debió ser tan previsible como una derrota aplastante constituyó un imprevisto? ¿Qué datos manejaba el gobierno que lo hicieron pensar que la situación no era tan grave como luego demostró ser? ¿Cómo pudo ser que hasta 3 horas después de cerrados los circuitos electorales existiera un optimismo oficial que, como se demostró de inmediato, nada justificaba? ¿Qué no vieron?

Y si esas preguntas son difíciles de responder, hay otros datos que refuerzan la intriga y hacen más compleja la interpretación: ni la oposición, ni la prensa, ni las encuestadoras, ni los analistas de la realidad política, parecían tener datos o mantener expectativas muy diferentes a las del propio gobierno.

Ni quienes desde la oposición deseaban ese resultado y trabajaban para obtenerlo, ni quienes desde el gobierno debían impedirlo, ni quienes desde una izquierda atrincherada en sí misma trataban de conservar el apoyo escaso que recogen tradicionalmente, ni quienes desde las derechas más obtusas intentaban instalar un extremismo vociferante, ni quienes hacen del análisis de estas cosas su profesión o su oficio, pudieron anticipar un resultado que los y nos dejó boquiabiertos. Eso, el propio asombro, es lo que provoca mayor perplejidad.

Es muy temprano para aventurar hipótesis y más aún cuando se hipotetiza desde tan lejos, pero es inevitable sospechar que los resultados del 12 de septiembre no son otra cosa que el latigazo anunciado de un humor social conocido pero desoído, previsible pero alejado, cuantificable pero lamentablemente naturalizado. La respuesta muda de gente sin voz y sin futuro.

El humor auto-corrosivo de un electorado fuera de la historia

Que un esperpento libertario, maleducado y sociópata haya cosechado el 13% de la votación de la Ciudad de Buenos Aires, hoy puede parecer dramático, pero su presencia casi constante en la prensa, fue durante meses y aún años un síntoma. Y no sólo un síntoma de la voracidad de poder de esa prensa, sino del estado de indefensión de un público permeable a cualquier cosa.

Que el peronismo -encargado de enfrentar la pandemia en virtual soledad- cayera por debajo de sus peores votaciones en varios de sus bastiones electorales… que el macrismo, que dejó hace apenas 2 años un país arruinado se alzara con triunfos en casi todo el territorio… que una izquierda que no suele ser más que testimonial haya podido hacer pie fuera de su relativa intrascendencia… o que haya habido circunscripciones en las que el voto en blanco alcanzó cifras mayores al 10%, son también realidades que pueden ser difíciles de digerir o de hacer coincidir las unas con las otras, pero los síntomas estaban ahí aunque la pandemia que los agudizaba los haya naturalizado hasta dejarlos fuera de la vista. Y es a esto a lo que quizás debamos prestarle más atención si nos interesa hacer el esfuerzo de entender.

El 40% de pobreza y ese porcentaje indeterminado de personas que la rozan a diario con el terror de caer en ella y no salir más, la desocupación declarada o apenas encubierta de cientos de miles, las niñas y niños que quedaron atrás porque en sus casas no había conexión o no había paz, que el horizonte de expectativas se haya reducido durante meses a ver desde el encierro la llegada de los aviones con vacunas mientras a la desesperanza real de la falta de trabajo y la inmovilidad se le sumaba el odio trasmitido constantemente por TV, fueron conformando un humor social previsible pero al parecer impalpable para quienes tomaban decisiones. Un humor desdichado, desconectado del pasado y sin futuro. Capaz de automutilarse para descargar la bronca en algo.

Marginalidad aumentada y la fuente clara del honor

Los datos, las cifras y los porcentajes de una recuperación económica a todas luces insuficiente y que no le llega a todos, la discusión vacía e interminable sobre el sentido último de la estupidez que alguien dijo ayer, las horas de permanencia en pantalla de la fotografía del desgraciado cumpleaños de Fabiola acompañada por las pobres disculpas presidenciales, las repercusiones mediáticas de la palabra garche o lo que piensan sobre su uso tirios y troyanas, han contribuído a que haya sectores del electorado que se deprenden de la historia y la realidad y se alejan -como aquellos acantilados de los que hablaba John Done-.

Esos sectores fueron perdiendo durante la pandemia todo contacto que no fuera virtual con quienes aunque estén gobernando en su nombre, se mueven, trabajan y razonan en realidades paralelas. Y en esa marginalidad «aumentada» no hay historia en la que hacer pie, y no hay lugar para el desarrollo de sueños por mínimos que sean. Allí todo está sucediendo hoy. La política es sucia porque la TV lo grita y hasta el último actorzuelo parece saberlo. Y nada que no sea mostrado una y otra vez en una pantalla como robo, o como estafa, o como decepción, o como desastre, tiene demasiado sentido.

Esa creciente a-historicidad paralizadora se promueve desde una prensa que dedica sus mayores esfuerzos a desinformar y a alarmar y desde una oposición que ha caído en casi todas las formas de deslealtad imaginables, pero también reconoce co-responsables en el elenco de gobierno. En quienes siendo herederos de un movimiento político que durante mucho tiempo se enorgulleció de saber construir no grandes utopías sino sueños módicos pero realizables, hasta el domingo pareció resignado a administrar sosegada y suavemente el desastre.

Por su parte, el pueblo, la gente, o como queramos llamar a esa entidad incorpórea e inasible en la que se asienta la democracia, tiene malos momentos, en especial cuando es ganada por la pobreza y el rencor. Como recordaba el uruguayo Alfredo Zitarrosa en Adagio a mi país, hay momentos en que «el pueblo, en su inmenso dolor, se niega a beber en la fuenta clara del honor».

La necesidad de audacia en el poder

Sería injusto reclamar que quienes se hicieron cargo de la calamidad en la que el gobierno anterior había transformado a la Argentina y se encontaron con una pandemia a tres meses de haber asumido el gobierno, lo hubieran hecho mucho mejor. Pero quizás faltó “eso” que fue característico del mejor peronismo. La capacidad de integrar los márgenes al todo y democratizar la dignidad. La capacidad de ofrecer algo más que “ayudas” limitadas a lo que los mercados admiten. La capacidad de incomodar, romper algunos cristales y proponer alternativas que ilusionen e involucren. Algo de la radicalidad y la épica de Eva (puestas al día).

Los dos meses que le quedan al gobierno de Alberto Fernández para restañar las heridas más profundas de credibilidad y confianza, estudiar el modo de no seguir pegándose tiros en el pie, detener la sangría, reposicionar un elenco de gobierno que ha estado a punto de desmenuzarse como un alfajor de maicena, y tratar de recuperar parte de los votos perdidos son, casi con seguridad, insuficientes. Y si se confirmaran los resultados del domingo, si perdiera su mayoría en el Senado, y viera disminuída su calidad de «primera minoría» en el Congreso, poco podrá hacer en los dos duros años que se le vienen encima.

Pero, en lugar de disputar acerca de quiénes son los culpables, o a quiénes hay que descabezar, o disputar agriamente el primer lugar de «quién escucha mejor al pueblo», la coalición de gobierno podría, a través de propuestas creíbles, invitar a ese porcentaje del electorado que prefirió quedarse en su casa o votar en blanco -es decir a quienes no creyeron en lo que les ofrecía la oposición-, a volver a la historia, soñar un mundo diferente, y confiar en que más allá de la angustia hay un futuro por el que valga la pena arriesgar algo.

Para eso se necesita tranquilidad pero también audacia, que es lo mínimo que se le debería reclamar a alguien con poder.

 

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