Una nación dividida entre Dancing in the Streets y la permanencia amenazante de los monstruos

La alegría en los rostros y en las voces de quienes salieron a bailar en las calles de cientos de ciudades estadounidenses el sábado 7 de noviembre alcanza para calibrar las humillaciones, la inestabilidad y la vergüenza que un megalómano grosero e ignorante, con su séquito de personajes igualmente patéticos, le hizo vivir a su país durante 4 larguísimos años en los que una nación que ya parece no tener rumbo fijo, lo había extraviado por completo.

Y la algarabía, las sonrisas, las palabras de alivio y consolación, la cadencia de los cuerpos que recreaban frente a la Casa Blanca aquella vieja canción de Martha &The Vandellas: Dancing in the streets, o los cientos de carteles pintados a mano que quedaron en el vallado como recuerdo de una tarde inolvidable, valen por si mismos.

Son la continuación feliz y hasta erotizada de la rebelión indignada y dolorida de junio, julio y agosto de 2020. Son una bocanada de aire póstuma para los y las Georges Floyds que vieron sus vidas segadas en esa especie de aquelarre policial, supremacista y bíblico que caracterizó estos últimos meses del trumpismo. Son una promesa dirigida al mundo para decir de alguna forma que en eso que tanto les gusta llamar “América” no está todo perdido. Y son, para quienes estamos por fuera de ese campo de batalla cultural pero de todas formas padecemos cada una de sus consecuencias y arrebatos, una esperanza.

Una esperanza de sensatez frente a la crisis climática, la esperanza de que no sigan socavando los organismos de gobernanza global ni amenazando la paz del mundo, la esperanza de que puedan detener la oleada de religiosidad oscurantista e irracional que los ha impregnado, la esperanza de que puedan revertir el racismo institucionalizado que los vertebra desde 1776, la esperanza de que den algún buen ejemplo en lo que tiene que ver con la pandemia, la esperanza de que aprendan a solucionar sus tormentas domésticas sin crear tempestades en el vecindario, la esperanza de que dejen de molestar a América Latina por un tiempo.

En ese sentido Joe Biden es otra cosa.

No sólo por sus antecedentes, que son los de alguien que ha dedicado su vida política a sostener en su partido un status quo beligerante, intervencionista, conservador y business friendly.

Si se recorre su casi medio siglo de actuación salta a la vista que en 1970 se opuso a medidas de integración racial en las escuelas, llamándolas “políticas descerebradas” algo que le recordó agriamente Kamala Harris en el primer debate de 2019… Apoyó activamente en 2003 la invasión de Irak sobre la base de informes de inteligencia falsos, algo que Bernie Sanders le recriminó también en las primarias de su partido… Nunca tuvo palabras de arrepentimiento por el Golpe de Estado de 2009 en Honduras que alentó el gobierno de Barak Obama del que formaba parte. Estuvo entre quienes le dieron forma el Plan Colombia. Lo ocurrido en Bolivia en noviembre de 2019 no fue para él un Golpe de Estado sino simplemente el derribo de un tirano. Y las políticas de contención de la imigración en la frontera sur que él promovió como Vicepresidente fueron la semilla del infierno desatado años después por Donald Trump. Fueron la lluvias que presagiaron estos lodos.

No estamos hablando, por supuesto, de alguien a quien se le pueda llamar liberal o progresista, pero esos antecedentes podemos obviarlos en este momento de alegría y esperanzas porque Joe Biden, como todo el mundo, tiene derecho a que se le otorgue el beneficio de la duda. Habrá que ver. Crucemos los dedos.

De todas formas, lo que preocupa es el legado que recibe y lo que él mismo sea capaz de hacer para no pasar a la historia como alguien que simplemente llegó demasiado tarde.

Joe Biden y Kamala Harris se harán cargo de una sociedad cultural y políticamente devastada y dividida. Una sociedad en la que quien debe dejar el mando acaba de obtener el respaldo de casi el 49% del electorado y juega al golf en el momento en que se espera que reconozca la derrota, como si estuviera recién salido de lo que ellos mismos han llamado siempre “repúblicas bananeras”. Una sociedad que tiene un sistema electoral diseñado hace más de docientos años para que las mayorías no cuenten. Una sociedad en la que la salud no es un derecho. Una sociedad que padece índices de pobreza o mortalidad infantil en sus sectores más vulnerables propios del Tercer Mundo. Una sociedad en la que los y las jóvenes saben que tendrán una vida más difícil que la de sus mayores. Una sociedad que ha padecido desde siempre un narcisimo radical que la obliga una y otra vez a mirarse en un espejo que una y otra vez le miente. Descaradamente. Una sociedad que pese a lo que cree, ha padecido mucho menos que otras y quizás carezca de la resiliencia necesaria para superar con nobleza esta crisis.

Pero además, llegan al poder con un partido políticamente exhausto e ideológicamente en disputa.

Un partido que, en sus órganos de decisión, sigue aferrado a valores y a políticas propias de la era Clinton; las que posibilitaron, precisamente, la emergencia de alguien como Donald Trump y su troupe de arribistas, demagogos, resentidos, y motociclistas caricaturescos y viejos.

Y que aunque en sus bases de sustentación cuente con quizás lo más sano, lo más decente y lo más lúcido que EEUU haya producido en décadas, preferiría no escucharlo.

Caben entonces las preocupaciones expresadas en estos días para The New York Times por alguien como Alexandria Ocasio-Cortez, que mira y padece ese panorama desde adentro:

I’ve been begging the party to let me help them for two years. That’s also the damn thing of it. I’ve been trying to help. Before the election, I offered to help every single swing district Democrat with their operation. And every single one of them, but five, refused my help. And all five of the vulnerable or swing district people that I helped secured victory or are on a path to secure victory. And every single one that rejected my help is losing. And now they’re blaming us for their loss.

So I need my colleagues to understand that we are not the enemy. And that their base is not the enemy. That the Movement for Black Lives is not the enemy, that Medicare for all is not the enemy. This isn’t even just about winning an argument. It’s that if they keep going after the wrong thing, I mean, they’re just setting up their own obsolescence.

En situaciones como éstas, siempre vale recordar las palabras de Antonio Gramsci desde su prisión en Italia, a propósito del ascenso de los fascismos luego de la crisis económica global de 1929:

“…en la penumbra creada entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no acaba de nacer, surgen los monstruos”.

 

DIÁLOGOS
DIÁLOGOShttps://dialogos.online
Una experiencia de periodismo independiente/independiente a cargo de Latin@s en Toronto (con la colaboración de amigues de aquí, de allá y de todas partes)