Héctor Béjar: el inesperado canciller que irrumpe en nuestro laberinto

«No me importa si Pedro Castillo sabe o no sabe gobernar. Seguramente no sabe, pero yo –personalmente– quiero verlo en el Palacio de Gobierno, porque creo que esto significaría un cambio histórico en el Perú».

 

Quien se arriesgó a decir algo así, a razonar no en términos de urgencias inmediatas sino de perspectiva histórica, es un recuerdo vivo de un continente distinto y de una generación desangrada. . Un hombre que ha sabido acumular en sus espaldas 86 años. Un sobreviviente de las utopías y de la Guerra Fría.

Alguien que siendo muy muy joven, en 1966, desde una prisión oscura y perdida, escribía sobre su país y comenzaba, en el primer capítulo, imaginándolo desde una perspectiva inusual para la época y sobre todo para alguien en su situación de encierro: desde el espacio.

«En la región occidental de América del Sur, debajo de la línea ecuatorial, a manera de un riñón bañado por el Océano Pacífico, se encuentra el Perú. Una configuración abrupta y difícil caracteriza al escenario geográfico. Si alguien pudiera elevarse a una altura espacial distinguiría como el fenómeno natural más notable, la imponente cordillera andina que lo atraviesa de norte a sur, cual un espinazo gigantesco».

Ese hombre, que se caracterizó durante todo su vida por una capacidad inusual para adopotar perspectivas diferentes y arriesgadas, para ubicarse frente a realidad como frente a un panorama, acaba de asumir funciones como Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, para horror de quienes como Mario Vargas Llosa -desde su empleo de neo-aristócrata pedante en Madrid-, o como Ivan Duke -enquistado en su feudo paramilitar en Bogotá-, habían colocado todas sus esperanzas en un triunfo electoral (real o imaginado) de Keiko Fujimori.

Héctor Béjar Rivera, es hoy un reconocido abogado, sociólogo y artista plástico, catedrático de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y de la Pontificia Universidad Católica del Perú, pero en los años 60 del siglo pasado, fue parte de aquel intento iluso, descomunal y posiblemente descabellado que pretendía para Latinoamérica una «segunda y definitiva independencia».

El poeta Javier Heraud, muerto en combate cuando tenía apenas 21 años, en enero de 1963, el que escribió:

No deseo la victoria.
La victoria es siempre pasajera,
no queda después  sino la muerte,
el regocijo, el gozo falso de la vida:
una hierba caída sobre el hombro,
un refugio que aguarda su retorno,
un escondido llanto después de la
batalla…

había fundado, junto al hoy Canciller del Perú, el Ejército de Liberación Nacional y juntos habían intentado levantar en armas a los campesinos de la frontera peruano-boliviana.

Béjar sobrevivió, fue capturado tres años después, estuvo detenido entre 1966 y 1969, fue amnistiado en 1970 y pasó a ser una de las cabezas del Sistema Nacional de Movilización Social (SINAMOS) durante el gobierno del general Juan Velasco Alvarado, para posteriormente, hace 43 años, fundar el Centro de Desarrollo y Participación (CEDEP) una de las principales organizaciones no gubernamentales peruanas.

Paralelamente a su actividad docente fue representante de América Latina ante el Comité Global del Llamado Mundial a la Acción contra la Pobreza, miembro del Directorio de la Fundación GCAP (Global Call), representante en el Perú de la Red Internacional No Gubernamental Social Watch y director de la revista de ciencias sociales Socialismo y Participación. Una vida agitada, fructífera, comprometida con su país y con su gente… y larga.

Mucho tiempo transcurrió desde aquel primer libro escrito a escondidas en la prisión hasta su último trabajo Vieja Crónica y Mal gobierno, y todo lo acumulado en esa larguísma trayectoria se deja ver en el mensaje con el que Héctor Béjar comenzó esta nueva y sorpresiva aventura.

Los mensajes claros de un extraño Canciller

En su discurso de asunción del cargo, quizás el menos protocolar y el de mayor densidad programática de los pronunciados ese día, Béjar delineó no sólo un Perú posible sino, sobre todo, una Latinoamérica necesaria.

Dejó en claro, por ejemplo:

– que para el nuevo gobierno, a diferencia de lo que el país conoció hasta hoy, las alianzas prioritarias serán las que incluyan a los países de la región, lo que implica un mensaje claro al gobierno de los EEUU pero también al gobierno de Canadá (comprometido con algunas de las empresas mineras que más daño ambiental han provocado en el Perú),

– que la participación en el Grupo de Lima, desde el que durante todo 2019 se intentó intervenir en Venezuela y que en octubre de ese año apoyó activamente un golpe militar en Bolivia ha marcado el momento más triste y vergonzoso en la historia de las relaciones internacionales del Perú.

– que en lo internacional acompañará las visiones duramente críticas de México y Argentina respecto a la OEA y al papel que la organización ha jugado a lo largo de toda su historia,

-que apostará por revitalizar la UNASUR, hoy casi desaparecida gracias a los esfuerzos de gente olvidable,

– que desde Perú se acompañarán los movimientos que en América Latina reivindican los derechos de los pueblos originarios, las minorías y las mujeres (en clara contradicción con algunas expresiones desafortunadamente conservadoras del propio Pedro Castillo y de su controvertido Primer Ministro),

– que se impulsarán de inmediato en Perú los Acuerdos de Escazú, referidos al Acceso a la Información, la Participación Pública y el Acceso a la Justicia en Asuntos Ambientales en América Latina y el Caribe, un tema no menor, si tenemos en cuenta la necesidad de que nuestras sociedades comiencen a tomar los temas ambientales en sus manos.

Observadas en su conjunto, se trata de propuestas que, como un eco lejano pero aún vivo de aquellas que hicieron latir el corazón del Béjar veinteañero, pretenden desactivar los modelos coloniales y de dependencia de nuestro continente/laberinto. La novedad, sin embargo, es que en ese marco de propuestas comienzan a estar presentes los llamados «derechos de tercera y cuarta generación», que no formaban parte de la plataforma original de Juan Castillo.

El largo camino entre los sueños y la realidad

Los primeros días de Juan Castillo en el gobierno han sido inseguros y hasta se podría decir torpes. Con afirmaciones que contentan a algunos aliados circunstanciales pero le alienan el apoyo de otros. Con el nombramiento de un Primer Ministro que cosecha repudios merecidamente. Con ministros que se alejan antes de haber asumido y regresan al día siguiente. Sin que esté claro aún si el presidente estará en condiciones de construir un poder propio.

No tiene ni tendrá mayorías parlamentarias y está inmerso en una cultura política signada por las lealtades difusas. Debe conciliar posturas e intereses que nunca han aceptado ser compatibles y que están más fragmentados que nunca. Enfrenta una oposición exaltada, peligrosa y (de acuerdo a lo que se comienza a saber) paramilitarizada. Afectará, si lleva adelante los cambios que se propone, intereses transnacionales que saben ser inflexibles y crueles. Y como si todo eso fuera poco, su promesa de encarar una reforma constitucional que incorpore a la sociedad peruana a los grupos indígenas y campesinos que el colonialismo dejó siempre al margen de la historia, dificultará aún más su permanencia en el gobierno de un país acostumbrado a cambiar de presidentes como de camisa.

Pedro Castillo, un profesor rural llegado al gobierno con el voto de los pobres y los marginados de piel oscura, no parece tener fuerza, ni estructura, ni los apoyos necesarios como para intentar con éxito todo lo que se propone, y le será difícil transitar los años por venir sin que a las elites peruanas se les ocurra retirarlo cuando resulte ser demasiado molesto.

Sin embargo, escuchando el discurso inaugural de Héctor Béjar, alguien que nunca se conformó con la comodidad de ser una leyenda ni se limitó a ver el mundo desde su limitada condición de «hombre, blanco, universitario», alguien que a los 86 años conserva la fe, el valor, la entereza y las ilusiones, podemos abrir un compás de esperanza y confiar en que de algún modo sea posible que en el futuro próximo el Perú sea tocado por la magia y todo cambie.

Mientras el futuro llega

Mientras ese futuro llega, y para que quien no pudo siquiera imaginar nuestro presente no quede tan atrás, podemos recordar/imaginar al Javier Heraud de 18 años que en 1960 se preparaba, junto a su amigo Héctor, para emprender el largo camino que a él lo dejó con el pecho atravesado en medio de un río de la selva boliviana y a Béjar lo trajo hasta aquí.

Un día me alejé de casa
Dejé a mi madre en la puerta
con su adiós mordiéndome los ojos.
(Mi hermano, el pequeño,
no comprendía nada y creía
que volvería pronto).
Yo sabía que ese viaje era
para mucho
y por eso abracé bastante
a mi padre y saludé
futuros matrimonios de mis hermanas.
El carro ya partía,
me fui, me marché, me largué
rápido de casa.
No quise despedirme de Amaranta
porque «el tiempo del amor no vuelve más».
Yo lo sabía,
y así entre amargura y desconsuelo,
me marché una tarde,
abandoné todo,
mi patria, mi país, mi casa,
«el mundo que a escondidas miro».
Y así llegué a La Habana,
recordando episodios transcurridos
entre cantos y risas.

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