La hubris, Joe Biden, y el american exceptionalism ¿Qué diría hoy Herodoto?

El poder incomunica. Puede parecer paradojal porque sin información es impensable el acceso al poder, pero información y comunicación no son lo mismo y la historia enseña que cuando se está en -o cerca- de la cima, se van perdiendo los nexos con el mundo circundante. Desde el poder se pierde perspectiva y se cae en la arrogancia. Es la hubris. .

La palabra hubris o hybris, de origen griego, tiene que ver con el concepto de desmesura, es decir con la incapacidad de mensurar, de medir adecuadamente las fuerzas propias en relación a lo que se tiene enfrente. Implica orgullo, presunción, arrogancia. Los griegos utilizaban este término para hablar del comportamiento humano caracterizado por una actitud desafiante frente a los dioses, que induce a creer que se puede obtener mucho más que aquello que el destino está dispuesto a consentir.

Lo expresó maravillosamente el historiador y geógrafo Heródoto en el Libro VIII de su Historia de esta forma:

«Puedes ver cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición…puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos, pues la divinidad tiende a abatir todo lo que descuella en demasía».

Cuando hace pocos días tanto el nuevo presidente de los EEUU como sus principales colaboradores en materia de relaciones internacionales se reubicaron con brusquedad en la cabecera de una mesa geopolítica de la que su país había estado relativamente ausente durante los últimos 4 años, hubo quizás una pobre lectura de una realidad que ellos deberían conocer mejor que nosotros. Y una forma de anunciar “America is back” innecesariamente aparatosa y poco afortunada. Tropiezos que quizás los dioses pre-anunciaron y el propio Joe Biden protagonizó involuntariamente en las escalerillas del Air Force One.

Un agente de los dioses (paradojalmente de origen griego)

George Stephanopoulos, el encargado de entrevistar al Presidente de los EEUU el día 18 de marzo para el programa Good Moning America, de la cadena ABC, no es sólo un periodista estrella que tuvo la suerte de poder entrevistar a un presidente. No es el equivalente masculino y blanco de una Ophra Winfrey fingiendo emocionarse con las tres lágrimas de Meghan para solaz del gran público… Es muchísimo más que eso. Es el mensajero de los dioses cuando quieren medir la desmesura de un entrevistado que necesita mostrarse sobresaliente frente al mundo.

George Stephanopoulos se graduó summa cum laude en Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia y obtuvo en los años ’80 una beca del Harry Truman Research Institute for the Advancement of Peace, uno de los ejes centrales de las políticas estadounidenses de intervención en el Medio Oriente, el este de Asia, África y América Latina. Pero además, antes de comenzar su carrera periodística, había trabajado en el terreno de las comunicaciones para el Partido Demócrata y fue durante 4 años asesor del Presidente Bill Clinton, puesto al que se vio obligado a renunciar (si uno creyera fielmente en lo que dicen sus memorias (All too human: A political eductation), debido a que la presión a la que estuvo sometido durante la segunda campaña presidencial de ese hombre al que veneraba, afectaba su salud mental y le provocaba continuas erupciones en la piel.

El dato de hasta qué punto llevaba GS su compromiso partidario puede parecer anecdótico, pero se complementa con lo que fue luego su exitosa carrera como periodista independiente, durante la cual (sin hacerlo público y ocultándolo a la cadena para la que trabajaba) aportó sumas importantes de dinero a las campañas de Hillary Clinton. Tan destacada y tan curiosa ha sido su trayectoria, que no sólo inspiró a varios novelistas y guionistas de cine y televisión que se inspiraron en él para construir sus personajes, sino que ha aparecido auto-representado en episodios de House of Cards de 2013 y de Agents of S.H.I.E.L.D. DE 2014. Que su fama lo haya hecho merecedor de que Grecia lo incluyera entre las personalidades destacadas cuyos retratos aparecen en una serie de estampillas de correo, completa el panorama. No es cualquiera.

Las preguntas pactadas que sólo admiten una respuesta

Todo lo anterior nos muestra a alguien que sabe lo que hace cuando entrevista a un miembro prominente del partido al que ha sido extraordinariamente fiel durante toda su vida. Que conoce al detalle el mundo en que se mueve y los tiempos de una entrevista. Que sabe que hay formas de preguntar que admiten sólo un sí o un no, y que esas preguntas potencialmente embarazosas no deben realizarse sin que exista un acuerdo previo con la persona entrevistada y con su equipo de asesores en comunicación. Esas preguntas se pactan como se pactan la iluminación, las pausas, las interrupciones o los climas. Son reglas que se respetan y sólo se rompen cuando se busca poner a la persona entrevistada en aprietos.

Los antecedentes de George Stephanopulos entonces, eliminan la posibilidad de que en una entrevista en la que se trataron muchísimos temas de vital importancia (los paquetes de medidas para revitalizar la crisis económica de los EEUU, el aumento de los impuestos a las franjas de la población cuyos ingresos superen los $ 400,000, la crisis inmigratoria en su frontera sur, la relación del gobierno con el partido opositor en temas como el derecho al voto o el funcionamiento parlamentario, el desarrollo de la campaña de vacunación que debería comenzar a normalizar la vida de los estadounidenses a partir del 4 de Julio, o las circunstancias que impiden al gobierno nortemericano sancionar a la monarquía saudí por su reciente tendencia a descuartizar opositores), la pregunta acerca de si el Presidente ruso es un asesino pueda haber sido fruto de una ocurrencia del momento.

Se ha especulado sobre si Stephanopulos quiso, por alguna razón que él conocerá (los misterios que puede haber a tales niveles del poder mediático mundial pueden ser insondables), acorralar a un Biden octagenario para que se deslizara hacia un terreno de belicismo verbal explícito, pero ni la pregunta parece haber obedecido a una intención perveresa ni la respuesta es la de alguien que ha sido tomado por sorpresa. (Acceso a transcripción completa de la entrevista). Parece ocurrir todo lo contrario.

La forma en la que se avanza hacia ese momento es reveladora:

GS le menciona al Presidente Biden los informes de inteligencia que aseguran que Vladimir Putin autorizó la realización de operaciones tendientes a denigrarlo, a socavar al sistema electoral y a dividir a la sociedad estadounidense (cosas todas que efectivamente sucedieron durante meses ante nuestros ojos, pero que provenían, por lo que podíamos ver a diario en aquel espectáculo bochornoso al que la prensa nos sometió durante meses, desde el propio centro neurálgico del poder: la Casa Blanca y quienes tras cuatro años de irresponsabilidad  se negaban a admitir su derrota) pero en lugar de preguntarle su opinión acerca de los informes de inteligencia o su veracidad (¿incierta?), le pregunta:

1) qué precio pagará el culpable,
2) si cree que el culpable tiene alma,
3) si cree que además de desalmado es un asesino, y
4) (nuevamente) el precio que deberá pagar (ya no por haber interferido en el proceso electoral, sino por los asesinatos de cuya culpabilidad ninguno de los dos duda).

Vale la pena seguir el diálogo porque es una muestra viva de cómo la hubris se desencadena, cobra vida propia, y se apodera de dos personajes que no parecen darse cuenta de que su desmesura  los lleva a ser acusadores, fiscales, jueces y cuasi-ejecutores en apenas pocos segundos de conversación casi incoherente:

«GEORGE STEPHANOPOULOS: Director of National Intelligence came out with a report today saying that Vladimir Putin authorized operations during the election to under — denigrate you, support President Trump, undermine our elections, divide our society. What price must he pay?

PRESIDENT JOE BIDEN: He will pay a price. I, we had a long talk, he and I, when we — I know him relatively well. And I– the conversation started off, I said, «I know you and you know me. If I establish this occurred, then be prepared.»

GEORGE STEPHANOPOULOS: You said you know he doesn’t have a soul.

PRESIDENT JOE BIDEN: I did say that to him, yes. And — and his response was, «We understand one another.» It was– I wasn’t being a wise guy. I was alone with him in his office. And that — that’s how it came about. It was when President Bush had said, «I looked in his eyes and saw his soul.»
I said, «Looked in your eyes and I don’t think you have a soul.» And looked back and he said, «We understand each other.» Look, most important thing dealing with foreign leaders in my experience, and I’ve dealt with an awful lot of ‘em over my career, is just know the other guy. Don’t expect somethin’ that you’re– that — don’t expect him to– or her to– voluntarily appear in the second editions of Profiles in Courage.

GEORGE STEPHANOPOULOS: So you know Vladimir Putin. You think he’s a killer?

PRESIDENT JOE BIDEN: Uh-huh. I do.

GEORGE STEPHANOPOULOS: So what price must he pay?

PRESIDENT JOE BIDEN: The price he’s gonna pay we’ll– you’ll see shortly. I’m not gonna– there’s– by the way, we oughta be able that ol’ — that trite expression «walk and chew gum at the same time,» there’re places where it’s in our mutual interest to work together.
That’s why I renewed the start agreement with him. That occurred while he’s doin’ this. But that’s overwhelmingly in the interest of humanity, that we diminish the prospect of a nuclear exchange. But that and SolarWinds as well. He’s been — they’ve done some mischievous things, to say the least. And so we’re gonna have — I’m not gonna announce what I’m doing, but he’s gonna understand that –«.

La Hubris y la desmesura de los excepcionales

Que George Stephanopolos pueda elaborar una pregunta aparentemente tan absurda como “Así que usted lo conoce… ¿piensa que es un asesino?” no está orientada, obviamente, a establecer una culpabilidad real y demostrable, sino que está dirigida a recabar una opinión acerca de la maldad intrínseca del acusado. Y la respuesta del entrevistado: un gesto afirmativo y un sí rotundo, expresan no sólo una opinión sino la ausencia de necesidad de aclarar mínimamente quiénes serían los asesinados, cómo se cometiron esos asesinatos, o dónde se han escondido los cadáveres.

Por esa razón, porque se ha solicitado una opinión sin demasiada responsabilidad y porque sin demasiada responsabilidad se obtenido la respuesta, es que sorprende aún más la pregunta que el entrevistador descerraja a continuación: So what price must he pay? y la respuesta: The price he’s gonna pay we’ll– you’ll see shortly.

Aquí cabe hacer un alto y recordar que hasta la persona más desinformada sabe cuál es el precio que EEUU considera que deben pagar aquellos a quienes ha identificado como asesinos. Y cual es el precio que pagan los países cuyas cabezas de gobierno cargan con esa acusación. Tememos presente a Irak, Siria o Libia, por mencionar sólo algunos de los ejemplos de los desastres a los que lleva la pretensión estadounidense de castigar asesinos sin necesidad de otros juicios que no sean sus propias acusaciones.

No se trata de una amenaza banal. Si uno recuerda que quien habla es quien nos ha estado anunciando desde noviembre que «America is back», se trata de un anuncio. El anuncio de algo que, dado que no se explicita, podría ser cualquier cosa, pero en todo caso pre-figura, al menos, una reedición corregida y aumentada de la Guerra Fría.

Los dos personajes que están escenificando esa charla torpe e insustancial en la que uno de ellos da por sentado que basta una opinión para dejar establecida una culpabilidad, y en la que el otro se jacta como si estuviera en un vestuario y presume de tener el poder de propinar castigos del modo que sea y sin siquiera tener que anunciarlos, muestra la esencia de lo que los mismos estadounidenses definen con frecuencia como su excepcionalismo. Esa creencia que una y otra vez los hechos desmienten y la pandemia ha hecho apenas zozobrar.

Esa creencia de que son excepcionales y que todo les es debido, esa insistencia que no reconoce humildad ni penitencia, es lo que podría colocar a Joe Biden y a su equipo, si no se ponen freno, en la situación descrita hace 2.500 años por Heródoto, un griego nacido en Halicarnaso, en el seno mismo del Imperio Persa, el primer autor en establecer el método de interrogación de pasado que hoy llamamos Historia:

«Puedes ver cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición…puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos…”

No atraviesa el mundo -inmerso en una pandemia cuya finalización aún no está a la vista, con economías en crisis, pobreza en aumento vertiginoso, y una rapacidad farmacéutica nunca antes vista- por un buen momento como para jugar con aventuras hegemónicas y pujos de tetosterona imperial. Hubiera dicho el Padre de la Historia:

«quieran los dioses tener piedad de quienes por vivir de glorias idas quizá no puedan entenderlo«.

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