Pasajera en tránsito. Lengua, tragedia, diáspora y susurros.

Las historias maravillosas suelen levantar vuelo (como palomas asustadas) a partir de una tragedia. Les dan alas, como en los cuentos infantiles, el dolor, los sacrificos, lo injusto, y toda la belleza humana que en esos momentos terribles se despliega. .

Arrastraron durante semanas y meses todo lo que pudieron cargar consigo por los caminos polvorientos de Aragón, Castilla y el resto de aquella tierra a la que ellos llamaban, desde hacía más de 1000 años, Sefard.  Trataban de llegar a alguna playa desde la que alguien aceptara llevarlos hasta cualquier punto del Mediterráneo en donde aceptaran recibirlos.

A muchos, a muchas, las esclavizaron, las violaron, los dejaron sin padres en el trayecto. Como dejó escrito un cronista, Andrés Bernáldez, con la parquedad del castellano de la época:

«No había crestiano que no tuviese dolor dellos. Iban por los caminos e campos por donde iban con muchos trabajos y fortunas, unos cayendo, otros levantando, unos muriendo, otros naciendo, otros enfermando»,

En cierto modo, ya podían estar acostumbrados a aquello. Algunos de los expulsados eran descendientes de los que siglos antes habían sufrido persecución en Francia e Inglaterra, ya que salvo en España, los grandes reinos europeos habían deportado comunidades judías enteras desde el siglo XII. Otros muchos descendían de la primera diáspora, la producida en el año 70 tras la caída de Jerusalem. Llevaban casi un milenio y medio viviendo en Sefard, una palabra que en su origen había querido decir algo así como «tierra lejana y escondida».

En la España musulmana, en especial en Al-Andalus, una tierra de naranjas y murmullos de agua, durante mucho tiempo, todo había sido diferente a lo que ocurría en el resto de Europa. Allí, eso que hoy llamaríamos multiculturalidad, había sido la norma y la llave de la paz y los progresos científicos y morales.

Aquello fue así hasta que los reinos cristianos fueron completando su lento, arrollador y dogmático avance hacia el sur bajo el signo de la santa cruz. Los judíos entonces comenzaron a vivir apartados en las aljamas, que cada atardecer cerraban sus puertas separando sus noches de las noches de los otros, porque los otros habían comenzado a ser hostiles, imprevisibles y peligrosos.

Las aljamas no eran ghetos pero los preanunciaban y fue así que en junio de 1391 el sacerdote arcediano de Écija, Ferrán Martínez, había promovido rumores y maledicencias que determinaron el asalto del populacho a la judería de Sevilla, que se saldó con saqueos y miles de hombres, mujeres y niños degollados. En los meses siguientes, la misma suerte corrieron las aljamas de Córdoba, Jaén, Valencia, Toledo o Barcelona y miles de judíos debieron elegir entre la conversión o la muerte. Ya estaba creado el escenario para lo que sería el final.

La uniformidad, la codicia y la expulsión

Aquel 31 de marzo de 1492 aún no habían transcurrido 60 días desde la conquista definitiva de Granada y ya estan a punto de ocurrir acontecimientos prodigiosos y tremendos, que determinarían entre otras cosas dos olas de expansión de nuestra lengua.

En las afueras de la última ciudad musulmana en caer ante las fuerzas castellanas, en la quietud maravillosa y fresca de La Alhambra, Isabel, Fernando, y un puñado de sus consejeros de mayor confianza estaban ocupados en el análisis de dos cuestiones de la mayor importancia.

Un marino genovés que parecía creer que el mundo era redondo y que se podría llegar a las islas de las especierías navegando hacia el oeste, molesto por la falta de interés que los dos monarcas mostraban frente a su propuesta, se había ido a Córdoba y se temía que no volviera. La empresa parecía descabellada, pero Isabel creía que había que intentarlo, por lo que se decidió enviar mensajeros que lo invitaran a retornar.

La otra cuestión ya estaba decidida. Sólo era necesario que el Inquisidor Tomás de Torquemada terminara la redacción final del edicto y firmarlo, para favorecer a la corona y a la nobleza de Castilla y Aragón con una transferencia de recursos sin precedentes hasta entonces.

El último día de marzo, entonces, se le dio a los y las judías del reino un plazo de 4 meses para abandonarlo. Podían llevar consigo todo lo que no fuera oro, plata, monedas, armas o caballos, es decir nada.

«Nosotros ordenamos además en este edicto que los Judíos y Judías cualquiera edad que residan en nuestros dominios o territorios que partan con sus hijos e hijas, sirvientes y familiares pequeños o grandes de todas las edades al fin de Julio de este año y que no se atrevan a regresar a nuestras tierras y que no tomen un paso adelante a traspasar de la manera que si algún Judío que no acepte este edicto si acaso es encontrado en estos dominios o regresa será culpado a muerte y confiscación de sus bienes.»

En el resto del texto se daban las razones para la expulsión, los reyes declaraban que los judíos eran suyos y por lo tanto podían disponer de ellos como estimaran conveniente, y se enumeraban las penas a las que se sometería a quienes les dieran albergue o los escondieran en sus casas.

La lengua como tesoro y memoria de la felicidad perdida.

No es este el momento de relatar lo que significó la expulsión de los judíos de España para las casi 150.000 personas que llenaron con su dolor y su vergüenza los caminos, los puertos, las naves, y en ocasiones las cárceles de muchos de los lugares a donde llegaban. Y tampoco nos adentraremos en la catástrofe que a la larga la expulsión significó para un país que se desprendió de gentes más educadas y más productivas que el promedio, como si no tuvieran ningún valor y carecieran de todo derecho, porque lo que motiva esta nota es lo que sin que nadie lo notara los expulsados se llevaron con sigo.

Eso que se llevaron sin que los autores o los firmantes del edicto llegaran siquiera a imaginarlo era algo vivo como raíces recién desprendidas de la tierra húmeda. Algo que resultó tener más valor y mejor destino que las monedas que los expatriados tuvieron que dejar enterradas en el patio de casas que otros ocuparon y a las que jamás volvieron. Era la lengua.

Aquellas gentes de la diáspora española que desde entonces se dieron a si mismas el nombre de Sefardíes, en recuerdo de la Sefard de la que habían sido extrañados, produjeron la primera gran ola expansiva del castellano, anterior a la gigantesca que pocos meses después comenzaría con la llegada a América de las naves de Colón.

El habla que partió con los que tan triste y pobremente se iban, no los dejó ni ellos se desprendieron de ella. Siguió siendo suya a pesar del paso de las generaciones y los siglos, porque así de fieles son las lenguas cuando se las quiere bien.

Al salir, aquel castellano medieval llevaba ya incorporadas palabras del gallego o el catalán incipientes e incorporó otras muchas en cada lugar en donde se asentaron. Se le empezó a llamar “latino”, de allí derivó a “ladino” y recibió aportes del hebreo y algunas influencias del turco, el griego, e incluso el francés en épocas recientes en ciudades como Estambul, Salónica y Esmirna.

Fue, durante más de 4 siglos, una lengua del hogar, de las promesas y el cariño, de la intimidad a proteger. Una pasajera en tránsito contínuo que se trasmitía en susurros cuando el exterior se volvía hostil, o se transformaba en música en las canciones de la nostalgia, el amor y las fiestas.

Detrás, detenida en el tiempo, quedó aquella Isabel, que pretendió la santidad y la gloria pero fue apenas una triste mujer que desató sobre el mundo, sin siquiera soñarlo, calamidades sin remedio. Si aquella primera gran expansión del castellano originada en la expulsión de los judíos se realizó sin otro dolor que el de los propios expulsados, la segunda gran ola expansiva de nuestra lengua estaría acompañada de la globalización de decenas de enfermedades y de un proceso de colonización y esclavitud que se cobró la vida de millones de seres humanos.

Por eso en Diálogos hemos querido, este 23 de abril en que se celebrar el Día Internacional del Idioma Español, recordar esa pequeña pero perdurable playa de aluvión idiomática, una lengua romance como las otras, pero con una historia peculiar que la hace única e inseparable para siempre de la nuestra.

Y para acompañar el festejo hemos elegido a Sara Sabah, uruguaya judía de tradición sefardi, cantando La mar está en fortuna. Para escuchar con el volumen más alto que tu computador permita.

Hija mía mi querida amán amán amán

no te eches a la mar

que la mar ‘stá en fortuna

mira que te va llevar.

Que me lleve y que me traiga amán amán amán

siete picos de hondor

que me’ngluta pexe preto

para salvar del amor.

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