Insumisos y desesperados (2)

Segunda parte de Insumisos y Desesperados (ver Primera Parte)

La chica que cuelga de una polea sobre la cubierta del Recovery en los últimos meses de 1791, no llegó al Caribe con vida y gracias a ello no sufrió la explotación inhumana a la que estaba destinada. Tampoco supo del fuego y la violencia de la rebelión que en ese mismo momento comenzaba a devastar Saint Domingue. Lo ignoró todo.

En 2012, la escritora Saidiya Hartman escribió Lose Your Mother, analizando los hechos que rodearon el fallecimiento de aquella joven y el juicio que enfrentó luego el capitán John Kimber, quien la había azotado hasta provocar su muerte. En su libro, nos cuenta que durante el juicio:

“No one saw the same girl; she was outfitted in a different guise for each who dared look. She appeared as a tortured virgin, a pregnant woman, a syphilitic tart, and a budding saint […] The captain, the surgeon, and the abolitionist all disagreed about what happened on deck of the Recovery, yet they all insisted they were trying to save the girl’s life. In this respect, I am as guilty as the rest. I too am trying to save the girl, not from death or sickness or a tyrant but from oblivion.”

Eso es precisamente lo que pasa con los seres anónimos como aquella joven: su olvido nos interroga para siempre. Y esa es la razón por la que para una revista como CUÉNTAME son fundamentales.

Hartman, utilizando transcripciones del juicio, notas de prensa y otros documentos de la época, reconstruyó lo poco que podemos conocer de la corta vida de aquella joven: Era originaria de algún lugar de la actual Ghana, había sido secuestrada semanas antes y tenía quizás 15 años cuando se la arrojó en la bodega atestada y maloliente de aquel buque en el que fue violada, torturada y asesinada por haberse negado a bailar desnuda sobre la cubierta para entretener a la tripulación.

En aquel extraño juicio, sólo posible porque en el Recovery viajaba un abolicionista que a su regreso a Londres denunció el hecho, Kimber fue encontrado “honorablemente inocente”.

La víctima, cuyo nombre no se pronunció durante todo el juicio porque nadie lo sabía, no llegó a conocer Saint Domingue, el espacio paradisíaco y endemoniado de donde se extraían por aquellos años más de la tercera parte de las riquezas de toda Francia.
Allí, en una sociedad dividida en castas y no desprovista de cierto encanto para quienes no ocupaban los lugares más bajos de la escala social, se cultivaba y procesaba el 40% del azúcar y el 50% del café que consumía el mundo, así como la mayor parte del algodón y los colorantes textiles que mantenían activos los telares con los que en Inglaterra daba sus primeros pasos la Revolución Industrial.

Cap Français era en aquel tiempo uno de los puertos más encantadores y activos del mundo, gracias al trabajo de medio millón de esclavos que debían ser renovados constantemente ya que el promedio de vida de quienes caían en aquel infierno no era superior a 10 años.

Las mujeres con frecuencia mataban a sus niños apenas nacían para que no sufrieran aquello; la mas leve muestra de desobediencia era motivo para que a alguien se lo mutilara o se lo quemara vivo; el trabajo era extenhuante y aniquilaba aún a los más fuertes y la población blanca, arrinconada en su grandeur sabía que sin el terror constante toda aquella construcción maravillosa se vendría abajo inexorablemente.

Y ocurrió. Mientras la joven sin nombre colgaba de un mastil del Recovery sin entender por qué su mundo había desaparecido, las plantaciones y las casas de los blancos y los mulatos de Ville du Cap Français comenzaban a arder. Se había iniciado un proceso que duraría 13 años pero cuyas consecuencias son perceptibles aún hoy. No sólo en Haití, sino mucho más allá de sus fronteras y en nuestra vida cotidiana.

Los embargos y las presiones a los que tanto Francia como Inglaterra sometieron a la recién creada república a partir de su independencia en 1804, la sumieron en la pobreza más terrible y eso no ha hecho más que agravarse desde entonces. Pero además, una extraña combinación de factores medioambientales, el error incomprensible de un estratega brillante, y el azar, que todo lo puede, le dieron al mundo un vuelco inesperado. Ese es el tema que abordaremos en las páginas siguientes, acompañados de Marianne Celeste, una mujer que hablaba español pero de la que tampoco sabemos demasiado.

Sigue en: Marianne Celeste en una ciudad asomada al mundo

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