Marianne Celeste en una ciudad asomada al mundo (1)

Continuación de Insumisos y Deseperados y La chica que Murió Antes de Llegar

Cuando Marianne Celeste posó en 1795 para José Salazar, (pintor de moda en la Nouvelle-Orléans de aquellos años), era una joven de 18 años, hija de un militar francés de origen griego, Michel Draconas, transformado en el Nuevo Mundo en acaudalado traficante de esclavos, cuyo apellido había sido castellanizado como Dragón.

Su madre era Marie-François Chauvin de Beaulieu de Montplaisir que, en el lenguaje de los documentos de la época, era una mulatresse/quarteronne affranchie, nacida de un oficial francés y una ex-esclava llamada Marianne Lalande, hija a su vez de Octchahouma-tchula, perteneciente a la tribu Alabamon, capturada por los Choctaws, quienes la habían vendido a quien luego fue el padre de su hija.

Y si queremos que Marianne Celeste sea quien nos acompañe en este relato que tendrá como protagonista aquella Nueva Orleáns que se asomaba al mundo, es porque en su breve biografía están sintetizadas algunas de las características de la colonización que en los relatos históricos más frecuentes (con batallas y hombres importantes ocupando la centralidad del escenario) nos pasan desaparecibidos.

En otro momento sería interesante adentrarnos en el entramado complejísimo de violencia, robos territoriales y secuestros, violaciones y matrimonios, extrañamiento y pérdida de identidad, expansiones imperiales y revoluciones, demografías alteradas, mestizajes y seguramente también amor, que asoman detrás del gesto delicado con el que Marianne Celeste parece mostrarnos esa pequeña flor amarilla, pero por el momento sólo le pediremos que nos acompañe en nuestro intento de comprender algo de aquella ciudad y aquel momento que ella conoció bien.


Un estratega frente a un muro de esclavos

Nueva Orleans, fundada en 1718, comenzó siendo un miserable asentamiento de colonos franceses y exiliados de la Acadia en territorios que España no consideraba de valor, pero estaba llamada a ser un punto estratégico de primer orden. Y en 1763, cuando los españoles la recuperaron, ya lo habían entendido bien. Quien controlara la desembocadura del Mississipi, controlaría también toda su cuenca, es decir más de medio continente norteamericano.

En ese momento, las 13 colonias británicas que 10 años después obtendrían su independencia todavía no eran una amenaza para nadie y para las elites europeas por lo general todo lo que ocurría de “su”lado del Atlántico tenía prioridad. Por esa razón no percibieron lo ocurrido en 1776 como una amenaza real hasta que ya fue tarde.

Marianne Celeste, a quien seguiremos en este relato, había nacido en 1777, apenas unos meses después de que las 13 colonias se independizaran del Imperio Británico por lo que desde los prime- ros años de su vida debió haber sido testigo de los cambios demográficos y los dramas tremendos que se vivían a su alrededor.

Una vez alcanzada la independencia, los EEUU desconocieron los tratados firmados por Inglaterra con las naciones indígenas, se autoasignaron un mandato divino, el “Destino Manifiesto”, y comenzaron a expandirse hacia el oeste.

Atravesaban el Mississippi, como sombras, los grupos indígenas desplazados de sus territorios y para llenar ese vacío el tráfico de esclavos desde el puerto de Nueva Orleáns con destino al norte se incrementaba y se volvía cada año más lucrativo. Su madre y sus abuelas, que habían sido compradas y vendidas, posiblemente comentarían en español y en francés aquellos nuevos sucesos en voz baja mientras los hombres de su familia, dedicados al tráfico, ganaban en fortuna y poder.

Con la ampliación de su territorio hasta las orillas del Mississippi se hacía inevitable que los Estados Unidos pusieran sus ojos en la llave del comercio de toda la región. Y esa llave, aunque Marianne Celeste ni siquiera lo imaginara cuando en 1795 Salazar pintaba su retrato, era Nueva Orleáns.

Pero además, desde hacía 4 años ocurrían muy cerca de allí cosas terribles que sacudían los cimientos emocionales de la ciudad y de sus habitantes. En Saint Domingue nada parecía detener a los sublevados. Nada detenía la destrucción y el fuego y muy pronto, los sueños imperiales de un estratega brillante se desvanecerían frente a un muro de esclavos.

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