Multiculturalismo, racismo y pandemia: la nueva crisis resquebraja viejas creencias

 

Vivimos, a nivel global, momentos de cambios e incertidumbres, es decir de crisis.

Similar a otras que la humanidad ha padecido antes pero con una característica propia de la época: lo que sucede en cualquier lugar del mundo repercute inmediatamente en otros. Toda perturbación (en la economía, las instituciones, el clima, o el humor social) que se produce en un allá que ayer nos pudo parecer lejano, afectará el humor social, el clima, las instituciones, o la economía de un acá permeable y conectado como nunca antes.

Un proverbio chino dice que el aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo y ese “efecto mariposa”, que pudo parecer hasta no hace poco sólo una imagen poética, es algo que hoy podemos palpar día a día.

Y aquí, en Norteamérica y particularmente Canadá, que es lo que nos importará en esta nota, nada indica que eso vaya a ser diferente.

Las minorías visibles y un mito que se resquebraja

Padecemos una pandemia que ha dejado en evidencia que en el país, las llamadas “minorías visibles”, (un eufemismo realmente desagradable que quiere decir algo así como “los que no son blancos o no lo son en grado suficiente”), han sido notoriamente más afectadas en términos de posibilidad de contagio, empleo, precariedad y capacidad para que sus niños puedan sacar el mejor provecho de la escolarización online.

Eso, que todos los análisis interpretan como una consecuencia obvia del vínculo estrecho, íntimo y podríamos decir “carnal” entre raza y pobreza, no es algo que fuera desconocido. No nació con el coronavirus ni desaparecerá, lamentablemente, cuando dispongamos de una vacuna que nos permita convivir con él.

Pero eso, la vinculación entre colores de piel y estatus migratorio con pobreza, exclusión y vulnerabilidad, que era conocida y ahora salta a los ojos, es algo que desmiente y contribuye al resquebrajamiento de uno de los mitos fundantes del Canadá autocoplaciente: que el multiculturalismo es “el opuesto binario” al racismo.

Pero eso, la vinculación entre colores de piel y estatus migratorio con pobreza, exclusión y vulnerabilidad, que era conocida y ahora salta a los ojos, es algo que desmiente y contribuye al resquebrajamiento de uno de los mitos fundantes del Canadá autocoplaciente: que el multiculturalismo es “el opuesto binario” al racismo.

La generosidad de dejar que estés aquí

Desde sus orígenes mismos como naciones relativamente independientes, sociedades como la canadiense o la australiana, con una impronta muy arraigada de colonialismo británico, mantuvieron políticas activas de sustitución de la población indígena por población blanca (de preferencia originaria de los países del oeste, centro y el norte de Europa), sobre la base pura y simple de que la raza blanca era superior a las otras y que las poblaciones blancas que no estaban “contaminadas” con otras (por ejamplo las poblaciones de los países mediterráneos), eran preferibles a las demás.

Eso, por brutal que hoy pueda parecernos fue la idea básica que conformó las políticas inmigratorias canadienses hasta bien entrados los años ‘70, es decir hasta hace menos de medio siglo.

Esas políticas inmigratorias restrictivas tuvieron dos claros momentos de quiebre.

The removal of explicit racial preferences from Canada’s immigration policy, and its adoption of multiculturalism as state policy and practice in the late ’60s and early ’70s, was hardly a disavowal of national racism. Rather, these were unavoidable political decisions due to labour demands at home and global public-relations norms that increasingly frowned upon racialized immigration policies. 

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, se conforma la OTAN y Canadá se ve comprometido a abrir sus puertas a inmigrantes provenientes del sur de Europa, de las islas del Caribe angloparlante y también de China, por haber sido parte de las fuerzas aliadas en la lucha contra el Eje. Y en los años ‘70 comienza a hacerse visible que por razones demográficas y productivas Canadá se vería en la obligación de incorporar mano de obra barata y profesionales calificados provenientes del llamado Tercer Mundo… fueran del color que fueran.

Como dice Khadijah Kanji en una nota reciente de la revista digital Rabble

The removal of explicit racial preferences from Canada’s immigration policy, and its adoption of multiculturalism as state policy and practice in the late ’60s and early ’70s, was hardly a disavowal of national racism. Rather, these were unavoidable political decisions due to labour demands at home and global public-relations norms that increasingly frowned upon racialized immigration policies. 

La idea de “benevoloencia”, en la construcción del mito

Uno de los pilares conceptuales del colonialismo, ha sido el de la benevolencia. La idea de la caridad y la filantropía como la razón de Europa para invadir espacios en los que vivían otras personas y hacerse con sus recursos.

Uno de los ejemplos más maravillosos de vinculación entre benevolencia y racismo pertenece a una de las figuras señeras de la cultura inglesa, Rudyard Kipling (cuyo nombre lleva una de las principales avenidas de nuestra multicultural Toronto). Es un poema de 1899, se tituló La Carga del Hombre Blanco y contribuyó a que su autor recibiera en 1907 el premio Nobel de literatura. En esa obra se convoca a los hombres blancos a conquistar y asumir el gobierno del mundo como un servicio a las personas no blancas, aún sabiendo que ello les acarrearía “el odio de aquellos a quienes custodiáis”.

Take up the White Man’s burden— / Send forth the best ye breed— / Go send your sons to exile / To serve your captives’ need / To wait in heavy harness / On fluttered folk and wild— / Your new-caught, sullen peoples, / Half devil and half child

Las ideas claves de un perído histórico no desaparecen cuando el período termina en apariencia, sino que permanecen latentes y se adaptan a las nuevas circunstancias. Y eso ha ocurrido con la idea de benevolencia.

Así, en Canadá, si bien para quienes estudian las políticas inmigratorias está claro que no fue por generosidad que éstas fueron cambiando (y un buen ejemplo de todo esto podría ser la admisión temporaria de trabajadores del sector agrícola a quienes no se les reconcoce ningún derecho), la idea de que la llegada de inmigrantes provenientes de países pobres se debe a la benevolencia del país que los recibe está muy arraigada y muy extendida.

Negar que esa benevolencia haya existido alguna vez no implica desconocer la generosidad y la solidaridad de una parte importante de la población del país, pero es importante tratar de deconstruir ese concepto porque impregna la idea que los propios inmigrantes llegan a tener del papel que ellos mismos juegan en el país que los recibe.

Es de personas agradecidas no cuestionar el valor de lo que se les da, pero cuando se impone la idea de que quienes han llegado a Canadá han recibido un favor, se les priva de la posibilidad de reclamar lo que merecen y lo que se han ganado con su trabajo, con su inteligencia, con su capacidad reproductiva, y con su propia generosidad.

 

Negar que esa sea la realidad no implica desconocer la generosidad y la solidaridad de una parte importante de la población del país, pero es importante tratar de deconstruir ese concepto porque impregna la idea que los propios inmigrantes llegan a tener del papel que ellos mismos juegan en el país que los recibe.

La pandemia, la verdad y la promesa

Canadá, los y las canadienses, entre quienes por supuesto estamos quienes hemos llegado aquí desde otros sitios, deberemos hacernos cargo de lo que la pandemia ha dejado, a modo de resaca, en nuestras costas: La evidencia de que somos más vulnerables, de que tenemos más posibilidades de estar enfermos, de ser pobres o acceder a una educación deficiente. Y que eso no puede ser parte del trato. No hemos venido desde tan lejos para ésto.

Cuando UNICEF coloca a Canadá en el lugar número 30 entre 38 países ricos en lo que tiene que ver con bienestar infantil, ese deshonroso lugar se obtiene porque la situación de “nuestros niños” está por debajo de los estándares esperados.

Y poder decirlo, poder ponerlo en palabras que sean escuchadas, como en el psicoanálisis, significará que podamos repararlo y superarlo.


Continuaremos esta nota en una segunda parte titulada: ¿Cómo hacer compatible el multiculturalismo con una sociedad más y mejor integrada?

Mientras tanto, nos encantaría conocer tu opinión.

 

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