«En el espíritu del pueblo»: cinco palabras en español elegidas con el alma

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

La poesía es un arma cargada de futuroGabriel Celaya

 

I only have a minute, sixty seconds in it (…) Only a tiny little minute / But Eternity is in it.” escribió en twitter el miércoles 19 Alexandria Ocasio Cortez, pocas horas antes de su discurso en la Convención del Partido Demócrata, citando un poema de Benjamin Elijah Mays, uno de los fundadores del Movimiento por los Derechos Civiles de su país y autor de Born to Rebel.

Mays, a quien Martin Luther King veía como su padre espiritual, está considerado como la “conciencia intelectual” del movimiento que terminó con los aspectos más brutales de la segregación en los EEUU y sentó las bases sobre las que se afirmaron todos las conquistas posteriores de nuevos derechos. Por esa razón, podemos pensar que la elección de esas palabras para prologar en las redes su discurso del día siguiente no sólo estuvo motivada por el hecho de que las autoridades de su partido le concedieran (con increíble ausencia de generosidad) solamente sesenta segundos para cumplir con la presentación formal de la candidatura de Bernie Sanders, sino con lo que OAC se proponía hacer al día siguiente en ese tiny little minute.

La propuesta, de acuerdo a uno de los muchos análisis que de ella es posible hacer, consistió en:

1) condensar en un modo casi telegráfico, casi poético, los principios del movimiento social y político que ha sacudido los cimientos de la política norteamericana en el nuevo siglo, y

2) mostrar que el sentido de ese movimiento aglutinado detrás de la figura del senador por Vermont ni se agota en su candidatura, ni se limita a una crítica pueril de la presidencia de Donald Trump.

Hasta ahí, lo esperable en quien se ha caracterizado, desde su irrupción en la arena política por su uso eficiente de la brevedad y la contundencia.

Pero la propuesta de AOC tuvo además un ingrediente inesperado: introdujo en la política norteamericana, de forma explícita, un viejo sujeto político casi fantasmal, que quizás se daba por desaparecido; un convidado de piedra: el pueblo (en español).

En el video que acompaña esta nota se puede apreciar la eficiencia discursiva de AOC para sintetizar un programa político de socialismo democrático, ampliación de derechos y responsabilidad ambiental en sólo 90 segundos (ya que se le permitió extenderse por 30 segundos más que los inicialmente pautados) pero nos parece interesante detenernos en ese final en el que Ocasio Cortez se refiere al “espíritu del pueblo”.

https://www.youtube.com/watch?v=Eht6oIkzkew

Los diferentes usos de un lenguaje subalterno

Estamos acostumbrados a que con cada vez mayor frecuencia los actores políticos norteamericanos se vean tentados a intercalar en sus discursos públicos, algunas (en general pocas) palabras en español cuando tienen delante suyo un público latino. Son palabras como “gracias”, “buenos días”, “amigos”, que por lo general no le aportan sustancia a lo que se dice sino que se agotan en la demagogia menos sutil.

Como es lógico nunca esa palabra trasplantada y extraña ocuparía a un rol protagónico en el párrafo decisivo del discurso si ese discurso estuviera dirigido a un público no-latino… Por esa razón podemos decir que la inserción de palabras en español en el discurso político habitual nortemericano no nos indica quién habla sino quiénes escuchan. Comprensiblemente, no están allí como una señal de identidad del emisor, sino como una muestra de empatía más o menos creíble y más o menos sincera con quienes reciben el mensaje.

El uso de la palabra «bienvenidos» al principio del mensaje de Ocasio Cortez ya rompe con ese paradigma. Es evidente que no está destinada a empatizar con el público mayoritario de la Convención, sino a recordar una pertenencia que, para una parte de ese público, aún resulta extraña y subalterna. No se ha dicho «bienvenidos» para agradar a quien escucha, sino para recordarle quién habla.

Pero además, sobre el final ocurre lo inesperado: el uso casi exquisito, desvergonzado, de la palabra pueblo (en español).

Una palabra y sus vergüenzas

Se podría decir que people, en inglés, que tiene la misma raíz latina que pueblo, ha atravesado durante el siglo XX en norteamérica un proceso que ha vaciado la palabra de sus sentidos iniciales más confrontativos, la ha transformado en un sinónimo de “todos sin excepción”, y la ha hecho apta para el gran público. Ha sufrido una transformación similar a la de ciertos personajes históricos cuando penetran en el mundo Disney y son edulcorados, blanqueados y vestidos con ropas de colores pastel. Pocahontas podría ser un buen ejemplo.

Pueblo en español, en cambio, ha vivido una historia diferente. No ha perdido su sentido original, pero ha sido casi totalmente abandonada, dejada de lado con cierta compostura moderna y vergonzante, y sustituída por otra palabra, que es un sinónimo vago de una entidad soft: la palabra “gente”. La preferida desde que nos han acostumbrado a desconfiar de la contundencia incendiaria de palabras con una larga y compleja historia.

Esta nota no pretende introducirse en las múltiples definiciones y complejidades filosóficas y sociológicas de la palabra pueblo, pero lo que nos interesa destacar es que “eso” que se ha ido perdiendo en el uso habitual de la palabra “people”, es lo mismo que ha dado lugar a que en nuestro idioma, en el discurso político, la prensa y el habla habitual se haya impuesto la palabra “gente”. No solo luce como más abarcativa e incluyente, sino que no tiene ninguna idea, ni ninguna intencionalidad detrás. Es una palabra diáfana e inocente.

Pueblo, en el significado que aún conserva en español, no somos todos. No está comprendida en esa palabra, por ejemplo, la totalidad de la población de un país y además, se puede sospechar de ella que no tenga ni respete fronteras, porque los pueblos tienen corporeidad y se mueven… y esto, como todos sabemos, intranquiliza e incomoda.

De acuerdo a la definición clásica «lo esencial para constituir un pueblo es que sus miembros compartan una comunidad de significados en sus comunicaciones, de modo que puedan comprenderse en forma efectiva en un amplio ámbito de diferentes temas«, y como apuntaba hace décadas el uruguayo Héctor Gros-Espiell en una serie de definiciones terminológicas encargadas por las Naciones Unidas: «pueblo es toda forma particular de comunidad humana unida por la conciencia y la voluntad de constituir una unidad capaz de actuar en pos de un futuro compartido».

Un pueblo, entonces, está conformado por quienes comparten no un origen común (haber nacido en el mismo país, por ejempo, o compartir una carta de ciudadanía o una determinada cultura, o estar sometidos a las mismas leyes), sino quienes, dentro o fuera de esas categorías, encuentran un lenguaje común para expresar lo que quieren y son capaces de unirse en la acción organizada para lograrlo.

El pueblo es, de acuerdo a estas definiciones, no una entidad que tenga que ver con los orígenes y con el pasado, sino, como dijera Gabriel Celaya de la poesía, un arma cargada de futuro.

Por esa razón, el mensaje de Alexandria Ocasio Cortez, prologado en Twitter 24 horas antes con palabras de un activista negro por los derechos civiles, sintetizado luego en 90 segundos en los que se da cuenta de la “unsustainable brutality of an economy that rewards explosive inequalities of wealth for the few at the expense of long-term stability for the many.” y que concluye con ese súbito e inesperado”en el espíritu del pueblo”, estuvo tan alejado de la demagogia y el costumbrismo de otros.

Y de ahí su carácter extraordinario.

La inserción de la palabra pueblo en español, la explicitación de que ese pueblo tiene una identidad particular, pasible de expresarse en un idioma política y socialmente sospechado y tenido como subalterno, y que ese pueblo está dotado de un espíritu (un alma) que está más allá de lo material y lo tangible, trae consigo ecos siempre necesarios.

Suena simultáneamente a Zapata y a Sandino, a la Evita del renunciamiento y a la dignidad de las centenares de mujeres fusiladas del franquismo, a Miguel Hernández escribiendo «Vientos del Pueblo» en la oscuridad de la prisión, a Salvador Allende avizorando las anchas alamedas antes del disparo final, y a las soldaderas expectantes de los ejércitos de Villa.

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