La historia de una vieja pintura y la emergencia de nuevas realidades

La imagen que acompaña esta primera nota de lo que esperamos será una serie, podría ser buen prólogo para lo que trataremos de desarrollar en ella, aunque no estará mal explicar por qué la hemos elegido.

Jean-Léon Gérôme, presentó esta obra en 1896 en el Salón de los Champs Elysées, en París, el lugar en el que los grandes pintores de la época lucían sus mejores trabajos.

Vivía Gérôme la última década de una vida dedicada a pintura en lo que en aquel momento era la meca de las artes y en aquellos años realizó tres obras con motivo similar, inspiradas en una oscura frase de Demócrito: Nada podemos saber porque la verdad está en las profundidades.

En aquellas tres obras, una mujer desnuda representando a “la verdad”, sale de un pozo, airada y armada con un látigo, dispuesta a enfrentar la falsedad y la mentira.

Apenas comenzamos a prestarle atención a la imagen, surge de su composición algo que en aquellos años estaba causando una verdadera revolución en las artes visuales: la fotografía.

Jean-Léon, a pesar de su edad no tuvo para la fotografía el rechazo que mostraron otras grandes figuras de la época. En 1862 una veintena de pintores había realizado un llamado a boicotear la nueva técnica, pero sobre finales del siglo ya muchos como él estaban utilizando fotografías de sus modelos en lugar de hacerlas posar durante horas interminables, y en esta imagen eso se puede ver con claridad. La mujer que representa a la verdad en la pintura está colocada allí con la mirada no de un pintor sino con la de un fotógrafo. Con la mirada de alguien que está aprendiendo a aceptar algunos cambios que para otros eran todavía insoportables.

Sin embargo, hay algo que no se puede percibir a simple vista en esa pintura. El profundo drama de quien no quería reconocer otros cambios que estaban sucediendo en frente suyo y que lo afectarían mucho más aún que la propia fotografía.

Aquellos cambios tenían nombre y apellido. Eran falsificadores de la verdad. Jóvenes como Manet, Cézanne o Van Gogh, que aceptando que para mostrar la realidad ya estaba allí la fotografía, estaban imaginando nuevos caminos que la pintura no había transitado nunca.

Y que a pesar de haber sido expulsados del Salón de Champs Elysées por presentar obras aberrantes, meros estallidos de color, seguían dispuestos a molestar a los artistas “de verdad” como él, pintando sensaciones e impresiones alejados de los ideales clásicos de belleza.

Gérôme murió en 1904. La mujer que atendía su casa lo encontró caído en su taller, a los pies de una de las versiones de sus “verdades”, que no había podido vender.

Y si hemos elegido esta imagen en la que la mujer aparece sólo como representación y esta historia en la que sólo aparece una mujer pero en roles de servicio, es porque nos proponemos incursionar en diferentes situaciones en las que las mujeres emergen y enfrentan nuevos desafíos.

Situaciones en las que los hombres, como el bueno de Jean-Léon hace 120 años, aceptan, niegan, se resisten o comprenden.

 

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