Alberto Fernández, indios, selvas y barcos. Have You Seen Your Mother Baby Standing In The Shadow?

Ni el momento pudo ser menos oportuno ni la frase pudo ser más desdichada. Y no fue sólo una tontería de las que se nos escapan cuando pretendemos pasar por ocurrentes… Estuvo a milímetros de ser xenófoba y racista aunque finalmente resultó escandalosa pero apenas comprensible. Y la pregunta que más ha circulado desde que sucedió lo inesperado (y que no intentaremos responder), ha sido: ¿por qué? .

Está de moda la distensión y está bien. Desde hace años se ha impuesto la tendencia de que toda conferencia, charla o rueda de prensa comience con una anécdota graciosa y no siempre está mal.

Por eso, podemos dar por descontado que la intención de Alberto Fernandez cuando dijo: “Los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos, y eran barcos que venían de allí, de Europa. Y así construimos nuestra sociedad” no fue agraviar ni a los mexicanos, ni a los brasileños, ni a los indios, ni a quienes salieron de la selva, ni a los argentinos que no llegaron en los barcos, ni a todos los argentinos, brasileños o mexicanos que llegaron en barcos negreros…

Y estamos seguros, además, que sus dichos tampoco estaban destinados a agraviar a todos los demás que no entramos -ni nos interesa entrar- en ninguna de esas categorías, porque nadie dice ese tipo de incoherencia con la intención de generar enemigos.

Entendemos sí que haya querido congraciarse con su invitado, el Presidente de Gobierno del Reino de España, destacando el papel jugado por la inmigración europea (y por los que llegaron antes o después, en plan conquista y dispuestos a destruir todo lo que tuvieran por delante) en la conformación de nuestras sociedades. Su predecesor, Mauricio Macri, también lo hacía y con frases aún más excluyentes y desoladoramente ingenuas, como aquella de: «Yo creo que la asociación entre el Mercosur y la Unión Europea es natural porque en Sudamérica somos todos descendientes de europeos».

Podemos, además, llegar a tener en cuenta que en una post-pandemia en la que se avizora que la polarización EEUU-China irá en aumento, reforzar los lazos identitarios y geo-políticos de nuestros países con Europa quizá no sea la peor idea.

Pero sin embargo, pervive la pregunta y se amplía. ¿Por qué hacerlo de esa manera tan torpe y tan a contracorriente de todo lo sensato? ¿Qué necesidad tenía de hacerlo tan mal?

 Solo aflora lo que ya estaba debajo

Desde que en 1905 Sigmund Freud publicó El chiste y su relación con el inconciente, tenemos una mayor comprensión de los mecanismos a través de los cuales lo no dicho, lo que sabemos que por alguna razón deberíamos ocultar, aflora en las bromas, se expresa en el humor, rompe los diques de lo apropiado con “eso” que nos resulta gracioso. Ahí podría haber, en parte, una respuesta a la pregunta ¿por qué? Y esa respuesta provisional sería: Porque se le escapó. Porque quiso decir algo simpático y gracioso, pero no es lo suyo y afloró algo de lo que tiene guardado dentro, en lo profundo de su inconciente. Algo que debería, quizá, conocer mejor.

Lo que dijo Alberto Fernández, al parecer, se origina en algo dicho en su momento por el mexicano Octavio Paz (aunque esto no está del todo claro) y que poco después, habría sido retomado por el uruguayo Juan Carlos Onetti. Algo así como “los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas, y los argentinos (o los rioplatenses) descienden de los barcos”.

En su origen, el chiste (de algún modo hay que llamarlo) tuvo una carga de ironía burlona, ya que aludía a una pretendida carencia identitiaria de las sociedades que han basado su crecimiento y su desarrollo en la inmigración. Algo de por sí xenófobo y falto de sentido, ya que supone que esas oleadas de inmigrantes no aportan, a las sociedades que las necesitan y reciben, su propia historia y su propia riqueza cultural.

Con el correr del tiempo, según consigna Página 12, lo retomó Carlos Fuentes en Los cinco soles de México, en donde aparece como parte de una animada conversación del autor con el periodista argentino Martín Caparrós, quien la habría utilizado para postular que Argentina tenía un comienzo, en tanto que México tenía un origen. Un juego de palabras seductor pero bastante hueco.

Mientras tanto, la ocurrencia había sido retomada por el músico argentino Lito Nebbia en una canción de 1982 francamente prescindible: Llegamos de los barcos. En ella, aquellos peruanos que descendían de los incas fueron sustituidos con “brasileños que salen de la selva”, una adaptación francamente desafortunada… Y los mexicanos ya no aparecían descendiendo de los aztecas sino que sencillamente “vienen de los indios”, otro interesante aporte de Nebbia al desbarranque de una frase que ya en su origen no volaba demasiado alto. Arruinó, si cabe, lo que ya era una tontería.

De allí, y debido a su amistad con Lito Nebbia, parece haberla tomado, de manera textual, el Presidente argentino, lo que no lo exime de responsabilidad, ¡sino todo lo contrario!

Alberto Fernández podía, por cierto, haber encontrado alguna forma más sensata de congraciarse con su invitado español, utilizando alguna cita que destacara la importancia de la inmigración europea para nuestra sociedades pero se ajustara más a la verdad histórica… Alguna cita que aportara algo sustantivo y no pareciera un catálogo de preconceptos, estereotipos y excepcionalismos eurocéntricos. Pero por alguna razón, de entre todas las alternativas (seguramente decenas y cientos) que tenía a su disposición, eligió esa.

Quizá la tenía más a mano, quizá le sonó más popular porque la recordaba con rasguidos de zamba en la voz de su amigo. Quizá el hecho de estar lidiando con la pandemia, con la deuda gigantesca que heredó del anterior gobierno, y con una oposición cuasi-negacionista y casi siempre desleal, haya dejado su capacidad de elegir citas al borde del colapso, y eso sería comprensible. No debe ser fácil estar en su lugar y encima recibir invitados que, para colmo, arrastran consigo sus propios maremagnums pandémicos e identitarios.

Las razones suyas no las sabremos nunca, pero podemos aprovechar su mal momento para preguntarnos por las nuestras. Porque ¿seremos tan diferentes al Alberto Fernández que no pudo evitar el traspié de contraponer la selva y los indios con los barcos sin darse cuenta que se estaba deslizando hacia un acto fallido de proporciones?

Have You Seen Your Mother Baby Standing In The Shadow?

Aquella pregunta incómoda, perturbadora, violenta y sucia de la vieja canción de los Stones que vino a mi memoria apenas las redes comenzaron a hacerse eco de los dichos de Alberto Fernández, guarda una extraña relación, emocional y profunda, con el episodio que hoy nos quita el sueño pero más temprano que tarde olvidaremos.

¿La viste? Era tu madre. Parada en las sombras. ‘Cause baby, where have you been all your life?

Esa imagen real u onírica de la madre inaceptable en la confluencia entre temor, vergüenza y deseo, la imagen de lo que se oculta pero está ahí aunque pretendamos vivir como si nos fuera ajeno, la aparición de lo que los ojos querrían que no se les muestre, nos pone delante de temores equiparables a los viejos temores del colonizador que se perpetúan en nosotros y afloran, aquí y allá, en cualquier descuido.

Eso que no queremos ver (el racismo sistémico), eso que desearíamos no ser (el fruto de tanta injusticia y tanto desamparo), está y ha estado continuamente en y entre nosotros.

Aquí, en la brusca cachetada de los cadáveres de niños “indios” que surgen del patio escolar con su reclamo de memoria, y nos recuerdan que a quienes fueron los dueños de la tierra se les ha sacado hasta el agua.

En Perú en la polarización electoral entre el mundo indígena y quienes desearían seguir relegándolo en el margen, la invisibilidad, la ignorancia, la miseria y los páramos.

En Colombia, en la violencia estatal que mata y desplaza a comunidades enteras para abrirle espacios al narcotráfico y para transformar al país entero en una pésima versión de si mismo.

En Brasil en los ladrones y los virus que a diario avanzan sobre indios que nunca salieron de la selva y que se ven forzados a desaparecer con ella.

En la frontera norte de Latinoamérica, en donde siguen habiendo niñas y niños mestizos en jaulas y en prisones a la espera de ser deportados al lugar de donde nunca debieron salir y en donde nadie los espera.

El «problema indio» como lo llamaba Egerton Ryerson, cuya estatua acaba de ser felizmente decapitada en la misma universidad que aún lleva su nombre, sigue presente aunque ya no se lo nombre de ese modo.

Por eso, el problema no está en el desliz de Alberto Fernández, aunque por supuesto hubiera sido ideal que dijera cualquier otra cosa. Lo mejor que tenemos es la multiplicididad de orígenes de nuestras sociedades y no hay ninguna razón para caricaturizar la diversidad hablando livianamente de selvas o de indios. Como dijo acertadamente Andrés Manuel López Obrador, la frase podría haber sido una creación de Cantinflas o Les Luthiers. La podemos olvidar ya.

El problema real, el compartido, es que más allá del desliz, en las sombras (como la madre de la canción de los Stones), está, disimulada pero real, esa torpe necesidad que tantas veces compartimos con él: congraciarnos con quienes de todas formas nos miran sobre el hombro. Está esa tendencia ovejuna de querer mostrarle al colonizador o a sus legítimos sucesores, que somos confiables… Que nosotros no estábamos aquí. Que nosotros también “salimos de los barcos”.

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