Avaricia, frivolidad, y falta de vacunas en ese mundo que no importa: el mundo de los otros

Si algo faltaba para restarle credibilidad a la imagen de liderazgo que Canadá se empeña en mostrarle al mundo, ha sido la decepcionante, la vergonzosa noticia de que será el único país del G7 en hacer uso del Fondo COVAX, creado para facilitar el acceso de los países en desarrollo, y sobre todo de los países pobres, a las vacunas contra la Covid-19. .

Y no sólo se trata de una actitud nada generosa. Es mucho peor. Es una injusticia que se comete en nuestro nombre.

Ya habíamos visto con alarma que mientras en el mundo desarrollado se realizaban reservas de vacunas que multiplicaban por dos o por tres la población de cada país, Canadá comprometía la compra de dosis 10 veces superiores a su propia población. En notas que publicamos en los meses de septiembre y octubre: Canada’s COVID-19 Vaccine Task Force needs better transparency about potential conflicts of interest y Canada’s ‘me first’ COVID-19 vaccine strategy may come at the cost of global health, ambas preparadas por dos equipos de especialistas de varias universidades, se anunciaban algunos de los problemas que ya en aquel momento dejaban ver un trasfondo más que preocupante.

Aquello parecía estar “justificado” si pudiera utilizarse esa palabra, en la incapacidad del país para desarrollar vacunas por sí mismo (algo grave si no estuviéramos ya acostumbrados), en la incertidumbre acerca de cual de los laboratorios que participaban del esfuerzo sería quien alcanzara los mejores resultados en menor tiempo y a que, en aquellos meses, no podía anticiparse si una vez desarrollada la vacuna serían necesarias una o dos dosis.

En aquel momento, ya era decepcionante que el gobierno del Primer Ministro Justin Trudeau hubiera colaborado con el Fondo COVAX con una cifra nada generosa, mientras se comprometía a comprar una cantidad de vacunas que duplicaban las realizadas por Australia o Inglaterra, y que triplicaban las de los EEUU y la Unión Europea.

Pero alguien podía haber pensado, con algo de ingenuidad, que compras de ese volumen eran una muestra viva del interés del gobierno en protejernos y asegurarnos un rápido reingreso a la normalidad una vez contenida la pandemia.

Pero esa era apenas una faceta (cierta pero no la única ni excluyente) de una realidad infinitamente más compleja y oscura.

Cuando el exceso de demanda dispara los precios ¿quiénes ganan?

Cuando la demanda de un producto escaso se incrementa, aumenta en la misma proporción el precio que debe pagarse por ese producto.

La carrera (obscena) de los países ricos por las compras adelantadas de vacunas todavía inexistentes tenía un efecto perverso que seguramente no pasaba desapercibido por quienes manejan economías en las que nadie peca de inocente. Cuanto mayor era la demanda por ese producto tan escaso, mayor era el precio que sus fabricantes podían pedir por él.

Por esa razón, podemos sospechar que si bien una parte del precio de las vacunas se debe, como es obvio, a sus costos de desarrollo y producción, una parte nada menor de ese precio se ha originado en la presión de la demanda. Y si eso es así, el gobierno canadiense será responsable de haber contribuido como ningún otro a que esos precios sean hoy inasumibles para la mayor parte de los países pobres.

Si eso es así, el gobierno canadiense será responsable de haber contribuido como ningún otro a que esos precios sean hoy inasumibles para la mayor parte de los países pobres.

Esos países del Sur global vacunarán a sus poblaciones con un atraso de varios meses con respecto a los países desarrollados y eso significará no sólo cientos de miles de vidas, mayor fragilización de las economías, empeoramiento de todos los índices sociales, sino que dará también como resultado la prolongación de la pandemia a nivel global. Perjudicará a todos, a lo largo y ancho del planeta.

Ya eso era desacertado, torpe y terrible. Propio de gente improvisada más apta para hacer apuestas en la bolsa de valores que para gobernar países. Pero que nos enteremos ahora de que Canadá será el único integrante del G7 en hacer uso de su opción para retirar vacunas del fondo destinado a que éstas lleguen a los países más necesitados, ha traspasado algunos límites morales que debieron ser respetados.

Y no se trata de que lo que está haciendo el país sea contrario a lo acordado cuando se creó el fondo COVAX. Como se ha preocupado por aclarar rápidamente el portavoz de la Ministra de Desarrollo Internacional, Karina Gould: «Our contribution to the global mechanism had always been intended to access vaccine doses for Canadians as well as to support lower income countries. .

El argumento parece inobjetable excepto por un punto. No tiene una base ética. Roza, si no la inmoralidad, sí la frivolidad blanca de peor gusto. Y eso, también cuenta.

Como ha dicho esta semana en la revista estadounidense Foreign Policy Tedros Adhanom Ghebreyesus,  biólogo formado en inmunología de enfermedades infecciosas y director general de la OMS desde 2017,  «la escasez de vacunas es artificial» […] el nacionalismo aplicado a las vacunas no es solo moralmente indefendible, si no epidemiológicamente autodestructivo y clínicamente contraproducente […] la pandemia no terminará en ninguna parte hasta que termine en todos los sitios».

Canadá, habiendo comprometido compras por 400.000.000 de dosis sin haberse preocupado por los efectos perniciosos que esa política poco escrupulosa tenía para otros, no tiene ahora ninguna necesidad de quedarse con 2.000.000 más. Es un 0.5 del total… No hay nada que lo justifique a no ser la miopía de los avaros, la soberbia hueca de los colonialistas, o la falta de humanidad que tan bien caricaturizada está en el personaje más odioso de Disney.

Como dice con ironía un columnista de The Passage:

Canada is back, baby! Back to nakedly plundering the Global South, that is.

En este caso no debería bastar con mover la cabeza con preocupación y concluir con que nuevamente se ha cometido una injusticia.

Este es un buen momento para entender que cuando las injusticias se cometen en nuestro nombre y (supuestamente) en nuestro propio beneficio, somos todos, si no abiertamente cómplices, al menos vergonzosamente co-responsables.

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