Crisis climática – La chica que nos anunció que llegaba el lobo

Corría 1972. Donella Meadows, biofísica y científica ambiental, especializada en dinámica de sistemas, estaba en su escritorio de la Universidad de Cambridge y pensaba para sí: ¿cómo será vivir de ahora en adelante, cuando todos digan que estoy loca? Hoy, que sabemos qué pasó, vale la pena recordarla. .

 

Aquella joven que sabía que sobre ella se desataría un diluvio de críticas (por lo que estaba dispuesta a decir y por ser mujer) estaba terminando de redactar un informe, Los límites del crecimiento, que el Club de Roma le había encargado al Massachusetts Institute of Technology, por entonces (y ahora) la meca mundial del conocimiento científico.

“People don’t need enormous cars; they need admiration and respect. They don’t need a constant stream of new clothes; they need to feel that others consider them to be attractive, and they need excitement and variety and beauty. People don’t need electronic entertainment; they need something interesting to occupy their minds and emotions. And so forth. Trying to fill real but nonmaterial needs-for identity, community, self-esteem, challenge, love, joy-with material things is to set up an unquenchable appetite for false solutions to never-satisfied longings. A society that allows itself to admit and articulate its nonmaterial human needs, and to find nonmaterial ways to satisfy them, world require much lower material and energy throughputs and would provide much higher levels of human fulfillment.”

No todos la consideraron loca, afortunadamente, sino apenas excéntrica, algo tóxica, y peligrosamente pesimista. Los límites del crecimiento sólo convenció, en el momento de su publicaciónn, a quienes estaban dispuestos a considerar como posible una idea que hasta entonces no estaba presente en la imaginación de casi nadie. Estábamos próximos a alcanzar un punto de no retorno, y si deseábamos evitar una catástrofe ambiental a escala planetaria en las próximas décadas deberíamos ser capaces de procesar cambios culturales drásticos, entre ellos, dejar de creer que el crecimiento era un objetivo posible o siquiera deseable.

Deberíamos dejar de consumir cosas, alimentos, agua y energía del modo incontrolado en que lo hacemos. Dejar de acumular objetos destruyendo lo que nos sustenta y cuestionar todos los supuestos que nos llevaron a esta encrucijada. Donella Meadows, fue, en cierta forma, una Greta Thungberg de una época en la que aún estábamos a tiempo. Alguien que en lugar de reprocharnos en nombre de quienes son hoy adolescentes, lo que hemos hecho con el planeta en el que deberán vivir, nos advertía de las consecuencias que tendría, para nuestros hijos y nietos, lo que estábamos haciendo.

En los casi 50 años que nos separan de aquella primera y clarísima advertencia, los planteos de Meadows se fueron abriendo paso primero entre sus colegas del medio académico y luego en la opinión pública.

Mientras, se fueron cumpliendo todas y cada una de las advertencias de aquel primer informe a medida que la humanidad, por un lado, iba cobrando conciencia de la magnitud del problema que había generado, y por otro se negaba, una y otra vez, a desviarse un sólo centímetro del camino que la lleva hacia el fracaso.

Hace apenas 2 días, el 9 de agosto, nos despertamos con las portadas de los principales periódicos y portales online tapizados con fotografías de incendios forestales de una voracidad incontenible, glaciares que dejan de ser eternos y devienen corrientes de agua turbia, o innundaciones que destruyen viviendas e infraestructura urbana en donde todo parecía estar ordenado y bajo control.

Un informe que no deja lugar a dudas

A pocas semanas de la cumbre del clima COP26 en Glasgow, Reino Unido, el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), el organismo de la ONU que investiga y monitorea el clima, publicó un informe que ya no deja lugar a dudas con respecto a la gravedad de la situación, a la que califica de irreversible, y a la responsabilidad que a nuestros modelos de desarrollo les cabe en la crisis que atravesamos.

La temperatura media de nuestro planeta se ha elevado 1,09 ℃ desde 1850, cuando se comenzaron a manifestar los primeros efectos de la Revolución Industrial hasta nuestros días y muchos cambios a los que ese aumento ha dado lugar, como el derretimiento de las masas de hielo polar o los glaciares, son ahora prácticamente irreversibles o al menos serán imposibles de revertir en los próximos cientos y aún miles de años.

Hay una conclusión inequívoca: ya no hay lugar a dudas con respecto a nuestra responsabilidad en la crisis que estamos comenzando a atravesar. La suposición de que los cambios que se han estado verificando sean naturales y que por lo tanto fueron inevitables es simplemente falsa. El IPCC reconoce el papel de los cambios naturales en el clima de la Tierra pero ha encontrado que 1.07 ℃ del 1.09 ℃ de calentamiento se debe a los gases de efecto invernadero asociados con las actividades humanas.

Otro aspecto sobrecogedor del informe es la magnitud y la amplitud de la crisis generada por la actividad humana, ya que abarca todos los continentes y los océanos. Todas las franajas climáticas y la atmósfera. La temperatura de la superficie global se ha calentado más rápido desde 1970 que en cualquier otro período de 50 años durante al menos los últimos 2.000 años, y el calentamiento ha alcanzado profundidades oceánicas por debajo de los 2.000 metros.

Un mensaje que debimos haber escuchado

Cuando Donella Meadows escribía en 1972 su informe para el Club de Roma y se preguntaba a si misma cómo podría seguir viviendo si sus advertencias eran tomadas como las de una lunática, estaba realizando uno de los ejercicios de prospectiva más asombrosamente ajustados que podamos concebir. Pero no hemos sabido estar a su altura.

Y cuando en 2002 se le encomendó hacer un update de aquel primer informe, sus conclusiones no fueron muy diferentes a las que ha llegado ahora el grupo de expertos internacionales cuyos hallazgos parecen conmovernos como si de una sorpresa se tratara.

En el prólogo de aquella actualización y antes de adentrarse en las cifras duras nos decía:

“We don’t think a sustainable society need be stagnant, boring, uniform, or rigid. It need not be, and probably could not be, centrally controlled or authoritarian. It could be a world that has the time, the resources, and the will to correct its mistakes, to innovate, to preserve the fertility of its planetary ecosystems. It could focus on mindfully increasing quality of life rather than on mindlessly expanding material consumption and the physical capital stock.”

“Sustainability is a new idea to many people, and many find it hard to understand. But all over the world there are people who have entered into the exercise of imagining and bringing into being a sustainable world. They see it as a world to move toward not reluctantly, but joyfully, not with a sense of sacrifice, but a sense of adventure. A sustainable world could be very much better than the one we live in today.”

En Glasgow, dentro de 2 meses, quienes manejan el poder del mundo, volverán a decirnos que comprenden y que están preocupados… y una vez de regreso en sus países posiblemente seguirán por la senda acostumbrada, que es la que les ocasiona menos problemas.

Como la propia Donella nos enseñó en otro de sus textos: Thinking In Systems: A Primer:

«…governments around the world respond to a signal of faltering GNP by taking numerous actions to keep it growing. Many of those actions are simply wasteful, stimulating inefficient production of things no one particularly wants».

«If you define the goal of a society as GNP, that society will do its best to produce GNP. It will not produce welfare, equity, justice, or efficiency unless you define a goal and regularly measure and report the state of welfare, equity, justice, or efficiency».

«No one can define or measure justice, democracy, security, freedom, truth, or love. No one can define or measure any value. But if no one speaks up for them, if systems aren’t designed to produce them, if we don’t speak about them and point toward their presence or absence, they will cease to exist».


 

 

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