Historia, símbolos y cultura en la «Batalla por el alma de América» (3)

Cuando el 20 de enero de 2021 Joe Biden tomó posesión de su cargo y firmó sus primeras órdenes ejecutivas encaminadas a desmontar el legado del trumpismo, esta imagen no despertó la curiosidad del mundo, lo que quizás se debió a que los comentaristas políticos no pierden su tiempo en la belleza maravillosa de los enigmas. Pero nosotros sí. .

Por eso ahora, que ya han pasado los días, bien podemos preguntarnos ¿qué hace César Chávez justamente ahí?

Miremos primero a su alredor. Un niño pensativo y quizás preocupado apoya su cabeza sobre la de su padre mientras su abuelo los observa desde un segundo plano. Joe Biden y su segunda esposa se lucen en un momento que debe haber sido para ellos memorable. Fotos de hijos que viven y de una hija y un hijo que ya han muerto. Instantes que seguramente son, para el nuevo habitante de ese espacio icónico del poder, un remanso de nostalgia y quizás un recordatorio de su humanidad, corriente, falible y frágil.

Junto a esa constelación familiar, en medio de ese altar laico de imágenes significativas, aparece, como si no debiera sorprendernos, el busto de bronce de un hombre extraño e inesperado.

El busto, a diferencia de los otros presentes en ese mismo salón no mira con orgullo hacia adelante, es decir hacia el futuro, como por otra parte hace la casi totalidad de los bustos que se precian.

Éste, en cambio, la deja discurrir hacia abajo y hacia un costado, con humildad y con lo que parece ser un interés en lo efímero y lo pasajero de esas extrañnas personas con las que desde ahora convive y entre las cuales alguien ha decidido que está su lugar.

Su actitud, en especial si consideramos las tragedias que ha suifrido esa familia recuerda la de aquellas figuras tutelares de la antigüedad pagana, o la del ángel de la guarda del judeo-cristianismo y de nuestra niñez.

Una presencia con múltiples significados

A diferencia de lo que ocurre con muchas de las presencias simbólicas con las que se construye la escenografía del salón oval, el busto del sindicalista hispano, obra del escultor también hispano Paul Suárez, no formaba parte del acervo de la Casa Blanca; nunca antes a alguien se le había ocurrido algo así.

Por el contario, la pieza fue expresamente solicitada al Cesar Chavez National Monument de California en una gestión que estuvo a cargo de Julie Chávez Rodríguez, nieta de César Chávez y Directora de la White House Office of Intergovernmental Affairs en la nueva administración de Joe Biden.

Si atendemos a las circunstancias, que finalmente un hispano haya hecho su ingreso al Despacho Oval no debería extrañarnos en absoluto. El Partido Demócrata, vio durante mucho tiempo al voto hispano como algo que le era debido, pero en estas últimas elecciones se hizo evidente que eso no se debe dar por descontado. En anteriores oportunidades (pensemos en las campañas de Hillary Clinton y Barack Obama), los estrategas de campaña demócratas parecían creer que bastaba con que los candidatos se exhibieran junto a Jennifer López o Eva Longoria durante algunos minutos del prime time televisivo o saludaran diciendo torpemente Boenas Nochies cuando se presentaban en algún estado del sur oeste.

A partir de ahora, sin embargo, es evidente la necesidad de revivir el vínculo que existió entre el Partido Demócrata de los años ’60 y ’70 con las luchas hispanas por mejores salarios, trabajos dignos, igualdad de derechos, seguridad migratoria y ciudadanía efectiva. Porque son esos temas los que hoy importan.

Una antropología de la memoria, el duelo y la decoración

En la instalación de un símbolo (qué, cómo, dónde, por qué, para qué) y en el modo en el que el símbolo es interpretado por quien recibe el mensaje, intervienen circunstancias voluntarias e involuntarias, y acerca de todo ello sólo caben las interpretaciones. Conjeturas más o menos acertadas.

Pero en esto que se ha dado en llamar Batalla por el alma de América y que como estamos viendo se desarrolla también en el terreno de la «decoración», es altamente significativo que donde Donald Trump había colocado la imagen de un expansionista racista y sin piedad (Andrew Jackson,) Joe Biden haya ubicado a un activista de la no-violencia que dedicó su vida a la defensa de una minoría maltratada. El cambio no sólo permite albergar esperanzas sino que trae a la memoria una serie de amistades, coincidencias y duelos con los que vale la pena terminar esta nota.

En la entrega anterior de esta serie, intentamos analizar el significado de la entrada del busto de Rosa Parks al Salón Oval, y recordamos su participación en el Movimiento por los Derechos Civiles, las amenazas de muerte que recibiera a causa de ella, y destacamos su amistad con MLK, finalmente asesinado en abril de 1968 en Memphis, Tennessee.

En marzo de ese mismo año Robert Kennedy había acompañando a Chávez en el final de una huelga de hambre de 25 días, y las fotografías de aquellos días lo muestran luciendo en el ojal de su chaqueta el águila negra azteca que la United Farm Workers utilizaba como emblema. Con Chávez demasiado débil como para hablar, Kennedy se dirigió a la multitud que los rodeaba enarbolando imágenes de la Virgen de Guadalupe, diciendo: «We have come here out of respect for one of the heroic figures of our time – Cesar Chavez,». El 5 de junio presentó en Los Ángeles su candidatura a la presidencia y esa misma noche fue, él también, asesinado.

En aquellos momentos también se desarrollaba una Batalla (particularmente cruel) por el alma de América. Y mientras en el lapso de dos meses eran abatidas dos de las figuras más significativas de la época, y César Chávez se disponía a continuar sus luchas, y Rosa Parks intentaba, con los suyos, reparar la pérdida sufrida, un muy joven Joe Biden se graduaba en leyes en la Universidad de Siracusa.

No podemos saber si aquellos hechos lo conmovieron o no. Todo hace pensar que el joven Biden era razonablemente conservador y no demasiado receptivo a esa batalla cultural que ya por entonces se desarrollaba a su alrededor. Quizás su éxito en una trabajosa carrera política de más de 5 décadas se deba precisamente a esa falta de permeabilidad.

Sí podemos preguntarnos cuánto de todo aquello habrá removido su memoria cuando al entrar el 20 de enero a su despacho, se encontró en aquel salón con las presencias de bronce de King, Parks, Robert Kennedy, y con el bracero mexicano que por casualidad o no, se había integrado visual y simbólicamente a su familia.


 

En la última nota de este ciclo abordaremos otra de las imágenes que aparecieron en el despacho presidencial la noche del 20 de enero: la de Harry Truman, a la luz de los conflictos que enfrenta EEUU en la escena internacional.

Y prometemos, en la sección Cultura e Identidad, profundizar en la biografía de César Chávez y en su papel fundamental en la construcción de una cultura chicana.

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