Monumentos y espacio público (1).

El espacio público, ese que siendo de todos es administrado por quienes de algún modo nos representan, es una galaxia de memorias (y por ende, también de olvidos y ocultamientos). La arquitectura, la paisajística, los monumentos dedicados a recordar, a enaltecer o a embellecer, van modelando el uso que le damos a ese espacio y van definiendo una identidad que, cuando no nos preguntamos por su origen, asumimos como nuestra.

No es la intención de estas líneas entrar en temas tan complejos como el modo en que la arquitectura trasmite y fija valores y es capaz de crear entornos liberadores u opresivos, ni adentrarnos en los vericuetos de cómo el diseño de un parque o una plaza responden a criterios de inclusión o exclusión social aunque sería interesante poder hacerlo en futuras ediciones… Lo que nos proponemos es simplemente preguntarnos por la pertinencia o no de tirar abajo un monumento. Quitarlo de ese lugar nuestro que ocupa sin que nadie nos haya preguntado jamás si verlo allí nos agrada, nos enseña, nos inquieta o nos ofende.

Porque en eso radica precisamente la conflictividad que los monumentos, en especial los que celebran acontecimientos históricos, introducen en el espacio público.

Desde el material que se busca imperecedero (granito, mármol, bronce, hierro, cemento), los formatos con frecuencia imponentes y sobrehumanos, hasta la gestualidad de los homenajeados (y raramente homenajeadas), nos trasmiten la “intocabilidad” de eso que se ha decidido colocar allí para que le rindamos respeto.

Pero quienes tomaron la decisión de que ocupen ese espacio, han asumido que su muestra de respeto, admiración o agradecimiento por esa figura y lo que representó debería ser eterna. No estar sujeta a los avatares de lo que suceda después. Las generaciones futuras deberían aceptar que eso que colocaron allí sus mayores no está sujeto a interpelación o revisión, porque cuestionar la pertinencia de lo que antes se hizo implica “querer reescribir la historia”.

Y allí está la gran trampa autoritaria, el quid de un discurso como el que Donald Trump le espetó a sus seguidores el 3 de julio en Mount Rushmore, pero que es un lugar común que podemos encontrar, sin la chabacanería del presidente norteamericano pero con un sentido similar, en la prensa, las aulas y en las conversaciones familiares.

“Eso” que está allí sobre un pedestal no es la historia. Es la representación de una de las interpretaciones posibles del pasado que en algún momento se impuso sobre las demás y asaltó el espacio de todos para que en adelante las otras interpretaciones carecieran de valor y fueran olvidadas.

La historia es otra cosa. Está en las investigaciones, en la búsqueda de fuentes, en el esfuerzo por conocer, interpretar y comprender, en los libros, en ocasiones en el cine o en el teatro, en algunas salas (no en todas) de un museo o una universidad, en el recuerdo de quienes todavía viven, en la música que recrea un hecho o llora una pérdida. Todo eso es la historia y nadie la reescribe cuando le pone una soga al cuello y derriba la estatua de un personaje a quien ya nadie respeta y casi nadie conoce. En realidad, lo que ocurre cuando un pedazo de bronce cae de su pedestal de cemento, o cuando un ayuntamiento prudentemente decide retirarlo, es que aquella interpretación del pasado que se nos impuso con su presencia, está ya muerta o en camino de estarlo.

Prólogo para una larga serie

Comenzaremos por una historia reciente y que es la contracara del tema que nos preocupa.

La tarde del 2 de junio de 2020 un grupo de habitantes de la ciudad de Bristol, en el marco de las protestas por la muerte de George Floyd, tiró abajo el monumento dedicado a Edward Colston, un mercader que había amasado una fortuna traficando esclavos el siglo XVIII, y lo tiró al mar.

Jen Reid, una activista de Black Lives Matter, participante de la acción que el alcalde de la ciudad, denominó luego y con razón “un acto de justicia poética”, se trepó al pedestal que había sostenido aquel monumento indeseable y levantó un puño en señal de triunfo. Alguien tomó una fotografía que al día siguiente fue publicada en la prensa y vista por el escultor Marc Quin, quien se comunicó con Jen y le propuso transformar su gesto y aquel instante en algo que tuviera una significación aún mayor.

Así, luego de una sesión de fotografías que a su vez se transformaron en archivos que alimentaron una impresora 3D, con acero y resina fue tomando cuerpo una obra que Quin llamó Surge of Power (Jen Reid) 2020 y que un grupo de aproximadamente diez personas colocaron en el pedestal vacío el día 14 de julio.

No lo hicieron con la pretensión de que aquella estatua, realizada en el correr de unos pocos días con materiales perecederos permaneciera allí mucho tiempo, sino con la idea de mostrar cómo el espacio público puede ser actualizado, resignificado y prestigiado.

Sólo veinticuatro horas después, el Consejo de la Ciudad, que habíaa esperado dos siglos para que otros se encargaran de hacer “justicia poética” tirando la estatua de un viejo traficantes de esclavos al mar, hicieron retirar la de una joven mujer negra porque no contaba con los permisos necesarios.

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