¿Será que el primer jardín define nuestra relación con la naturaleza?

Dijo Bachelard que la primera casa que habitamos traza nuestro plano inconsciente del espacio. Y ese mapa se vuelve nuestra definición de hogar. Lo mismo ocurrirá con el jardín. .

 

Ese primer espacio verde forjará nuestra forma de acercarnos a la naturaleza. Hago esfuerzos por llegar a mi jardín original, el de la primera casa, y no lo logro. No hay que ser tan literal, consigno aquí como edén el patio de la última casa de mis padres.

Mi madre tenía mano para las matas. Aclaro que en mi familia no se usaba la palabra plantas; se hablaba de matas, matojos, arbustos, enredaderas, palos y árboles. Sembraba aquí, allá y en cualquier rincón de aquel patio, un espacio de 20 por 30 pies donde todo se le daba: quesos suizos, calateas, fittonias, nevaditos, crotos, gallegos, lenguas de vaca, vergüenzas, malas madres, helechos, varitas de San José, canarios, heliconias, amapolas, yautías. Menos las orquídeas. Un esqueje era suficiente para que en un tiesto cualquiera se diera la más hermosa planta. Latas de galletas, gomas de carros, canastas plásticas, discos derretidos: cualquier envase era bienvenido. Y así, como acto de magia, surgían brotes, nacían plantas y se abrían capullos. Las miosotis o flores de cera eran mis favoritas. A la canasta le brotaban decenas de puchas de flores blancas. No me decido en qué constituía el exceso sensorial: la textura aterciopelada, la forma nítidamente estrellada o el perfume mañanero.

Mi padre, por su parte, un Aureliano Buendía cualquiera, sembraba aquí y allá frutos y especias que cosechaba con orgullo: parchas, acerolas, culantro, ajíes dulces, gandules, aguacates y jobos. Como si fuera un terrario, el patio era la medida de sus mundos. Una mezcla de huerto y jardín. Un dejar crecer a quien se arrimara. Un encontrar belleza en cualquier variedad. Así, entre las mil matas de la madre y los cientos de plántulas del padre, se tendía la ropa, se recibía la visita, se tomaba el café, se sentía la brisa, se esperaba la noche.

Pero el orgullo de Doña Luz era su jardincito frente a la casa. Mucha paciencia se necesita para mantener viva la grama china en el calor de Bayamón. Todas las tardes de dios, mi madre la regaba y desyerbaba. No necesitaba ningún equipo en particular. Con un cuchillo de cocina y sin guantes, se eñangotaba a arrancar los yerbajos. Allí, pegados al ventanal de cristal, tenía sembrados un canario, un arbusto de musaenda y varios anturios rosados. Allí, en su vergel, ella y yo echamos los mejores párrafos mientras ella, con sus dedos artríticos, desyerbaba. Luego de su muerte, cuando las hijas vendimos esa casa, yo me llevé un hijo de anturios como memento y lo trasplanté en mi patio. Todavía hoy, las hojas acorazonadas me llevan a las tardes en que la acompañaba a regar sus matas.

Había algo de silvestre en su forma de acercarse al jardín. La palabra jardín, préstamo del francés, supone orden, diseño, planificación. Refiere a un espacio verde orquestado, donde las plantas y las flores se organizan por color, tamaño o perfume, y en el que se toman en cuenta las temperaturas y las lluvias. Hace poco aprendí que un vergel no debe tener más de siete variedades de plantas para que las hojas y las flores no compitan por la atención de sus observadores. Algo de afectación tiene esa noción del vocablo para quien, como mi madre, tiene como único afán ver crecer lo que esté dispuesto a nacer. No hay cifras ni competencias, tampoco croquis ni planos para quien el trueque de hijos, esquejes y plántulas es la forma orgánica de sembrar. A Doña Luz la animaba otra lógica paisajista: una terca capacidad de improvisar edenes en cualquier rincón.

Hace poco pasé por la casa original buscando formas de paliar los adioses, maneras nostálgicas de enfrentar el tiempo presente. Por un momento, tuve la impresión de equivocarme de lugar; aquel no podía ser el espacio donde crecí. Es curioso cómo el tiempo transforma la materia y los recuerdos. Recordaba mi hogar más grande, más alto, más lindo. Quizás el desfase sea consuelo: lo viví más grande, más alto, más lindo. Me dolió la casa. Sobre todo, extrañé el jardincito del frente. Faltaban la inmensa acacia, la grama china, los anturios, la musaenda y el canario rosado. Por suerte, carambola, cosas del destino o porque el mangó nunca cae muy lejos del palo, la borradura del edén no es total: las hojas acorazonadas me lo confirman desde la esquinita de mi patio.


 

Columna originalmente publicada en el suplemento En Rojo del portal puertoriqueño Claridad.

VANESSA VILCHES NORAT
Escritora, columnista y profesora de Lengua Española en La Universidad de Puerto Rico. Colaboradora de En Rojo, del periódico Claridad y autora, entre otros de: De(s)madres y el rastro materno en las escrituras del Yo, Crímenes domésticos y Espacios de color cerrado.

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