Perú: el nudo histórico y el poder de las lenguas/raíces silenciadas y temidas

El siguiente texto de Verónika Mendoza, antropóloga y ex-candidata presidencial refleja bien uno de los planos del conflicto histórico en que se debate el Perú de hoy: el plano de la lengua. Y pone en evidencia lo que el plurilingüismo y la interculturalidad representan como oportunidad y como desafío. .

Verónika Mendoza: antropóloga y educadora peruana con raíces familiares y culturales en Perú y Francia. Hispano, franco y quechua hablante – Ex-candidata presidencial y actual presidenta de Nuevo Perú.

 

En el Perú estamos atravesando una suerte de «nudo histórico» en el que se encuentran el inicio de un gobierno de cambio, una crisis múltiple (política, social, económica y climática), y la conmemoración del bicentenario de una República que aún no nos incluye a todos. Por eso, no es casualidad que en este último proceso electoral hayan hablado de manera tan explícita sectores que durante siglos fueron silenciados y han clamado por un cambio que no implica solo mayor redistribución o mejores servicios, sino sobre todo reconocimiento y participación.

Se abre entonces un periodo de cambios no solo institucionales sino también culturales. Y la élite que estaba acostumbrada a turnarse en el poder se resiste a dejar atrás la lógica colonial, clasista y racista según la cual decidían por sus súbditos, esos que ahora los miran a los ojos de frente, los desafían y hablan en lenguas que no entienden. Y les incomoda, como les incomoda que haya campesinos, Maitas y Quispes en los ministerios o un profesor rural en el Palacio de Gobierno.

Hablar en quechua o aimara o en alguna lengua amazónica en los espacios de poder es reivindicar nuestras raíces, nuestra historia, reivindicar a nuestros padres o abuelos que fueron duramente discriminados y violentados por vestir como vestían, por hablar en sus lenguas, es reconciliarnos con nuestro pasado, con nosotros mismos, con una parte de nosotros que muchas veces hemos tenido que negar, esconder o de la que nos hemos avergonzado en silencio. Es abrirnos al encuentro y el diálogo con la diversidad de nuestro país, ya no desde jerarquías absurdas sino desde un piso parejo, mirándonos los unos a los otros a los ojos, sin agachar más la cabeza. Es empezar a construir un Perú que nos reconozca y abrace a todas y a todos.

Verónika Mendoza

 


Las negativas empecinadas al abrazo

Perú reconoció en 1975, durante el gobierno de Velasco Alvarado la existencia de lenguas diferentes al español, en una iniciativa excepcional para la época, que tuvo a Héctor Béjar como uno de sus principales propulsores. A partir de entonces y con el avance global de políticas públicas con enfoque multicultural e intercultural, la Constitución de 1993, aún vigente pero que el nuevo gobierno busca cambiar mediante un proceso de consulta popular, aclara, en su artículo 48 que «son idiomas oficiales el castellano y, en las zonas donde predominen, también lo son el quechua, el aimara y las demás lenguas aborígenes, según la ley».

Se trata de una redacción que ha dado lugar a interpretaciones contradictorias debido al uso de la palabra “predominante”. Con la excepción de zonas geográfica, social o económicamente aisladas, el español predomina en casi todo el país, lo que en los hechos reduce muchísimo la “oficialización real” de las lenguas originarias, y eso es especialmente cierto en la región de Lima, la capital, que no sólo concentra las principales instituciones de gobierno, sino que es el asiento de Congreso.

Por esa razón, aunque Perú cuenta con 48 lenguas originarias reconocidas de manera oficial ninguna de ellas es bienvenida con sinceridad en el Congreso, lo que equivale a decir que en donde más necesarios serían los abrazos de los que nos habla Verónika Mendoza en su nota, menos se los desea.

Lo anterior se puso en evidencia en el momento en que el primer Ministro Guido Bellido, al momento de iniciar la presentación de nuevo equipo ministerial del gobierno de Pedro Castillo y pedir el voto de confianza, intentó saludar en aimara y quechua, las dos lenguas nativas con un mayor número de hablantes del país (4.000.000 y 600.000 respectivamente), predominantes en las zonas que le dieron su voto al nuevo presidente.

«Premier, como se acordó con la mesa directiva, le agradecería que traduzca inmediatamente y que no alargue su exposición en quechua», dijo la Presidenta del Congreso Maricarmen Alva, del partido centrista Acción Popular (el remanente de lo que fue una de las furzas políticas más importantes del Perú), antes de que el saludo finalizara y seguramente sin entenderlo ni poder apreciar lo que ese gesto significaba para su país.

Fue apenas un episodio de una tensa sesión en la que el gabinete presentado por Pedro Castillo fue aprobado por sólo 73 votos contra 50, lo que habla claramente de la debilidad con la que se inicia su gobierno, pero también nos revela que está llevando adelante una política de alianzas más amplia que la esperada.

Que antes aún de que se iniciaran los debates parlamentarios haya existido esa reacción rápida, perentoria y avasalladora de la Presidenta del Congreso por acallar el idioma original de millones de sus compatriotas, muestra por un lado algo ya sabido: la ignorancia y la soberbia con la que tradicionalmente se han manjado las elites perunas. Ignorancia y soberbia que, como suele ocurrir en estos casos, tienen absolutamente naturalizadas; se mueven en ellas como un pez en el agua; son estructurales.

Pero pone en evidencia también algo nuevo y alentador: quienes han estado siempre al margen comienzan a hacer oir sus voces con un orgullo por sus raíces culturales que antes les era difícil expresar. Pero además, lo hacen en un idioma que ha sido desde siempre un refugio identitario y un lugar de resistencia subjetiva. Lenguas que el colonizador no entiende… y por no entenderlas, teme.

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