Acaso una casa (casas vacías y habitación pandémica)

Las casas están ahí, pero no han estado siempre, ni están para todo el mundo, ni están de igual manera. Se sabe que han cambiado con el tiempo y la cultura desde los primeros asentamientos agrícolas, cuando nos alejamos de las primitivas cuevas. .

Sofía Irene Cardona, profesora de Literatura Española en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. Colabora regularmente en el suplemento cultural “En Rojo” del periódico Claridad en donde fue publicada esta nota. Ha publicado poesía, colecciones de relatos, crónicas y ensayos sobre la actualidad puertorriqueña.

Fueron lugares de refugio, de defensa, de almacenamiento. Se convivía con mucha o poca gente, con animales varios, con las cosechas y los primeros artefactos. Hubo casas de madera, de piedras, de barro, de paja, de lo más que abundara en las regiones. Con el tiempo también hubo otras casas más simbólicas, y pensamos la casa como figuración de otras cosas: alma, pertenencia, familia, tribu. Hay también casas que ya no están, casas que se añoran. Hay casas que no son lo que eran, casas que cambiaron para siempre.

Casas vacías, ocupar una casa

Desde niña he sentido cierta fascinación por la casas vacías. En Toa Alta había una de esas casas, cerca de titi Margó. Nos escapábamos para ir a explorar y jugábamos a que era una casa encantada. Adentro no había muebles, pero era emocionante registrar entre los pocos objetos que quedaban e imaginar el pasado de aquella casa, inventarse fantasmas y una historia. No sabíamos entonces que, con los años, las casas encantadas nos iban a sobrar.

Ahora hay casas vacías por todos lados. Casas, edificios completos. Es una visión desoladora. Ya no tiene la fascinación de las casas abandonadas de mi niñez. Algunas son interesantes, pero la mayoría son casas feas. Las hay adornadas con árboles y plantas invasoras que les otorgan un aire de ruina romántica algo reconfortante. Otras son casas que vimos ocupadas y saludables, con jardines cuidados, a la sombra de un árbol que ya no está para tapar, como una vergüenza, sus paredes ahora desconchadas y espantosas. Ya no son casas vacías, son casas abandonadas, como si las hubieran castigado por portarse mal. Encontrar casas y edificios así todos los días, en cada ruta, no ayuda a atravesar estos tiempos desastrosos. Quisiéramos que estuvieran vivas, habitadas, sanas, que alguien se apiadara de ellas y, de paso, de quienes las miramos y sentimos cerca todos los días. Una casa abandonada resuena en nuestras cabezas como una historia trunca.

Limpiar una casa vacía es, pues, como preparar un papel para un dibujo, la preparación para una nueva historia. Se hace con ilusión o con resignación. Se limpia para ocuparla, para borrar todo lo que hubo allí. Se restriega fuerte. Las paredes desconchadas se alisan y renuevan, los pisos se limpian, el moho desaparece bajo varias capas de pintura, se levanta una verja, se deshierba el patio, y poco a poco la casa vieja pierde su memoria y empieza a ser nuestra. La casa se ocupa.

Ocupar un espacio, sin embargo, es también dejar algo nuestro allí. Los gatos lo saben. Olfatean las esquinas, las nuevas cosas, buscan rastros del pasado. Criatura y espacio están presentes, distinguidos. Los gatos ocupan las casas habitándolas. Duermen en lo alto de los estantes, debajo o encima de los muebles. Pasan el rato observando, olfatean a todo el que llega para acostumbrarse a sus olores, para conocer y pertenecer.

Habitación pandémica

En el 2020 fuimos todos gatos. Bueno, no todos, algunos. Fuimos criaturas de cuevas. Comíamos, nos bañábamos, paseábamos por la casa. Olfateábamos las esquinas, nos frotábamos contra los muebles. Dormimos muchas siestas. Miramos por las ventanas. A veces nos daba un ataque y corríamos de un lado a otro. Así que en la pandemia, ocupando nuestras casas, nuestras casas, digan lo que digan los documentos, han sido de veras nuestras.

De paso, el encierro hizo más evidente la condición inhóspita de muchas residencias, ya fuera por la precariedad, el hacinamiento, la falta de armonía entre sus habitantes. También supe de lugares en los que la gente estaba acostumbrada a usar las casas solo para pernoctar, reducidas jaulas de oro o de burdo cemento, gente que vivía más afuera que adentro por distintas razones, y por primera vez se entrentaron al espacio interior, a los límites que antes difuminaba el tránsito de la rutina.

Así pues, durante la pandemia, hemos ocupado de otra forma la casa. Descubrimos qué funcionaba y qué no, si era muy pequeña o adecuada, si muy pegada a la vecina o muy bien localizada. Convivimos más apretadamente con los otros, con gatos, perros, pajaritos, iguanas, salamandras. Supimos lo que teníamos, lo que nos sobraba y lo que nos faltaba. Conocimos mejor el cambio de la sombra a lo largo del año, el alcance de la brisa (si alguna), las rutinas del vecindario.

En uno de los videos que circulaban entonces, dirigido y protagonizado en confinamiento por Paco León, se representaba a un vecino mortificado por la forzada convivencia con una vecina chacharera, muy parecida a la madre cuyas llamadas el personaje trataba de evitar a toda costa. Todo se oye en esos apartamentos, la coexistencia es forzosa y en algunos casos afortunados llevaba a reconocer la ciudad como un espacio también de comunidad. Esto, que es tan obvio para nosotros en el Caribe, acostumbradas como estamos a los desastres, era una novedad para los urbanitas. Si de algo sabemos, sobre todo después de María, es de la importancia de vivir en comunidad.

Casas sin techo

Hay también quien carga con sus cosas como un caracol con su concha y de vez en cuando se asienta al borde del camino, bajo un puente, o en una de esas casas vacías que nos desconciertan. Ocupa la casa, como ocupa el puente o el borde del camino: acumula, dispone, ordena.

Hace unos años todavía cruzaba el puente sobre la Piñero para ir a comprar pan. Nadie solía por ahí, pero yo tenía prisa. Suelo ser atrevida para cruzar algunos caminos, sobre todo si es de día y falta pan, no importan las advertencias que me hayan dado. Al otro lado del puente encontré una casa al aire libre. Alguien vivía allí, en el descanso de la escalera. Todo estaba muy bien ordenado: sus camisas en ganchos, su cama en el suelo. Sus tereques tenían el acicalamiento de una persona cuidadosa. Había atención, mimo, celo en el ordenamiento de los objetos. Aquella persona había tomado posesión de esa esquina del puente. La había ocupado. Sin duda era suya aquella casa sin techo: había marcado su territorio, guardaba sus cosas, se guarecía. Entendí que eso era precisamente una casa, el espacio que ocupas con voluntad o resignación, de buena o mala manera, el punto desde el cual transitas por el mundo.

Sigo mirando las casas vacías y, como en mi niñez, imagino y me pregunto por sus ocupantes y sus transformaciones. Descubro también que esto de fuera también es una casa, como decir un país, el lugar desde el cual el presente es una casa.

SOFIA IRENE CARDONA
Sofía Irene Cardona, profesora de Literatura Española en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. Colabora regularmente en el suplemento cultural “En Rojo” del periódico Claridad en donde fue publicada esta nota. Ha publicado poesía, colecciones de relatos, crónicas y ensayos sobre la actualidad puertorriqueña.

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