8 mujeres extrañas (2) Louise Michel: la pasión en armas y la fe en la humanidad

“Me paré en medio de la plaza perdida en mis pensamientos. Miré las malditas ventanas desde las que seguían disparándonos y pensé: Algún día estaréis de nuestro lado”.

Se cumplen 150 años de ese episodio que describe Louise Michel en sus memorias, y hemos elegido ese pasaje para comenzar esta segunda entrega de 8 Mujeres Extrañas porque nos muestran al personaje en toda su excepcionalidad.  .

En Louise, uno de los poetas esenciales del surrealismo, Paul Verlaine, supo ver “la musa ronca y esbelta de los pobres”. Ella fue la mujer que llevaba consigo, en palabras de Victor Hugo: “el amargo cariño que duerme bajo la rabia”  y tenía 41 años cuando aquel día a su alrededor “las balas continuaban su repiqueteo de granizo y la plaza iba quedando desierta mientras los proyectiles provenientes del Hotel de Ville cavaban al azar en el suelo o mataban a alguien aquí y allá”.

Y lo que sorprende cuando se repasan esos párrafos de sus memorias es, por un lado, la paz de espíritu que trasmiten, y por otro, que su fe en el nacimiento de un mundo mejor, durante aquellas jornadas de lo que se conoce como La Comuna de París, era tal, que confiaba en que aquellos soldados que disparaban sobre la multitud, más temprano que tarde, se unirían a su lucha.

No fue así, hoy lo sabemos. Y después de transcurrido tanto tiempo y cuando la avalancha de cambios, nuevas tecnologías, problemas inimaginables por entonces, conocimientos, tendencias, guerras, globalización, crisis migratorias y climáticas, modas, y hoy pandemias, podrían haber opacado su recuerdo, Louise Michel se nos aparece, una y otra vez, para recordarnos que, como sabía Ezra Pound, “lo que bien amas es lo único que dejas”.

Un ejemplo, apenas: el buque acondicionado en septiembre de 2020 por ese misterioso personaje llamado Banksy para patrullar las aguas del Mediterráneo y rescatar inmigrantes africanos o de Medio Oriente que arriesgan sus vidas para alcanzar las costas europeas, lleva su nombre. Y es así porque aquella mujer ha continuado viva de algún modo, inspirando, confortando y humanizando todo lo que toca.

 

La Comuna y su impronta indeleble

Para conocerla mínimamente, porque de eso se trata esta nota, debemos volver y tratar de imaginarla, en aquellos días de estallido y utopía inocente y arrolladora.

En aquel intervalo tan singular de la historia pareció que el asalto a los cielos era posible y que sólo se requerían valor y amor. Los deseos se confundían fácilmente con la realidad, y la poesía, increíblemente, parecía capaz de llenar cada instante, como lo recordaba Louise años después en la prisión de Saint Lazare:

“No soy la única persona atrapada por situaciones de las que emerge la poesía de lo desconocido. Recuerdo a un joven que sin estar de acuerdo con nuestras ideas vino a disparar con nosotros a nuestra trinchera. Llevaba un volumen de Baudelaire en el bolsillo y leímos algunas páginas con gran placer, cuando tuvimos tiempo de leer. No sé qué le deparó el destino, pero probamos nuestra suerte juntos. Fue interesante. Tomamos un café en los dientes de la muerte”.

La Comuna de París, de la que este año se celebran 150 años y que se saldó con la ejecución de más de 30.000 mujeres, hombres y niños, tuvo una duración de apenas 2 meses, entre el 18 de marzo y el 22 de mayo de 1871, y fue el comienzo de cosas que hoy asumimos como obvias y nuestras: la participación política y el derecho a ser elegidas de las mujeres y los pobres, la educación gratuita, laica, obligatoria y mixta, la igualdad salarial entre hombres y mujeres, la libertad de prensa, el derecho a la dignidad, la propiedad colectiva de lo que era de todos…

Y tanto dio de si aquel estallido breve de creatividad, romanticismo y esperanzas, que a pesar de la tragedia nunca perdió el halo casi irreal y mágico que la propia Louise pudo describir mucho después:

“En mi mente siento la suave oscuridad de una noche primaveral. Es mayo de 1871 y veo el reflejo rojo de las llamas. Es París que arde. Ese fuego es el amanecer, y puedo verlo todavía mientras estoy aquí sentada escribiendo. Los recuerdos me invaden y hasta puedo olvidar que estoy relatando mis memorias”.

La mujer después del final

La mujer que sobrevivió a todo aquello acumuló en sí misma muchas mujeres diferentes, cargó con varias vidas en la suya, y todo eso es imposible de resumir en el espacio de una nota periodística. Ni siquiera lo intentaremos, por supuesto.

Para eso están sus propias memorias, las decenas de canciones que la recuerdan, o la biografías que de ella se han escrito. Fue una mujer de una curiosidad oceánica y una asombroso capacidad para describir lo que vivía.

Madre del feminismo, fue una de las fundadoras de la Sociedad para la Reivindicación de los Derechos Civiles de la Mujer. Se transformó luego en una de las figuras descollantes de la Comuna de París y quizá la mejor encarnación de aquella gesta brevísima y luminosa como un rayo.

Estuvo durante 8 años desterrada en una isla minúscula en el océano Pacífico, condenada a trabajos forzados. Allí se empeñó en enseñar a leer y a escribir a sus habitantes y a los presos políticos que compartían su destierro para que un día pudieran rebelarse… y participó con ellos en la primera rebelión anticolonialista de la isla.

A su regreso a Francia, una vez reinstaurada la república, dio conferencias, escribió, participó en varias revueltas populares, fue enviada a prisión una y otra vez, aprovechó sus estadías en la cárcel para escribir desde cuentos infantiles hasta obras de teatro, y exiliada en Londres contribuyó al desarrollo del movimiento sufragista y de una escuela experimental inspirada en las teorías pedagógicas de lo que se comenzaba a llamar «anarquismo».

Estuvo posiblemente enamorada de Theophile Ferré, ejecutado en los días siguientes a la derrota de la Comuna, y quizá también de Marie, su hermana, con quien estuvo unida casi hasta el final de sus días y cuya tumba comparte.

Y dejó con su vida, y sus recuerdos, y sus esperanzas, enseñanzas sencillas e inolvidables:

“Allá lejos, en los bosques de Nueva Caledonia, una vez vi un árbol podrido colapsar repentinamente. Cuando la nube de polvo se dispersó, sólo quedaba un montón de basura, sobre el que, como lápidas en un cementerio, se extendían unas ramas verdes, el último esfuerzo vital del viejo árbol, arrastradas por el tronco muerto. En ese árbol, miles de insectos habían vivido durante siglos, y ellos también fueron engullidos por el colapso. Algunos de ellos se agitaban dolorosamente en el polvo y, asustados y molestos, trataban de escapar de la luz del día porque nacidos en la sombra, no soportan los rayos del sol.
Al igual que esos insectos, vivimos en un árbol viejo y creemos obstinadamente que aún vive, pero el menor soplo de viento lo destruirá y sus escombros caerán desperdigados por la tierra. Nadie puede escapar al cambio.”

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