Aventuras y desventuras del viajero que inició, en Kabul, una guerra interminable (1)

Alexander Burnes, el primer viajero occidental que recorrió la “geografía imaginaria» de un Oriente Medio hasta entonces inexplorado, había nacido, qué duda cabe, para ser espía. Para recorrer paisajes abrumadores y experimentar el placer por el peligro y la violencia. Y quizá siempre supo cómo moriría o adivinó dónde: en Kabul. .

Ambiciones desmedidas y viajes extraordinarios

En un amanecer de noviembre, frío pero perfumado y teñido de infinitos tonos de rosa, Alexander Burnes despertó al escuchar voces airadas que provenían del exterior de su casa, en Kabul, y mientras se desprendía del abrazo tibio de la esclava que dormía con él y distinguía entre los gritos la palabra «traidor», supo que, finalmente, venían por él.

 

Cuando a los 16 años Alexander se alistó en el ejército privado de la Honourable East India Company, la entidad monstruosa de mil tentáculos conocida por entonces como The Company, llevaba ya 220 años operando en el sur y en el este de Asia y sus transacciones representaban la mitad del comercio mundial.

Su flota comerciaba algodón, seda, porcelana, sal, pero sobre todo té y opio, bombardeaba ciudades costeras si no aceptaban las condiciones que imponía, coronaba reyes, derribaba califas, declaraba guerras, y era, en todo el sur y el este de Asia, el sostén administrativo y militar de un British Empire creado a su imagen y semejanza. Y para alguien como él, representaba la diferencia entre vegetar en un pueblo de mala muerte o ascender socialmente y hacerse de alguna fortuna.

Alexander había nacido en una pequeña localidad de Escocia, era apenas uno de varios hijos de un miembro de la baja nobleza y sobrino del poeta Robert Burns, y como solía ocurrir con los escoceses de la época, sabía que no tenía ningún futuro en las islas. Perfidious Albion (un término acuñado varios siglos antes) nunca había sido generosa con sus vasallos del norte y en aquellos años la única forma de prosperar y trascender era servir al imperio en sus cada día más arrogantes aventuras coloniales.

Así, apenas un año después de su incorporación a filas, lo encontramos en Surat, en el noroeste de la India, como intérprete del ejército después de haber aprendido urdu, persa, y algunos dialectos de la región. Y cuando aún no había cumplido los 24 años, él mismo le propuso a sus comandantes un plan alocado y casi impracticable pero que se ajustaba a la perfección no sólo con su sed de curiosear y de servir, sino con los intereses de la empresa que lo contrataba y los de la propia corona.

La idea era nada menos que remontar el río Indo desde su desembocadura en el Mar de Arabia hacia sus nacientes en las estribaciones del Himalaya hasta llegar al casi desconocido imperio de Punjab y desde allí seguir por tierra hacia Kabul, una ciudad que por entonces ningún occidental había visto, atravesando lo que hoy es Pakistán. Desde Kabul, en donde permaneció algunos meses alojado en la corte del Emir Dost Mohammed Khan, Burnes prosiguió hacie el norte cruzando el territorio del actual Afghanistán, penetró en lo que hoy conocemos como Uzbekistán hasta otra misteriosa ciudad de la que por entonces nada se conocía, Boukhara, y desde allí dio un rodeo adentrándose en Persia y recorriendo lo que es actualmente Turkmenistán e Irán.

Aquel extraordinario recorrido, en el que Burnes y Mohan Lal, -un joven al que había conocido en la primera parte de su viaje y que lo había impresionado fuertemente-, fingieron ser comerciantes armenios que buscaban a un familiar extraviado, tenía como objetivo el trazado de mapas aproximados de los territorios que atravesaban, analizar la navegabilidad de los ríos, calcular las distancias entre diferentes ciudades, memorizar los pasos a través de los cuales el ejército británico podría invadirse el territorio desde el Sur, calcular el monto de las transacciones comerciales en los mercados que atravesaban, ganarse la confianza de los jefes tribales, y en especial conocer las intenciones de Dost Mohammed Khan, que desde Kabul controlaba toda la región.

Lo que causaba los desvelos The Company y del ejército británico, como hemos visto en notas anteriores, era que el el Emperador Alejandro de Rusia, que en 1825 había adquirido los territorios que se encontraban al norte de Uzbekistán y que estaba comenzado a interesarse en los que rodeaban las míticas Bokhara y Samarkanda, pudiera acercarse demasiado a esa montañosa y árida tierra de nadie que era por entonces Afghanistán: la última frontera entre Rusia y sus preciadas posesiones de la India.

Era (y lo es aún hoy) un complicado ajedrez geopolítico que Rudyard Kipling había denominado Great Game, y en él Burnes, a la manera de un peon itinerante, infinitamente pequeño pero intensamente dedicado a cumplir con sus órdenes y tomar notas de cuanto veía o escuchaba, jugaría un papel central y crecientemente importante.

La mirada europea y las geografías humanas imaginarias

Travels into Bokhara, A Voyage up the Indus to Lahore and a Journey to Cabool, Tartary and Persia, el libro en el que Alexander Burnes, a su regreso en 1834, relató e ilustró sus viajes, se ha vuelto a publicar en 2012 como una curiosidad bibliográfica, pero en el momento de su primera edición en Londres, tuvo un éxito verdaderamente arrollador y le deparó a su autor una celebridad inmediata. Tuvo gracias a él el reconocimiento de las Sociedades Geográficas de Inglaterra y Francia, la fortuna de haber conocido en persona al rey Edward, a la princesa Victoria y al futuro rey de Francia Louis Philippe… y además 800 libras. Mucho más de lo que él hubiera podido esperar.

En Travels into Bokhara Burnes no sólo describía paisajes hasta entonces desconocidos que movían al asombro (inmensos desiertos dorados, cadenas montañosas imponentes, desfiladeros en los que el peligro anidaba detrás de cada peña, ciudades cerradas a todo visitante extranjero), sino que creaba desde su propia mirada, y seguramente desde su propia oscura necesidad, el exotismo oriental del que una Europa fascinada estaba cada día más ávida. Alimentaba a sus lectores con la idea de un “otro” enfermizamente sensual, “moralmente decadente y vencido”, incapaz. Construía un paisaje humano -del que es un buen ejemplo la imagen elegida para esta nota, creada en su estudio de Paris por uno de los artistas franceses más famosos de su época(*)- que el colonialismo como idea y como proyecto necesitaba para poder legitimar sus ambiciones.

«The Afghans are a nation of children; in their quarrels they fight, and become friends without any ceremony. They cannot conceal their feelings from one another, and a person with any discrimination may at all time pierce their designs. If they themselves are to be believed, their ruling vice is envy, which besets even the nearest and dearest relations. No people are more incapable of managing an intrigue.»

Eso decía con arrogancia Alexander en su libro y eso querían creer sus contemporáneos, aunque el tiempo se encargaría de demostrarles (y demostrarnos) hasta qué punto estaban equivocados,

Edward Said, en su libro Orientalism, ha llamado “geografía imaginaria” a esos vastos territorios que los relatos de viajes y las novelas inspirados en ellos contribuyeron a transformar en espacios colonizables que parecían pedir a gritos ser arrasados. Como establece Said:

“Every single empire in its official discourse has said that it is not like all the others, that its circumstances are special, that it has a mission to enlighten, civilize, bring order and democracy, and that it uses force only as a last resort. And, sadder still, there always is a chorus of willing intellectuals to say calming words about benign or altruistic empires, as if one shouldn’t trust the evidence of one’s eyes watching the destruction and the misery and death brought by the latest mission civilizatrice.”

Así, el relato de Alexander Burnes no sólo contribuyó a construir el imaginario de su época, sino que tuvo una consecuencia militar inmediata: con una excusa fabricada con bastante torpeza (como suele ocurrir en estos casos) las tropas de The Company y del Imperio invadieron Afghanistán apenas finalizado el invierno de 1839, en la Primera de las tres Guerras Afghano-británicas que asolarían el país por casi un siglo. Y Alexander Burnes, como no podía ser de otra forma, iba con ellas.

En la próxima nota de esta serie veremos al ejército imperial entrar a sangre y fuego en la corte del Emir que había depositado en Alexander su confianza, y estaremos a su lado en el amanecer sereno de Kabul, cuando adormilado junto a una esclava escuchó las voces enardecidas que se acercaban a su casa gritando «traidor».

Tenía apenas 36 años y lo que pasó ese día fue apenas el prólogo de una serie de desastres de proporciones dantescas, de los que aún no nos hemos liberado.

Como escribió William Faulkner en una de las frases más citadas de la literatura estadounidense, «The past is never dead. It’s not even past.» Conocer lo sucedido con Alexander Burnes y con la guerra interminable que comenzó con sus viajes nos servirá para comprender mejor lo que estamos presenciando hoy.


 

(*) Sobre la pintura El encantador de serpientes y las razones por las cuales Edward Said la eligió como portada de la primera edición de Orientalism, Ivij Prasad presenta estas memorias en el portal indio The citizen:

«I asked Mariam Said, Edward’s wife, and she told me that the publisher – Pantheon – ‘thought the cover should be an orientalist painting. Gérome was on top of the list. They sent Edward pictures of several paintings – two by Gérome and the rest by other artists. The minute Edward saw The Snake Charmer he said this is it. It was by far the most complex and conveyed exactly what the book was about’. (…) ‘I thought the painting was amazing’, Mariam said. ‘It talks to you. Edward was very excited seeing it at last’.

The painting itself provoked discussions between Edward and the publishers. He worried – Mariam says – that the nudity of the boy ‘may not be appropriate’. But ultimately this was the painting chosen for the cover. Strikingly, Edward did not discuss Gérome or the painting in the book. It was left to the reader to decide how to assess the cover.

 

 

 

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online

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