¿Hispanos o latinos? Historias y relatos detrás de dos palabras cercenadas (I)

Hemos escuchado a tanta gente preguntarse (o preguntarnos) si somos Hispanos o Latinos y tantas veces nos habremos hecho nosotros mismos esa misma pregunta, que ya la respuesta parece tenernos sin cuidado.

Sin embargo, que retomemos una y otra vez el tema, sugiere que las respuestas nunca son del todo satisfactorias ni concluyentes. Se trata de palabras que nos generan una cierta incomodidad cuyo origen no siempre somos capaces de identificar. .

Por esa razón, en lugar de adoptar la que menos nos moleste, quizás deberíamos analizar su origen y algunas características que su uso, con frecuencia, nos hace pasar por alto.

Ambas palabras nos han llegado desde fuera. En ambas es evidente la necesidad de crear categorías raciales que simplifiquen una diversidad difícil de asumir. A las dos se les ha cercenado algo que era esencial.

Lo hispano y los preconceptos que incluye

Las palabras tienen un origen que no siempre coincide con lo que representan. Y no son inocentes. Las palabras nombran realidades diferentes dependiendo del contexto en el que son utilizadas y, sobre todo, de quién las usa, y para qué. Las palabras cargan consigo significados que muchas veces son manifiestos pero otras veces, sin estar ocultos, se naturalizan a tal punto que consiguen no ser vistos.

Un ejemplo de ello nos lo da uno de los personajes hispanos más caracterizados de la cultura popular, con el que muchísimas generaciones de niños, jóvenes y adultos norteamericanos se habituaron a identificarnos: Speedy Gonzales.

Speedy Gonzales fue, durante varias décadas, un ratoncito simpático pero inadaptado, que al grito de ¡ándale, ándale,!” cruzaba diariamente la frontera entre México y los EEUU para robar queso para alimentar a sus parientes del sur, que eran invariablemente haraganes, oscuros, inútiles, obesos -o escuálidos-, y demasiado tontos. Y que, para colmo, pasaban sus vidas alcoholizados, durmiendo y fumando marihuana.

Pat Boon, una olvidable estrella del Rock&Roll, retrató a Speedy Gonzales  en un éxito de principios de los ‘60 que luego tuvo un sinnúmero de versiones, incluso en español:

It was a moonlit night in Old Mexico.
I walked alone between some old adobe haciendas.
Suddenly, I heard the plaintive cry of a young Mexican girl:
“You better come home Speedy Gonzales,
away from tannery row.
Stop all of your drinking with that floozy named Flo!
Come on home to your adobe
and slap some mud on the wall!
The roof is leaking like a strainer.
There’s loads of roaches in the hall.

La construcción de un invasor improductivo y rapaz

En las pocas estrofas de aquella canción, había todo lo que se puede esperar de la estereotipización de los inferiores y de su paisaje. Indolencia, descuido, cantinas, malos hábitos, familias disfuncionales, prostitutas, cucarachas y suciedad. Y en el dibujo animado había además un gato, bastante desafortunado, que trabajaba como guardia fronterizo pero que se mostraba, episodio tras epiosodio, completamente incapaz de controlar las incursiones de aquel ratón improductivo y rapaz cuyo inglés estaba salpicado de palabras en español que designaban cosas pertenecientes a un mundo caduco y subdesarrollado. Propias de lo viejo y lo destartalado.

Hoy sabemos cómo funcionan los personajes de la cultura popular en la conformación de las ideas que una sociedad se hace de “los otros”, por lo que no puede extrañarnos que millones de estadounidenses que pasaron su infancia consumiendo a diario productos culturales como ese u otros similares, hayan desperdiciado los últimos años clamando por un muro que los pusiera a salvo de la invasión de los “malos hombres” y sus familias demasiado numerosas…

Esto no quiere decir que dibujos animados como Speddy Gonzales o las noveles baratas que mostraban siempre bandoleros mexicanos tratando de violar mujeres rubias se hayan creado ex-profeso para obtener los resultados que hoy vemos. No es así como funcionan. Los creadores de esos materiales culturales de segundo orden tomaron ideas ya existentes, les dieron un formato popularmente aceptable, fácil de digerir y comercialmente exitoso, y las consolidaron. Así se crean los estereotipos que luego todos asumimos como “realidad”.

Pero volvamos a las palabras porque en eso estábamos.

Lo hispano como los restos de un despojo

La palabra hispano no es sinónimo ni de español ni de hispanoamericano ni de hispanohablante. Hispano define, en su origen, lo perteneciente a Hispania, el nombre de las 2 provincias romanas que ocupaban hace 2200 años el territorio de la Península Ibérica.

Pero ni los españoles se reconocen a si mismos como hispanos, ni quienes tenemos nuestros orígenes en hispanoamérica o somos hispanohablantes nos hemos identificado jamás con ese término cuando estamos en un contexto que no sea la América anglosajona…

No somos hispanos en Marruecos o en Alemania o en Turquía del mismo modo en que no somos hispanos en Argentina o en Colombia. Se podría decir que sólo existen “hispanos” en el contexto anglosajón, es especial en los EEUU y en Canadá. Y no es mala idea ni un capricho preguntarnos por qué.

La razón tiene mucho que ver con la tradicional dificultad que ha habido en los Estados Unidos para reconocer a quienes hablan español o parecen ser el resultado de una excesiva hibridación cultural o genética como verdaderos americanos.

La historia y la identificación de lo no-americano

Ese sentimiento tiene raíces históricas profudísimas. Luego del exitoso desembarco del Genaral Winfield Scott en Veracruz en 1847 y ante la posibilidad cierta de anexar a la Unión todo el territorio mexicano, el gobierno estadounidense prefirió incorporar sólo los territorios poco poblados del norte (Texas -incorporada algunos años antes), California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Colorado y parte de Utah) porque en el resto del país la población tenía un grado de mestizaje y una religión que los transfomaba en indeseables.

En 1848, al finalizar la guerra que el propio Gral. Ulisses Grant definió en sus memorias como «one of the most unjust ever waged by a stronger against a weaker nation» los vencedores se comprometieron a dotar a la población preexistente con la ciudadanía estadounidense, pero eso no se cumplió en la mayoría de los casos y a esas personas se las continuó considerando “mexicans” durante décadas no sólo en el habla cotidiana sino en los censos nacionales y en las leyes estaduales.

Pasados los años y una vez que era ya demasiado evidente que no se podía seguir considerando “mexicans” a personas nacidas en el territorio de los Estados Unidos, pero ante la aparente necesidad de utilizar una denominación que permititiera diferenciarlos claramente de la población negra y de la población blanca y no los “americanizara” excesivamente, fue tomando cuerpo, en el habla habitual, en la prensa y en los documentos oficiales, la palabra «hispano».

Esa palabra, no sólo encapsulaba con una denominación única a todas las personas que tuvieran el español como primera o segunda lengua, y a quienes provenían de una cultura con características comunes, sino que, como efecto colateral, permitía racializarlas. Es decir, transformaba un idioma y una cultura en una nueva raza. Una raza, además, a la que en forma contínua, desde la cultura popular pero también desde las culturas de las elites, se la caracterizaba como indolente, inferior y peligrosa (algo que veremos más detenidamente en una próxima nota).

Esa racialización de la lengua y la cultura ha comenzado a cambiar a partir del censo de 2010 (veremos más adelante cómo), pero todavía sigue siendo parte del “sentido común” de la América anglosajona (Canadá incluido) y forma parte también de sus problemas y de los desafíos que tiene por delante. La aparición reciente, en el discurso político, de un nuevo sujeto denominado «brown people» es apenas un síntoma de esos desafíos.

Los apócopes o las abreviaturas de los gentilicios no suelen estar motivadas en la necesidad de “ahorrar caracteres” como en twitter, sino que tienen por lo general un alto grado de agresividad, prejuicios, rechazo y minusvaloración cuando son utilizadas para nombrar a un colectivo con el que se quieren maximizar las diferencias.

Hispano, un apócope que proviene del cerceneamiento de “hablante” si nos referimos a la lengua- o de “americano” -si nos referimos a la procedencia geográfica y cultural-, no parece ser una palabra demasiado afortunada ni que nos pueda contentar. Sobre todo porque en su origen no hubo un colectivo autodefinéndose sino un colectivo que fue definido por quienes necesitaban o creían necesitar (ambas cosas pueden ser posibles) mantenerlo al margen.

En la siguiente nota de esta serie analizamos otra palabra con la que solemos ser descritos y nos hemos acostumbrado a utilizar nosotros mismos: «latinos»… y veremos que aunque de origen diferente, tiene algunos problemas similares. Entre ellos, el de sobresimplificar una riqueza cultural y étnica quizás abrumadora, con un concepto vago, ineficaz y cargado de estereotipos descalificantes.

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