Bolsonarismo de baja intensidad y pandemia en una pradera suavemente ondulada

Cuando un país mantiene durante los primeros 11 meses de la pandemia una situación sanitaria envidiable y en tan solo 3 meses pasa a ocupar el primer lugar mundial en contagios y muertes por habitante, el contraste habla por sí mismo y nos dice, entre otras cosas, “acá podría haber algo para aprender”. .

Estamos hablando de un pequeño país, Uruguay, con características propias que no permiten comparar lo que en él pasa con lo que sucede afuera, pero sí vale tenerlo en cuenta porque ese salto dramático de lo mejor a lo peor, de la autocomplacencia a la perplejidad, no ocurre porque sí.

Veamos entonces, en breve síntesis, algo de lo que sucedió y tratemos de explicar el por qué de la existencia de ese estado ideal (o al menos idealizado) cuya pérdida el Uruguay hoy lamenta. Acompañaremos el relato con algunos tweets de éstos últimos días que podrían ayudar a visualizar mejor los problemas que el país enfrenta.

El fin de un ciclo y la inauguración de la pandemia

Que el primer caso de Covid-19 en Uruguay haya sido documentado el 13 de marzo de 2020 no colocaba al país en una situación muy diferente a la del resto del continente. El primer caso en Ecuador se había conocido el 14 de febrero, el 26 de ese mismo mes ocurrió lo propio en Brasil, y en la República Argentina sucedió el 3 de marzo.

Parece claro entonces que el desarrollo posterior de la pandemia en cada país poco tuvo que ver con el momento de su inicio… Se podría decir que Uruguay dispuso de algunos días más de información y por lo tanto de preparación anímica de su población, pero los escasos 10 días de diferencia entre Argentina y Uruguay no justifican las diferencias que luego se registraron. Hay que buscar esas diferencias en circunstancias propias de cada país.

En ese sentido, lo que sí marcó una diferencia en el modo en que se desarrollaron los primeros meses de emergencia sanitaria en el Uruguay fueron su geografía, su demografía y las condiciones socio-político-sanitarias en el momento de partida.

Sin entrar en detalles, tanto la historia del país como sobre todo su ciclo de 15 años de gobiernos de izquierda democrática, habían hecho realidad políticas públicas de fortalecimiento tanto del Estado y de sus instituciones como de las organizaciones de la sociedad civil, habían posibilitado mayor conectividad y acceso a la información, y habían contribuído a una homogeneización notoria del tejido social.

La sociedad que en ese tan pequeño país arrinconado entre sus dos gigantescos vecinos y el mar recibió al coronavirus tenía, sin que fuera perceptible en aquel momento, condiciones que hacían posible una unificada, efectiva, y hasta cierto punto prolongada resistencia.

Sin embargo… algo había cambiado 12 días antes de que Uruguay inaugurara su relación con la pandemia.  Y ese cambio sería determinante en lo que sucedería después. Había finalizado un ciclo. Aquello que había fortalecido el tejido social, estaba terminado.

Leve ondulación e inercia heredada

El 1º de marzo de 2020 el Uruguay había vivido, como le es habitual, un cambio de gobierno sin sobresaltos ni expectativas de cambios dramáticos. Relacionar la política uruguaya con la expresión con la cual los textos escolares describen su geografía: “una pradera levemente ondulada” es un lugar común que describe bien una idiosincracia. Se trata de un país atraído por la medianía y que rechaza, siempre que sea posible, las interrupciones y las brusquedades.

En los meses previos, la coalición de partidos de izquierda que había gobernado el país los últimos 15 años y que gobierna su capital desde hace más de un cuarto de siglo, había alcanzado una votación del 49.3%. Ese 1º de marzo le entregó el poder a otra coalición de partidos, de derecha, que tras prometer algunos ajustes en lo que tiene que ver con la disciplina fiscal, la apertura de la economía y las relaciones internacionales, había obtenido el 50.7% Alternancia, simplemente. Leve ondulación en la apacible pradera. Lo esperable y hasta cierto punto razonable en un país que aspira siempre a despertarse en la misma cama en la que se acostó.

Pero mientras la tibieza de ese marzo mostraba la tranquila ceremonia de siempre, y mientras los y las uruguayas bostezaban con el convencimiento de que todo estaba bajo control, como hoy sabemos, el mundo había comenzado a vivir la mayor crisis sanitaria en más de un siglo. Apenas transcurridos 12 días de instalado el nuevo gobierno, en la pradera se sientieron los primeros temblores.

Como vimos antes, el país estaba institucional y socialmente bastante bien preparado para enfrentar la emergencia, y si no para vencerla al menos sí para poder paliar algunas de sus primeras consecuencias. A lo largo de los primeros meses se implementaron las medidas que ya estaban en funcionamiento en los países a los que el virus había llegado con anterioridad, y el resultado fue que, para diciembre de 2020, el Uruguay, con menos esfuerzo y con menos sacrificios que los desplegados por los países vecinos (y esto será importante para lo que veremos después), había obtenido mejores resultados.

A mediados de 2020 la prensa internacional decía cosas como:

«…despite sharing a border with Brazil, the country second-worst-hit by COVID-19, this small nation is managing to successfully combat a virus that has brought global giants to their knees. Latin America is currently one of the regions most affected by the COVID-19 pandemic. Argentina and Brazil, the countries bordering Uruguay, are seeing increases in cases daily. In Argentina, despite strict measures taken by the government, COVID-19 has claimed more than 2,200 lives, and the number of cases in the country is over 100,000. In Brazil, the situation is so drastic that the Latin American country is considered the second-most-affected in the world after the United States, with more than 140,000 deaths and almost 2.2 million confirmed cases. The situation in Uruguay, however, could not be more different. As of July 20, Uruguay has only 1,054 total confirmed cases, 33 deaths, and more than 920 patients recovered—with only 99 active cases».

Sin embargo, en plena euforia excepcionalista (que lamentablemente la hubo y en alto grado) algo ya estaba saliendo mal. El nuevo gobierno y en especial el nuevo Presidente, con una ingenuidad demasiado obvia como para ser sana, comenzaron a creer y hacer creer que los buenos resultados no eran fruto de la inercia de las políticas y la institucionalidad heredadas, sino de su propia falta de preparación, de cuidados, de seriedad, de liderazgo y de empatía.

«Yo soy el único responsable», decía el nuevo presidente casi a diario… y algo de la mentalidad de patrón de estancia que llevan tan dentro, afloró suavemente primero y de manera incontenible después.

Vale la pena activar la siguiente animación y seguir el posicionamiento de Uruguay en la gráfica para aquilatar la cuantía de la responsabilidad asumida.

Bolsonarismo de baja intensidad y consecuencias previsibles

Algo, como veíamos, les dijo al oído que esta sería su oportunidad de demostrar que son mejores y lo creyeron. Algo les hizo proponer, contra toda evidencia, que una cosa vaga e informe que bautizaron como “libertad responsable” podía sustituir la acción del Estado, y llegaron a afirmar, como nuevos integristas de un liberalismo desbocado, que si fallaba su libertad responsable, fallaba la humanidad.

Así, dejaron que cada quien se las arreglara como mejor pudiera.
Realizaron, de acuerdo a datos inobjetables de CEPAL, la inversión más baja en atender a la población más vulnerable durante la pandemia.
Se fueron de gira por la peor (¡la peor!) prensa argentina que los usó durante varios días como arietes en contra de su propio gobierno, en una muestra de deslealtad y desaprensión inédita.
Pensaron que gastar dinero en vacunas quizás no fuera algo taaan necesario y demoraron las compras como nadie.
Se fueron de vacaciones y a correr olas cuando las cifras de fallecimientos comenzaban un ascenso que fue luego indetenible.
Se despreocuparon por el surgimiento de nuevas variantes del virus a pocos kilómetros de una frontera que se negaban a cerrar «para no desalentar el comercio y el turismo».
Siguieron minimizando la situación hablando de “amesetamiento de la curva” cuando los contagios subían exponencialmente.
Se ofendieron con los científicos que reclamaban medidas que desincentivaran la circulación acusándolos de estar vinculados con la izquierda totalitaria.
Se hicieron acariciar por los medios de prensa afines, alentaron despidos de periodistas críticos, y se indignaron cuando la Deutsche Welle o Asociated Press se atrevieron a decir que quizás no lo estaban haciendo demasiado bien.
Incentivaron la despreocupación y la desidia como si rodar por la pendiente fuera no sólo inevitable sino además necesario.
Dijeron «nos colamos entre los grandes» en el preciso instante en que comenzaban a dar lástima.

Y usaron y abusaron de una de las peores características del país: el amor de casi todos, tirios y troyanos, por las metáforas futbolísticas.
Metáforas livianas. Metáforas que ayudan a confundir una dura realidad con fantasías en las que “los que dejan todo en la cancha” creen estar justificados ante la historia. Metáforas que lo banalizan todo y no permiten darle a los dramas reales la entidad que verdaderamente tienen.

Mirando las cosas desde lejos y desapasionadamente, no era extraño que un personaje como el nuevo presidente del Uruguay, Luis Lacalle Pou, dados sus antecedentes, se bolsonizara al calor de una pandemia. Sin llegar a la intensidad del brasileño, por supuesto, pero siguiendo un ritmo igualmente mezquino y atolondrado.

Lo que resulta realmente extraño es hasta qué punto una parte significativa de la sociedad de su país (en este momento el 50%) se lo permitió y todavía lo festeja como una gracia.

La poca importancia (por el momento) de las muertes evitables

Haber pasado de una situación sanitaria excepcionalmente buena a estar durante dos meses consecutivos en los primeros puestos de contagios y muertes por habitante no es algo que un gobierno, por indolentes e ineficaces que sean sus principales figuras, consiga fácilmente. Esta sí es una excepcionalidad que el país deberá revisar.

Si se comparan las curvas de contagios y de muertes de Chile y Uruguay, dos países que comenzaron a vacunar con el mismo set de vacunas con pocas semanas de diferencia, cuyos sistemas de salud están entre los más sólidos de América, y que han alcanzado porcentajes de personas vacunadas con un ritmo alentador, se puede apreciar una diferencia abismal.

Esa diferencia estriba, como se ve en el gráfico, en que Chile tomó medidas que limitaron la movilidad durante el tiempo necesario como para que los efectos de la vacunación se vieran reforzados, en tanto que Uruguay se negó, por tozudez, ignorancia, y soberbia a hacer lo mismo. Han habido, según cálculos fiables, 2000 personas cuyo fallecimiento era evitable y se prevé que cuando la pandemia remita, en algunos meses más, esas muertes habrán trepado al doble.

Una barbaridad frívola perpetrada con la excusa de proteger una economía que, de todos formas, se verá dañada por la magnitud de la tragedia, y el desánimo y la falta de confianza que la situación generará inevitablemente.

Lo peor de Luis Lacalle Pou y su coalición de gobierno no ha sido haber realizado mal los cálculos, sino haber pretendido calcular. Calcular -como ya lo había hecho su padre cuando ocupó la misma función en circunstancias menos dramáticas-, que el balance de ingresos y egresos importa más que lo que pasa con la peonada de la estancia: esos nuevos prescindibles que hoy se hacinan en el transporte público a 5 cm de distancia unos de otros. Unos, felices, a la espera de que dentro de 4 meses la vacuna opere el milagro y con suerte el virus no se los lleve. Otros, resignados.

Seguramente sea por eso que entre quienes hoy gobiernan el país, tantos se han enamorado de una consigna rancia y vacía de todo sentido: “Hay orden de no aflojar”. Se buscan héroes anónimos que hagan lo que se les dice, se responsabilicen libremente de lo que se les hace hacer, y no den muestras de debilidad.

Y ahí, en el tránsito apagado entre el mensaje y sus consecuencias, entre el desapego y la criminalidad, en ese tránsito curioso y casi imperceptible que Juan Manuel Blanes pintó en su «Aurora – Entre dos luces», está la enseñanza que podríamos extraer de lo que está sucediendo en la pradera suavemente ondulada: allá, aquí y en todas partes cada pedacito de prójimo cuenta. Normalizar el sufrimiento y colocar en la balanza vidas y ganancias como si fueran lo mismo, conduce inevitablemente a maximizar los daños, frivolizar la tragedia, y a perder la vergüenza.

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