El misterioso encanto de un par de mitones tejidos y un anciano adormilado

El 20 de enero, mientras millones de personas en todo el mundo trataban de no perder detalle de lo que sucedía en el escenario montado para que Joe Biden asumiera la presidencia de los Estados Unidos, comenzaban a difundirse a través de las redes, en silencio e inesperadamente, decenas de miles de memes que reproducían la fotografía de un hombre anciano con unos llamativos mitones tejidos a mano. ¿Por qué, sin que nadie lo hubiera planificado, aquella imagen logró eclipsar una ceremonia pensada para impactar al mundo? .

El anciano no era otro que el senador por Vermont Bernie Sanders, captado en un instante de la larga espera que antecedió a los espectáculos musicales que acompañaron el juramento. Se lo podía ver sentado, un poco encorvado por el peso de los años y encogido por el frío, quizás dormitando porque a determinada altura de la vida lo mundano comienza a perder interés y pasa a ser simplemente aburridor.

Sus mitones de lana, con señales visibles de un uso excesivo, parecían ser un desmentido artesanal y silencioso de todo lo que pudiera estar relacionado con el lujo estudiadamente sobrio y con la soberbia cuidadosamente cool del poder encarnado en las y los personajes que lo rodeaban.

Su presencia se podía confundir con la de alguien que hubiera estado allí desde antes, un olvidado participante de otra fiesta, al que los que habían preparado el nuevo escenario no hubieran querido despertar.

Y así, una imagen sencilla y fugaz, que pudo haberse perdido en la jungla de mil otras anécdotas gráficas, salió de alguna forma del olvido al que podría haber estado destinada y comenzó a transitar por las redes incorporada en fotografías históricas o en pinturas renacentistas; acompañando a Marilyn, a Liza Simpson; vendiendo algo parecido a pizza en una tienda ambulante en Nueva Delhi o simplemente transformada en galletitas que se agotaron ese mismo día en una panadería de Cincinnati.

Ese transitar de aquel hombre viejo en twitts o cuentas de Instagram a lo largo y a lo ancho de los 5 continentes, esa multiplicación y esa ubiquidad que comenzó a darse de manera casi instantánea y que continuó durante al menos dos días, son algo más que homenajes cargados de cariño e ironía a quien millones de personas dentro y fuera de su país hubieran querido ver ocupando ese día el rol principal. Son además un aviso.

Las perlas, las palomas y el mensaje

Lo que esta previsto que causara sensación ese día era el color morado que eligió Kamala Harris para realizar su juramento y que Bazaar describe de este modo: From her decision to dress in an up-and-coming designer from a minority background (the talented Christopher John Rogers) to her choice of pearls, every aspect of her outfit held meaning, as did the bright and regal colour that she wore on that world stage.

Lo que podía haberse esperado es que los medios le dedicaran ríos de tinta a lo que Jill Biden había elegido para la ocasión, como hizo por ejemplo The Guardian: Jill Biden wore an ocean-blue tweed coat and matching dress designed by Alexandra O’Neill, whose Markarian brand, established in 2017, makes clothes to order to minimise wastage, with production taking place in New York City. O’Neill told Womenswear Daily that her six-strong team had been “all hands on deck” since December to create the pearl- and crystal-embellished two-piece look”.

Lo esperable era que la paloma de la paz dorada e hipertrofiada que lucía Lady Gaga nos hubiera dejado hablando de su look por el resto de la pandemia, o que la elegancia algo alicaída de Barak Obama nos hubiera insuflando algo, lo poco que nos pudiera quedar, de la confianza perdida y de una admiración que no mereció.

Y sin embargo, como dice Naomi Klein en una nota para The Intercept

todo fue en vano. Porque en un mar de barbijos exquisitamente combinados, los viejos y gastados guantes de Bernie Sanders los eclipsaron a todos, convirtiéndose instantáneamente en la imagen del momento histórico que provocó más comentarios, alegría y confusión. ¿Qué conclusión debemos sacar? ¿Por qué tantos millones de personas sintonizaron con cualquiera que fuera el idioma que hablaran los guantes? ¿Fue un delirio pandémico en el que todos proyectamos nuestro aislamiento social en la persona más aislada de la multitud? ¿Fue que el sexismo y el racismo de los secuaces de Bernie los incapacitó para valorar los mensajes subversivos que se expresaban ​​en la forma de vestir de las mujeres fantásticas que rompen el techo de cristal?”

Naomi Klein se responde esas preguntas con otra ¿habrá sido tal como un amigo me dijo en un mensaje de texto que me envió mientras escribía estas palabras, “el anhelo secreto del mundo de que Bernie fuera nuestro presidente”?

Y ahí es necesario seguir ahondando si uno quiere encontrar las respuestas.

El sector mayoritario y más poderoso del Partido Demócrata parece creer que cerrando los ojos, cruzando los dedos y volviendo al mundo ideal de 2015, se diluirán en el aire las miasmas del trumpismo y el mundo recibirá encantado al jefe bueno que vuelve por sus fueros. Y dentro de esa ilusión, parecen confiar en que dos semanas después del asalto al Capitolio, que puso al desnudo las arrugas y las grietas en la piel de América, y en medio de una pandemia, quedaremos impresionados con la sencillez regia de las perlas de Kamala, como alguna vez estuvimos sorprendidos cuando veíamos a Michelle, en zapatillas, plantando lechugas orgánicas en su huerta presidencial.

Pero no… Dentro y fuera de los EEUU se sabe que después del tiempo perdido no puede haber vuelta atrás. Así como dentro y fuera de EEUU se teme que quienes no lo habían entendido antes sigan sin entenderlo ahora.

Y por eso la imagen de un hombre viejo que está ahí, participando de la ceremonia, pero cuya actitud corporal dice con claridad “no esperen de mí que les crea todo o que mueva la cola como un perro” se diversificó y se viralizó antes aún de que la fiesta concluyera.

Fue el equivalente milenial y multitudinario del Sic Transit Gloria Mundi de los antiguos.