Sobre las hermanas Mirabal: La vulnerabilidad puede estar hecha de acero

La primera cosa que la gente pregunta, cuando ve a un bebito, es que si es hembra o varón. Tan importante nos parece la distinción, que la gente hasta paga por que le adelanten la respuesta.  . Salen a buscar expertos las embarazadas que no se conforman con las creencias populares (si tienes la barriga en punta, será macho; si es redonda, hembra).

Publicado originalmente en Claridad, Puerto Rico

Tío Raúl contaba de un doctor, famoso en todo el Cibao, que nunca se equivocaba al predecir el sexo del niño. Un día cuestionó al colega acerca de su método. “Muy sencillo. Digo lo que me parece, y con frecuencia acierto. Pero siempre anoto en el record lo contrario de lo que dije. A los que vienen a quejarse les enseño lo que esta anotado, y piensan que se equivocaron ellos.”

¿Por qué es tan importante, tan principal, esta clasificación? Dicen los sicólogos que los seres humanos somos naturalmente esencialistas. Es decir, que sin que nadie nos lo diga postulamos que los individuos pertenecen a categorías, determinadas por su naturaleza esencial, invisible, dictada por su origen, o su historia. El género, en nuestras culturas, es un principio organizador y principal divisor de la humanidad. Seremos los buenos, o los malos, o tal vez los feos. Pero mucho antes, mucho primero, somos ellos y ellas.

Cuando las cosas se pierden en la oscuridad de la confusión, y en los pueblos reina la violencia, y los corazones quedan ciegos, se renuevan las condenas de diferencia. En la guerra, las mujeres se convierten en víctimas especiales; la violación, en un arma racial. En la falta de balance de un futuro que no comprenden, las familias en China practican el aborto selectivo, y veinte millones de jóvenes no conseguirán esposa. La locura se suelta en Montreal y un seis de diciembre, quedan catorce masas ensangrentadas, debajo de la pizarra. El asesino entró al salón de una clase en la Ecole Polytechnique, e hizo salir a los hombres antes de comenzar a disparar. En otro año, en completa privacidad, cuando los celos se apoderaron de su mente enferma, Leo acorraló a Elisa, y con una navaja la desangró a cortes. Tales pesadillas andan sueltas, y su horror nos atrapa la imaginación. Pero el horror es arma de doble filo: por la puerta del miedo pueden también salir el desafío, y la dignidad.

La vulnerabilidad puede estar hecha de acero.

Dos hermanas rebeldes, y una abnegada, cruzaron La Cumbre un veinticinco de noviembre, hace sesenta años años. Iban a Puerto Plata. La mayor, Patria se suponía que no estuviera, pero a último minuto insistió en ir, tal vez pensando en servirle de protección a sus hermanas. Minerva y Maria Teresa, las dos más jóvenes, iban a visitar a sus maridos en la cárcel. Disidentes también, habían conocido la prisión, y eso no había servido más que para templarles el espíritu. Hermosas, queridas, fuentes de inspiración para muchos, revoloteaban llenas de luz, y rechazando las voces del miedo.

La gente las llamaba las mariposas. Desde hacía cierto tiempo aumentaban los rumores “Y cada vez más tétricos”, cuenta en su libro Dedé, la sobreviviente, muchos años después. Todos sentían que las miras de los asesinos del régimen se apuntaban hacia ellas. “A las muchachas que no vayan. Que la orden de matarlas está dada.” “Dile a Minerva que la voz del pueblo es la voz de Dios. Es para matarlas que las hacen viajar.”

El día que se fueron, dijo Minerva, tratando de alegrar el momento “…Ese paisaje cuando una sube la montaña, ¡Que cosa mas bella!” Hicieron cosas normales. Minerva se entretuvo cosiendo unas camisas que quedaron sin terminar. Salieron de Conuco conducidas por Rufino de la Cruz. Pararon en Salcedo a comunicar su salida en la oficina de los caliés, que es como les decían a los chivatos del servicio secreto, secreto a voces. En Puerto Plata llegaron, y se reposaron en casa de don Chujo Pimentel, que les había ofrecido su casa con solidaria valentía. La visita a la fortaleza comenzó a las dos de la tarde, y terminó a las cuatro. Se despidieron de don Chujo, y salieron de nuevo rumbo a Salcedo. Unos testigos contaron que un carro las seguía a la salida de la carretera.

De esa noche terrible, cuenta Dedé: “Casi no pude dormir, preocupada, pensando si habrían llegado las muchachas. Mamá y Antonia amanecieron despiertas, esperando.” Antonia dice que esa noche sintió a Patria, pidiéndole que le cuidara al hijo. La mañana trajo la desoladora novedad, y luego el telegrama: “Murieron en accidente Patria Mirabal, Maria Teresa Mirabal, Rufino de la Cruz, y otra no identificada.” Dedé comenta en su libro, la voz autorial vacilando entre el desgarro y el desprecio: “No se atrevieron a escribir Minerva Mirabal.” Cuenta como por meses no pudo comer carne, recordando el olor de la morgue, y como sintió el impulso de conservar las cosas ensangrentadas de la cartera de Patria, y la hermosa y larga trenza de María Teresa. Hoy en día quedan conservadas en la Casa-Museo, donde llegan los escolares ansiosos de historia en peregrinaje.

Muchos dominicanos de la época recordarían mas tarde esa noticia como el principio del fin del régimen. Yo recuerdo a los cinco años, el viaje de Santiago a Puerto Plata por la misma ruta. Papá detenía el carro para señalarnos el lugar donde echaron el carro para simular el accidente. Ningún accidente vehicular resulta en tres desnucamientos, quien se iba a creer eso. Las mataron a palos. Todos los esfuerzos de preservar las apariencias salieron en vano. La voz se corrió instantáneamente, y nadie prestó atención a la mentira oficial, por más esmero que se pusieron en propagarla.

La iniquidad sin fines de los matones los impulsó a exigirle a la familia un documento en que declaraban que los rumores eran falsos, y que la muerte había sido accidental. Pero fue en vano. Una voz detrás de la otra comunicaba el luto nacional, y la verdad le dio tres vueltas a la Isla. “Mataron las mariposas”. “¡Las mató!” lloraba doña Chea Reyes de Mirabal por las calles de su pueblo. Y todos sabían de quien se hablaba.

“Si me matan…
Yo sacaré mis brazos de la tumba
y seré más fuerte”.

  • Minerva Mirabal –

Post scriptum

No se si esta cita de Minerva es fidedigna. La encontré en el Internet, donde si Ud. busca lográ ver el graffiti en la ciudad vieja “Minerva, Patria y María Teresa”, expresando a brocha gorda la admiración que les tiene el pueblo dominicano a sus mariposas caídas. Pero me hace pensar en las esencias invisibles, en qué distingue a un héroe de un villano, en si hay algo especial en algunas personas, y en porqué esa muerte, entre tantas, causó lo que causó. Lo que sé de las hermanas Mirabal lo escuché primero en casa. Tía Nini era muy amiga de Sina, otra heroína compañera de cárcel de las muchachas. Papá, como muchos, tenía hacia ellas, y hacia Manolo Tavares, esposo de Minerva, un respeto especial, y cuando estuvo en la cárcel, al mismo tiempo que ellas, les talló unas crucecitas en hueso. En Febrero de 2010 visité la Casa Museo y tuve el privilegio de conocer a Doña Dedé. Me convertí en admiradora de la señora al instante: su mirada limpia, su férrea labor a favor de la verdad, sus esfuerzos por darle a cada muerto su duelo propio, por contrarrestar las mentiras. Por años el poder trató de ofuscar este evento cuyo estruendo todavía nos resuena en los oídos. El último batir de las alas de estas mariposas desencadenó una tormenta en la historia.

Fuentes recomendadas

Vivas en mi jardín. Dedé Mirabal. Santo Domingo, Aguilar, 2008.

In the time of the butterflies. Julia Alvarez. Chapel Hill: Algonquin Books, 1994. (ficción)

Code Name: Butterflies. Cecilia Domeyko, 2010. (documental) http://www.codenamebutterflies.org/