Sopaipillas, sorpresas y grandes alamedas en el Chile post-estallido y post-pandemia

Cuando tres días antes del 18 de julio se divulgó el video, aparentemente intrascendente, de Gabriel Boric comiendo «casualmente» sopaipillas con Paula Narváez, los dioses dejaban ver algunas de sus cartas marcadas. . La izquierda y la derecha elegirían a sus candidatos, todos nos sorprenderíamos mucho, y las aguas del estallido podrían re-incorporarse a un cauce previsible… Pero ¿será así? .

En ese volver de las aguas a su cauce, un hombre que no pudo dejar de serlo se reveló en toda su masculina y marxista ingenuidad, una mujer que estaba fírmemente asentada en donde debía estar se vio súbitamente columpiada en el vacío, un partido sin norte aparente pudo volver a respirar, los y las analistas pensaron para sí ¿cómo explico ésto? y un abogado inesperadamente joven bajaba de su ciprés en Magallanes para iniciar una Larga Marcha hacia el gobierno de la nueva-nueva-Nueva-Mayoría.

Todo lo que vimos en las elecciones internas de los bloques electorales que las disputaron, tanto a derecha como a izquierda, puede ser leído como una dramática sucesión de “si no hubiera sucedido ésto, no podría haber pasado aquello” y en Diálogos trataremos de enfocar algunas de esas extrañas circunstancias que explican los inesperados resultados.

Una masculinidad a destiempo y a-histórica

Si Daniel Jadue, el candidato del Partido Comunista que competía con Gabriel Boric (el representante de un empobrecido Frente Amplio) en las elecciones internas del bloque de izquierda, no hubiera cometido el error, infaltablemente masculino, de circunscribir la disputa de ese espacio a una elección entre un hombre maduro, firme, convencido, leal a los suyos y con sobradas muestras de liderazgo (él mismo) y otro hombre de menor peso, menor carisma, menos tetosterona y sobrada inexperiencia (Gabriel Boric), todo habría sido diferente y su triunfo, que las encuestas daban por seguro, habría sido inevitable.

Si la interna de la izquierda hubiera tenido la sabiduría de haber incorporado otras opociones más hacia el centro, o más independientes, o lideradas por una mujer, o que mostraran la presencia de los pueblos originarios, la votación del bloque habría sido mayor, habría estado más dispersa y el voto de los adherentes y simpatizantes comunistas, más discplinado y concentrado, les habría dado una mayoría segura.

Lo que no estuvo en sus cálculos fue que en el Chile post-estallido la masculindad ya no es lo que era. Y la experiencia tampoco. Quizás ni siquiera percibió (¿y su equipo no fue capaz de hacérselo notar?) que en un momento en que está en tela de juicio todo lo tradicional, todo lo que tenga olor a pasado, limitar las opciones a dos hombres, ambos blancos, ambos universitarios y ambos provenientes del sistema político, aumentaba inexorablemente las chances del más débil. Que por diferentes razones terminó acumulando más apoyos que cualquier candidato o candidata en elecciones primarias anteriores.

Ser comunista, seguramente no ayudó a Jadue y la previsible y abrumadora hostilidad de la prensa tampoco, pero eso ya formaba parte del paquete. El error de base fue suyo y quien más deberá lamentarlo es él mismo.

Una mujer ubicada magistralmente al borde del vacío

Yasna Provoste, actual Presidenta de la Cámara de Senadores, que no competía ni en el espacio de la izquierda ni en el de la derecha, lo tenía todo para poder aspirar a un pasaje a la segunda vuelta.

Dejemos de lado su nombre, el más bonito de todo el espectro político chileno (y dejémoslo de lado aunque esas frivolidades cuentan…) Es inteligente, es mujer, es joven, no es rubia ni se tiñe el pelo de amarillo, pero además el estallido y el post-estallido la posicionaron como la senadora más progresista de un partido, el Demócrata Cristiano, casi condenado a no zafar jamás de un consevadurismo apolillado y sin propuestas que no sean las del status quo.

Ella, en cambio, supo apartarse a tiempo de toda esa tradición abúlica y contó con la inesperada bendición de la matrona de la DC, Carmen Frei. Por propia decisión no debió pasar por el agotador proceso de internas de lo que sería un bloque de centro, porque era la mejor ubicada para representar ese espacio que suele ser, en momentos de incertidumbre, el espacio hacia el cual confluyen los electores.

Y más a su favor aún, la polarización previsible entre Jadue, un rojo con look bolchevique y ascendencia palestina y Lavin, el pulcro y desangelado candidato neoliberal que era previsible que triunfara en el espacio de la derecha, le dejaba toda una ancha avenida del medio por la cual caminar sin tropiezos ni baldosas flojas hacia el éxito.

Sin embargo, el «sopaipillazo» (para usar una expresión acuñada por Pamela Giles, a la que volveremos), los errores de Jadue que ayudaron a empujar a Boric hacia un triunfo resonante, y la irrupción de Sebastián Sichel, un convidado de piedra proveniente de su propio partido en la elección interna de la derecha, han estrechado el centro hasta un grado que nadie podía prever hasta ahora, y la han colocado a ella al borde de un vacío en el que le resultará difícil (aunque no imposible) no caer.

La ventaja de comenzar a pelear cuando está todo perdido

Nadie podía apostar por el futuro político de Paula Narváez. Y no sólo su futuro estaba en riesgo, sino que su presente tampoco resultaba alentador. Para espectadores desprevenidos, la mesa con restos de sopaipillas y un montaje comunicacionalmente desprolijo pudo ser apenas un tropiezo de campaña. Para otros, ha de haber pasado totalmente desapercibido. En el video, de muy pocos segundos, se ve una candidata socialista sin esperanzas ni encanto personal sonriendo junto al candidato llamado a ser la figura secundaria de una coalición de izquierdas encabezada por Daniel Jadue. Las imágenes representaban apenas nada… Un deseo de protagonizar otra cosa. Un intento por dar muestras de una convergencia futura entre perdedores intrascendentes… Poco más.

Sin embargo, para quien los haya visto con la distancia suficiente y sin apasionamiento, la escena del 15 de julio anunciaba otra cosa: “Yo, Paula, que llegué hasta aquí por obra y gracia de Michelle Bachelet, tengo una parte interesante de los votos que necesitará el domingo el candidato destinado perder para torcerle la mano al candidato destinado a ganar. Los otros votos, ya se los regaló a este simpático joven que me acompaña, el propio Jadue cuando se desnudó, con franqueza y valor, en la TV. Pero éstos votos salen desde la entraña misma del Partido Socialista y de esta mesa desordenada y «casual» podría nacer, como el Ave Fenix de entre las cenizas, una nueva-nueva-Nueva Mayoría que todos tendrán que tener en cuenta a partir de hoy”.

Si la apuesta de la Democracia Cristiana era que su candidata (potente y bien ubicada en las encuestas) liderara una coalición de centro en la que el avejentado Partido Socialista dejara caer a la suya (débil y con poca sustancia), parecen haber hecho mal sus cálculos. Las migas de las sopaipillas, para quien se atreva a leerlas como si se tratara de borra de café, anuncian otra cosa.

Los peligros de la centralidad y los riesgos de los extremos

Cuando el 26 de marzo de 1971 se dio a conocer en Uruguay el Frente Amplio, aglutinando desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Comunista, desde sectores desprendidos de los partidos «burgueses» hasta grupos vagamente anarquistas, desde militares de prestigio hasta formaciones guerrilleras, nacía una experiencia inédita, extrañamente exitosa y estable, que ha permanecido más o menos incambiada desde entonces.

Esa estructura política que lejos de ser una coalición electoral fue más bien un “estado del alma”, soportó una dictadura de 12 años y la ilegalidad y la persecución consiguiente sin romperse. Administra desde hace casi 30 años la ciudad que alberga a la mitad de la población total de un país que gobernó durante 15 años. Y pese a un cúmulo de desaciertos fue derrotada, en 2019, por apenas un 1% de la votación total.

Pero las experiencias no son trasladables de un país a otro. Las condiciones geopolíticas y culturales que posibilitaron esa coalición de todas las izquierdas en el Uruguay de hace medio siglo, no son las del Chile de hoy. Las lealtades y los acuerdos no son moneda corriente que uno se encuentre a la vuelta de cada esquina. Es necesario resignar poder, limar propuestas para que la centralidad y los extremos se encuentren y se reconozcan parte de lo mismo, y sobre todo tener más apetencia de compañerismo que de liderazgo. La política suele ser más feroz que eso. Y más torpe.

Si se pudiera anticipar un escenario de tres tercios en Chile y con los resultados de los bloques de izquierda y de derecha a la vista, se podría aventurar que la contienda en octubre se dará entre un programa de centro izquierda y un programa de centro derecha que minimizará las posibilidades del centro, y que se dirimirá en noviembre con una ventaja para el espacio de centro izquierda.

Sería una centroizquierda renovada por el estallido y por la pandemia, menos propensa que las anteriores a deslizarse hacia el conservadurismo fácil y las políticas mercado-friendlies, más feminista, más diversa y plurinacional, en concordancia con lo que serán esas mismas características aplicadas a la nueva constitución. Sobre todo si tenemos en cuenta que en la Asamblea Constituyente que trabajará paralelamente al desarrollo del proceso electoral ya comienza a ser perceptible una alianza entre el Partido Socialista y el Frente Amplio.

Amplias alamedas y sueños rotos

Sin embargo no sólo no es impensable sino que no resultaría extraño que los dos bloques que hoy estamos viendo como hegemónicos se fragmenten

José Antonio Kast ya ha anunciado, desde la derecha más recalcitrante y tardo-pinochetista, que se presentará en noviembre para competir en ese espacio con Santiago Sichel, empeñado en mostrar un rostro humano tras el fracaso absoluto del modelo que condujo al estallido y la debacle.

Sichel conectará bien la derecha que desea (y no sabe bien cómo) modernizarse, con su electorado (que no sabe bien por qué)… pero si Kast le arrebata el apoyo de quienes todavía quieren ser fieles a lo salvajemente liberal, se producirá una situación paradojal.

La competencia de las derechas minaría las posibilidades de que Sichel llegue a noviembre y potenciaría la eventualidad de que Yasna Provoste sea quien compita en segunda vuelta con la centro-izquierda de Gabriel Boric, en un escenario que ya no le será favorable sino que le será decididamente adverso.

Gabriel Boric seguremente vencería en segunda vuelta a Sichel gracias a los votos del centro, pero le será difícil derrotar a Yasna Provoste si ésta cuenta con la suma de toda la derecha.

Pero esa posibilidad, aunque ya anunciada, es menos riesgosa que otra, de la que casi nadie habla todavía aunque se pueda sentir que está en el aire.

La falta de visión de Daniel Jadue para incorporar a los independientes y a las mujeres a las primarias del bloque de izquierdas, sumada al corrimiento hacia el centro que Boric (deseándolo o no) deberá protagonizar si quiere contar con el apoyo del Partido Socialista, crearán un vacío a su izquierda en el que alguien podría ver una oportunidad… Los inspiradores de la Lista del Pueblo, por ejemplo, que tan buen desempeño tuvieron en la elección de constituyentes. Si eso sucediera, estaríamos asistiendo a una de esas frecuentes canibalizaciones a las que las izquierdas de todo el mundo son propensas.

Crucemos los dedos. Han quedado muchos ojos por el camino y ha sido mucha la furia justamente desatada, y quizás eso ayude a la izquierda chilena para que eso (las fantasías de liderazgos alternativos) no los ciegue. El heroísmo incorporado casi como por arte de magia a una institucionalidad que se había vaciado de toda épica, la irrupción de los jóvenes, las mujeres y la multinacionalidad a la política, y el descrédito de la doctrina neoliberal que nació precisamente en Chile, deberían darle a las fuerzas del cambio la sabiduría y la capacidad de negociación como para no balcanizarse y poder entrar en el mundo post pandémico y en la realidad post-estallido, no sólo con una nueva constitución sino hermanados y con dignidad.

Hay un camino que conduce hacia las grandes alamedas del discurso final de Salvador Allende y otro que lleva directamente hacia el Bulevar de los Sueños Rotos y son increíblemente parecidos, pero toda nuestra América necesita que no confundamos, ingenuamente, uno con el otro.

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