Cuba, Haití y las niñas pobres invitadas al picnic del Tío Sam

Creo que Dios, con maestría e infinita sabiduría, está preparando a la raza anglosajona para un momento que seguramente llegará en el futuro del mundo. Esta raza se expandirá por México hacia Centro y Sud América, hacia las islas del mar, hacia África y más allá. ¿Y puede alguien dudar que el resultado de esta competencia de razas será la supervivencia de los más aptos? .

Vale recorrer toda la cita, porque leída hoy, si bien es asqueante, tiene cierta gracia y cierta utilidad.

Creo que Dios, con maestría e infinita sabiduría, está preparando a la raza anglosajona para un momento que seguramente llegará en el futuro del mundo.
Hasta ahora siempre ha existido en la historia del mundo, una tierra relativamente desocupada hacia el Oeste, en la que los hacinados países del Este han vertido sus excedentes de población. Pero (…) no hay más mundos nuevos. Las tierras cultivables desocupadas del planeta son limitadas y pronto tendrán dueño. Se acerca el momento en que la presión de la población sobre los medios de subsistencia se sentirá aquí como se siente ya en Europa y Asia. Entonces, el mundo entrará en una nueva etapa de su historia: la competencia final entre las razas, para la cual los anglosajones estamos siendo educados. Mucho antes de que lleguemos a ser mil millones, se impondrá la poderosa tendencia centrífuga, inherente a nosotros y fortalecida en Estados Unidos. Entonces, esta raza de energía inigualable, con toda la majestad de los números y el poder de la riqueza detrás suyo, la representante de la libertad más amplia, el cristianismo más puro, la civilización más alta, que ha desarrollado rasgos peculiarmente agresivos calculados para imponer a la humanidad sus instituciones, se extenderá sobre la tierra. Cuando eso suceda, esta poderosa raza se moverá hacia México, hacia Centro y Sudamérica, hacia las islas del mar, hacia África y más allá. ¿Y puede alguien dudar de que el resultado de esta competición de razas será la supervivencia del más apto?

Por alambicado y extemporáneo que suene el lenguaje usado por el bueno de Josiah Strong, el pastor anglicano autor del clásico “My Country”, con el que se formaron generaciones de docentes, políticos, militares y clérigos estadounidenses, o por ingenuas y malignas que nos puedan parecer hoy las ilustraciones de la Puck Magazine como la que acompaña esta nota, es imposible no escuchar, en este mismo instante, el eco todavía ensordecedor de toda aquella liturgia neo-imperial que los (y nos) envenenó durante un siglo y medio.

Si hoy, a duras penas y a golpes de fracasos y decepciones, están aprendiendo a despojarse del palabrerío supremacista con el que adobaron toda la soberbia y la agresividad que los transformó en un peligro continuo para todos los que tuvieran intereses contrapuestos o tuvieran colores de piel diferentes al suyo y ya no se escuchan tan a menudo cosas como “destino manifiesto” o “superioridad moral” o “raza elegida”, y aunque ya no sea corriente ver representaciones de la realidad tan gloriosamente malintencionadas como las de la revista ilustrada Puck, que cinceló durante muchos años los sueños de la «civilización americana», los resultados saltan a la vista y como dice el texto bíblico: “por sus frutos los conoceréis”.

Y dado que no es posible prestarle atención a todos los frutos de ese gigantesco árbol a la vez, observemos los dos que por diferentes razones han tenido el raro privilegio de llegar a los titulares de la prensa en estos días.

Haití, una fruta envilecida y vaciada por dentro

Hace apenas días, una de las dictaduras más abominables de la tierra, que se sostiene hace más de 100 años con brevísimas interrupciones gracias al respaldo norteamericano, que ha empobrecido a su país hasta hacerlo figurar entre los 3 más desgraciados del planeta, asistió a una nuevo y vergonzoso capítulo de su historia.

Pero no fue el pueblo haitiano, a pesar de todo lo que hizo, quien se sacó de encima al empresario bananero al que sus amigos blancos habían puesto y mantenido al frente del negocio a través de la intimidación y el fraude. Le costó a la oposición haitiana decenas de muertes en estos dos últimos años intentar conseguir, por medios democráticos, lo que los verdaderos dueños del país consiguieron en media hora de carnicería y brutalidad dignas de las peores pulp fictions.

En esta época de tercerizaciones y “contractors” de los que nunca se sabe si pertenecen o no al most powerful army in the world, un presidente que anunció que su país estaba de regreso en el mundo y que se sentaría nuevamente a la cabecera de la mesa, no tiene por qué ensuciarse las manos con sangre de sirvientes negros cuando de lo que se trata es de sacar a uno díscolo para colocar a otro más obediente. Lo hicieron en 1915 cuando se adueñaron definitivamente de la isla, y lo que diferenció esta remake de las versiones anteriores es la torpeza, que comienza a ser una costumbre.

Para eso surgió aparentemente ¿de la nada? (y sin que ninguna agencia de inteligencia de las que tanto abundan pudiera detectarlo) un comando de asesinos vinculados estrechamente al ejército colombiano, entrenados por EEUU y contratados por un empresario venezolano afincado en la Florida. Un venezolano que si no tuvo el ánimo necesario como para invadir a su propio país en 2019, cuando otro presidente norteamericano los azuzaba y pretendía elegirles gobiernos interinos, sí pudo hacer matar a un bruto caído en desgracia en Haití: un ex-paraíso perdido en la nada colonial. Un país creado por esclavos a los que jamás se les perdonó la insolencia de haber querido ser independientes y para colmo, libres. Envilecido en nombre del libre comercio. Al que ya le han sacado casi todo lo que había, y que sólo nos importa cuando sucede algún desastre.

Cuba, una niña traviesa castigada por no decir que sí

La imagen que hemos elegido para acompañar esta nota, Uncle Sam’s Pic-nic, es de principios de 1898. Precisamente el año en el que EEUU decidió intervenir (e interrumpir y abortar) los procesos de independencia de Puerto Rico y Cuba, transformando a la primera en colonia hasta hoy (y a sus habitantes en no-ciudadanos), y adueñándose de la segunda y manejándola a su antojo hasta 1959.

Las niñas ilusionadas, descalzas y oscuritas (y hoy lo sabemos, desafortunadas y condenadas a ser carne de segregación y desprecio por el tiempo por venir) piden que el Tío Sam las suba “amorosamente” al carrito embanderado y las lleve a su pic-nic civilizatorio. Son Puerto Rico, Cuba , Filipinas y Centro América, tal como auguraba Josiah Strong en su texto, unos años antes.

Entre ellas no está Haití, por supuesto, porque en el imaginario del mundo blanco tanta negritud en un mismo vehículo con los otros niños era inimaginable hasta como alegoría.

Pero volvamos a Cuba, porque es otro de los frutos a partir de los cuales es posible conocer el árbol, tallado intelectualmente por personajes como Josiah Strong, que han dejado su legado indeleble en la política de su país hasta nuestros días.

Apenas aquella niña conducida con engaños -y a la fuerza- al pic-nic colonial quiso recuperar un camino propio, tras la revolución triunfante en 1959, comenzó ser castigada con un embargo que se ha ido ampliando a cada vez más áreas y ha ido socavando día a día su economía a lo largo de seis décadas, a pesar de consitar, monótonamente, cada año, el rechazo prácticamente unánime de la comunidad internacional.

Las razones del embargo han ido cambiando con el tiempo y desde aquel primero, impuesto por la administración Kennedy, pasando por el endurecimiento experimentado durante el gobierno de Bill Clinton, hasta el perfeccionamiento casi sádico que se operó durante el vendaval Trump o la conformidad que ha expresado Joe Biden con la situación que encontró, todo parece destinado a asegurar un mal fin. Ahogar como sea posible y con saña lo que no se puede poseer.

¿El embargo/bloqueo alcanza para explicarlo todo?

Se puede comprender que existan enfoques que, con todo derecho, hagan énfasis en otras cuestiones igualmente serias, como hace Hilda Landrove en su nota de la revista mexicana Común del 15 de julio, en la que se pregunta «qué va a hacer ahora la izquierda con las palabras«:

Las causas de las revueltas hay que buscarlas, no en la coyuntura particular del agravamiento de la crisis económica a partir de la pandemia de COVID y la caída del turismo en la isla, sino en el proceso de depauperación económica, social y política que sería difícil situar, pero tiene puntos neurálgicos en la crisis posterior a la caída del campo socialista, la desaparición física de Fidel Castro como líder carismático o las reformas económicas englobadas bajo la denominación de “reordenamiento” durante la presidencia de Miguel Díaz Canel. A lo largo de todos estos puntos de quiebre, en mayor o menor medida, la estructura económica y política del país se ha mantenido intacta. Un modelo soviético de control de la economía ha producido una concentración de la riqueza en corporaciones manejadas por el Estado cubano, la precarización de las condiciones de vida de una gran parte de la población e impedido el crecimiento de cualquier economía no controlada, incluida formas sostenibles de economía popular o comunitaria. (…) Y así, aunque el bloqueo debe ser eliminado por principio, no debería utilizarse como razón explicativa de las continuas penurias del pueblo cubano.

Quienes prefieren esos enfoques (y vale aclarar que Hilda Landrove es una investigadora y promotora cultural cubana, que realiza estudios de doctorado en antropología en la Universidad de México y no un bloguero a sueldo que difunde falsedades desde Miami, y que la Revista Común no tiene nada que ver con Infobae o con El País de España) nos ayudan a entender lo que sucede porque nos lo presentan no como acontecimiento puntual, surgido por sorpresa, sino como proceso. Y nos ayudan a entender, además, en dónde deberá poner sus esfuerzos el gobierno cubano si fuera cierto que quiere evitar que en un futuro próximo se lo lleve la corriente.

Deberá escuchar, deberá abstenerse de calificar como mala gente a los que protestan, deberá dejar de ser un grupo cerrado en el que la conformidad es una garantía para el ascenso, y deberá abrir las puertas a más participación y mayor diversidad, porque ninguna revolución sana se reduce a un partido y menos aún después de que transcurre medio siglo.

A este respecto, bien vale leer la nota El alarido, de Leonardo Padura, publicada por La Joven Cuba, el 15 de julio, mientras en Diálogos finalizábamos ésta. Como dice Padura:

en cualquier caso, resulta necesario que lleguen las soluciones, unas respuestas que no solo deberían ser de índole material sino también de carácter político, y así una Cuba inclusiva y mejor pueda atender las razones de este grito de desesperación y extravío de las esperanza que, en silencio pero con fuerza, desde antes del 11 de julio, venían dando muchos de nuestros compatriotas, esos lamentos que no fueron oídos y de cuyas lluvias surgieron estos lodos.  

Por esa razón en Diálogos, aún reconociendo que las críticas al modelo cubano deben integrar cualquier intento de comprender lo que sucede y encontrarle solución, no quisimos dejar de lado los procesos de largo plazo.

Los procesos que implican no tanto lo que sucede dentro de una Cuba tan hostigada como hastiada, sino los que transcurren en el vientre mismo del poder.

Para entender a Joe Biden hoy, preocupándose por el pueblo cubano pero demostrando que no está dispuesto a modificar una coma de lo actuado por su antecesor… Para entender que ahora esté jugueteando con la idea de tentar a los descontentos con una lluvia de vacunas regaladas… Para entender a la prensa hegemónica dentro y fuera de los EEUU haciendo sonar todas las alarmas ante sucesos que cuando ocurren en otros países les pasan totalmente desapercibidos… Para entender a quienes dentro y fuera claman por «misiones humanitarias» que suelen ser la antesala de las intervenciones militares… Para entender la catarata de desinformación generada antes y después de los sucesos del 11 de julio (fotos de manifestaciones en Egipto utilizadas para hacer creer que hubo multitudes protestando en el Malecón, cuentas fantasmas en las redes denunciando decenas de muertes no ocurridas, repudio por parte de gobiernos como el de Colombia o Chile, que violan los Derechos Humanos de sus propias poblaciones cada vez que se les presenta la oportunidad)… Para entender, en suma, tanta inquina, es necesario recordar que el imperio no es sólo un entramado de intereses y conveniencias más o menos sórdidas y más o menos evidentes, sino que es, ante todo, un conjunto de ideas, imágenes, y concepciones del mundo que discurren por debajo de lo que se ve y que operan en el largo plazo. Es una cultura en la cual estamos inmersos.

Por eso quisimos incorporar aparentes antiguallas como Josiah Strong y las ilustraciones de Puck a la discusión, que en el caso de Cuba será larga y amarga. Porque las ideas de la superioridad, del destino manifiesto, de la América Latina como patio trasero, hacienda, cafetal o campo de exterminio, no están extinguidas. Son cenizas calientes que circulan por debajo de todo y se encienden aquí o allá, en donde se les de lugar.

El picnic del Tío Sam con las niñas pobres ha sido terrible para ellas, como se podía prever, y como suele suceder en la vida, aún puede ser peor porque el Tío tampoco entiende que su tiempo pasó. Si no está en los planes del nuevo presidente de los EEUU reparar al menos en parte el daño ocasionado por las obscenas medidas tomadas por su antecesor, es quizás porque el rencor por la pérdida de “la perla del Caribe” es, para los EEUU, como el de esos hombres que prefieren ahogar hasta la muerte a las mujeres que consideran su propiedad antes que aceptar prescindir de su sexo o sus servicios.

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